El 8 de diciembre de 1965, solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, se clausuró solemnemente el Concilio. En la constitución apostólica Humanae salutis, con la que Juan XXIII convocaba el Concilio decía: «Así, pues, confiando en la ayuda del Redentor divino, principio y fin de todas las cosas; de su augusta Madre, la santísima Virgen María, y de san José, a quien desde el comienzo confiamos tan gran acontecimiento, nos parece llegado el momento de convocar el Concilio ecuménico Vaticano II».
Durante la celebración de los trabajos conciliares se produjo la inserción del nombre de san José en el canon de la misa, y como señaló el padre Sebastián Bartina, «sin que se pudiese prever entonces, se acuñaba la única frase que tendría que permitir la inclusión, una sola vez, del nombre de José en los amplísimos y variadísimos documentos conciliares aprobados y promulgados». Fue por decisión de Juan XXIII que se introdujo dicha modificación litúrgica y es el texto que se cita en Lumen gentium 50: «Así, pues, al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor nos unimos al culto de la Iglesia celestial, entrando en comunión y venerando la memoria, primeramente, de la gloriosa siempre Virgen María, mas también del bienaventurado José, de los bienaventurados Apóstoles, de los mártires y de todos los santos». San José no vuelve ser mencionado nominalmente, aunque se le alude en el texto: «Después de haber perdido al Niño Jesús y haberlo buscado con angustia, sus padres lo encontraron en el Templo, ocupado en las cosas de su Padre, y no entendieron la respuesta del Hijo» (Lumen gentium 57).
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