«Reflexionando sobre Bill Clinton aceptando las invitaciones de viajar en el avión privado de Jeffrey Epstein, la periodista Tina Brown ha descrito los viajes en jet privado como “una verdadera tentación satánica”. En su opinión, “no hay nadie a quien no matarías, traicionarías o con quien no te acostarías a cambio de asegurarte una vida de lujo lejos del transporte de masas”.
El comentario de Brown es potente: el verdadero riesgo moral que encierran los lujos de gama alta, como los viajes en avión privado, es la forma en que ofrecen un acceso exclusivo. Una invitación para viajar en avión privado simboliza la inclusión en lo que C.S. Lewis denominó “el anillo interior”: el conjunto de los que aspiran a todo, los que saben, el grupo de iniciados en el que todo el mundo anhela estar incluido. Y entre los infinitos venenos que se filtran desde el escándalo Epstein a todos los niveles, uno de los más nocivos es la forma en que se ha combinado esta exclusividad del anillo interior con una profunda inversión moral.
El lujo de los jets privados es, en última instancia, un anillo interior de comodidad y esnobismo; la historia de Epstein, sin embargo, presenta una tentación mucho más tóxica. El jet privado repleto de chicas extremadamente jóvenes, conocido como el “Lolita Express”, representaba la corrupción en su sentido más pleno. Para este anillo interior, el ritual iniciático exigía al menos un consentimiento tácito, si no una participación activa, en el abuso sexual de niñas muy jóvenes. Se trataba de profanar la juventud y la inocencia.
Y esta inversión llega hasta el corazón del mundo moderno. Porque la red de prostitución de menores de Epstein se limitó a quitarle los ruedines a una visión moral que ya gobierna todo el Occidente moderno: una que no sólo rechaza sino que busca activamente profanar el antiguo sistema de valores cristianos, en pos de una moral de poder, violencia y deseo individual».










