A su Excelencia monseñor Bruno Feillet, obispo de Séez
Me alegra unirme a usted, en pensamiento y oración, así como a todo el clero y al pueblo fiel reunido, mientras celebran el décimo aniversario de la canonización de Louis y Zélie Martin, en los mismos lugares donde se santificaron en su vida conyugal. Primer matrimonio en ser canonizado como tal, este acontecimiento reviste una importancia particular, pues pone de relieve el matrimonio como camino de santidad.
Entre las vocaciones a las que hombres y mujeres son llamados por Dios, el matrimonio es de las más nobles y elevadas. «Louis y Zélie comprendieron que podían santificarse no a pesar del matrimonio, sino a través del matrimonio, en el matrimonio y por el matrimonio, y que sus nupcias debían considerarse como el punto de partida de una subida a dos» (Card. Martins, homilía de beatificación). El santo matrimonio de Alençon es, por tanto, un modelo luminoso y entusiasmante para las almas generosas que se han comprometido en este camino, o que proyectan hacerlo, con el sincero deseo de llevar una vida bella y buena bajo la mirada del Señor, tanto en la alegría como en la prueba.
Deseo que este aniversario sea ocasión para dar a conocer mejor la vida y los méritos de estos esposos y padres incomparables, para que las familias –tan queridas al corazón de Dios, pero a veces tan frágiles y probadas– puedan encontrar en ellos, en toda circunstancia, el apoyo y las gracias necesarias para continuar su camino.
Louis y Zélie no buscaron la santidad apartándose del mundo. Cumplieron su deber de estado en lo ordinario de la vida diaria; pertenecen a esa inmensa multitud de «santos de la puerta de al lado» de la que habló con frecuencia el papa Francisco. No les resulta difícil a los peregrinos que acuden a Alençon –donde se conserva su conmovedora memoria– captar el marco concreto y cotidiano en el que vivieron los padres Martin: comprometidos con la sociedad normanda de su tiempo a través de su parroquia, sus actividades profesionales, sus obras caritativas, sus amistades y, por supuesto, su vida familiar.
Sin embargo, no hay que engañarse: esa vida «ordinaria» estaba habitada por una presencia cuanto menos «extraordinaria» de Dios, que era su centro absoluto. «Dios primero servido» es la divisa sobre la que edificaron toda su existencia.
He aquí el modelo de matrimonio que la Santa Iglesia presenta a los jóvenes que desean –quizá con cierta vacilación– emprender tan hermosa aventura: modelo de fidelidad y atención al otro, modelo de fervor y perseverancia en la fe, de educación cristiana de los hijos, de generosidad en el ejercicio de la caridad y de la justicia social; modelo también de confianza en la prueba. Pero, sobre todo, este matrimonio ejemplar da testimonio de la felicidad inefable y la alegría profunda que Dios concede, ya desde esta vida y para la eternidad, a quienes recorren este camino de fidelidad y fecundidad.
En estos tiempos turbios y desorientados, en los que se presentan a los jóvenes tantos contramodelos de uniones pasajeras, individualistas y egoístas –de frutos amargos y decepcionantes–, la familia tal como el Creador la ha querido podría parecer pasada de moda o aburrida. Louis y Zélie Martin demuestran que no es así: fueron felices –¡profundamente felices!– dando la vida, irradiando y transmitiendo la fe, viendo crecer y florecer a sus hijas bajo la mirada del Señor.
¡Qué felicidad la de reunirse el domingo después de la misa, alrededor de la mesa donde Jesús es el primer invitado y comparte las alegrías, las penas, los proyectos y las esperanzas de cada uno! ¡Qué felicidad la de esos momentos de oración común, de esas fiestas, de esos acontecimientos familiares que marcan el paso del tiempo! Pero también, ¡qué consuelo el de estar juntos en la prueba, unidos a la Cruz de Cristo cuando se presenta, y qué esperanza la de reencontrarse un día en la gloria del Cielo!
Queridos esposos, os invito a perseverar con valentía en el camino, a veces difícil y laborioso, pero luminoso, que habéis emprendido. Ante todo, poned a Jesús en el centro de vuestras familias, de vuestras actividades y de vuestras decisiones. Haced descubrir a vuestros hijos su amor y su ternura sin límites, y esforzaos en hacerle amar a su vez, como Él lo merece: esa es la gran lección que Louis y Zélie nos dan para hoy, y de la que tanto necesitan la Iglesia y el mundo.
¿Cómo podría Teresa haber amado tanto a Jesús y a María –y habernos transmitido una doctrina tan bella– si no lo hubiera aprendido de sus santos padres desde su más tierna infancia?
Confío a todas las familias queridas a la protección de Louis y Zélie Martin y de santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.











