Cuando llevamos más de un mes de guerra en Irán la incertidumbre sobre el desarrollo del conflicto y sus consecuencias en el mundo entero no dejan de crecer. Una guerra de cuyos objetivos hemos escuchado ya nume
rosas versiones y que, a día de hoy sabemos que no es ningún paseo y cuyo impacto, principalmente por el bloqueo del Estrecho de Ormuz, ya se está haciendo notar en todo el mundo.
La guerra la desencadenaron los Estados Unidos e Israel, golpeando a Irán con una potencia de fuego abrumadora y con operaciones específicas destinadas a asesinar a la cúpula del régimen iraní cuyo saldo, hasta
inicios de abril de 2026, es de alre dedor de 50 altos mandos militares y dirigentes políticos iraníes muertos, entre ellos el líder supremo de Irán, Alí Jamenei.
Qué buscan Israel y los Estados Unidos
Las motivaciones israelíes esta ban claras: eliminar, o al menos debilitar sustancialmente, a un régimen hostil que ha proclamado en diversas ocasiones su voluntad de borrar Israel del mapa y que ha intentado hacerse con ojivas nucleares (aunque probablemente, después de la guerra de los 12 días, en junio de 2025, no estuviera ni mucho menos tan cerca de conseguirlas como han dicho algunos de quienes buscaban justificar la guerra como medio de evitar que Irán dispusiera de armamento nuclear).
Con el ataque a Irán se cierra el círculo de la respuesta israelí a los ataques del 7 de octubre de 2023, lanzados por uno de los satélites proxies de Irán, la organización palestina Hamás. Tras destruir a Hamás, Israel ha ido des
truyendo sistemáticamente al resto de aliados que formaban lo que se llamó la Media Luna chiíta, golpeando con fuerza a Hezbolá en el Líbano y cooperando en la caída del régimen de Bashar al Assad en Siria. Ahora el objetivo es el origen de la amenaza que se materializó en aquel ataque terrorista que ha supuesto un enorme trauma en la sociedad israelí, un trauma que alimenta la sensación israelí de estar sitiados y que explica el enorme apoyo popular que, incluso entre quienes son contrarios al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, tiene este guerra con Irán. Conflicto que, además, ha aprovechado Israel para atacar a lo que queda de Hezbolá, lanzando una ofensiva cuyo objetivo es invadir una extensa franja al sur del Líbano que permita la constitución de una zona lo suficientemente amplia como para evitar que Hezbolá siga hostigando el norte de Israel, una especia de marca que proteja a Israel de ataques por ese flanco.
En cuanto a los Estados Unidos, los motivos para lanzarse a esta guerra son menos claros. Especialmente cuando hacía pocos meses que la administración Trump había publicado su documento guía estratégico en política internacional, un texto sólido y bien argumentado que parte de la constatación de que Estados Unidos no tiene la capacidad para imponer se a lo largo y ancho del mundo y que aboga por concentrar sus esfuerzos en el continente americano y en limitar la expansión china. El documento señala incluso que Oriente Medio ya no tiene para los Estados Unidos la importancia estratégica que tuvo hace décadas. Hay una cláusula, es cierto, que señala la seguridad de Israel como uno de los objetivos irrenunciables de Estados Unidos, pero más allá de esa referencia, parece claro que en el origen de la guerra están más bien los intereses de Israel.
Un electorado que no había votado a Trump para embarcar el país en nuevas guerras
De hecho, el malestar entre muchos de quienes votaron a Trump es evidente. Si en los primeros pasos de este segundo mandato, Trump se ceñía estrictamente al cumplimiento de sus promesas en lo que respecta a los aranceles, al cierre de la frontera, a las medidas contra el wokismo, es evidente que la guerra con Irán era precisamente una de las políticas que la mayoría de sus votantes rechazaba. En este cambio de opinión parece claro que ha jugado un papel la personalidad de Trump, que nunca ha ocultado su narcisismo y que, sin la posibilidad de optar a un nuevo mandato, a algo más de dos años de acabar su presidencia, quiere pasar a la historia por haber sido capaz de reconfi gurar el orden mundial.
Es imposible saber con detalle cuál va a ser el desarrollo del conflicto, su duración y consecuencias, pero sí nos atrevemos a afi rmar que, o mucho cambian las cosas, o esta guerra supondrá una importante derrota electoral de Trump en las elecciones de mitad de mandato, el próximo mes de noviembre… y que incluso puede condenar las aspiraciones del próximo candidato presidencial republica no que aspire a suceder a Trump, sea éste quien sea.
La dificultad de un cambio de régimen
Como decíamos antes, el ataque inicial sobre Irán se desató con una capacidad de destrucción probablemente nunca vista. Los Estados Unidos e Israel demostraron que pueden causar estragos descomunales y eliminar a una parte muy signifi cativa de los líderes enemigos. Pero desde entonces ha quedado en evidencia que una cosa es desatar una tormenta de fuego y otra, muy distinta, conseguir un cambio de régimen. Especialmente en Irán, que se ha estado preparando desde hace años para este tipo de guerra, que cuenta con una organización descentralizada y con reglas claras de sucesión, que combina el terror en manos de la Guardia Revolucionaria con el apoyo de capas no negligibles de la población, y que une una mentalidad martirial, propia del chiísmo, con un orgullo nacional que no hace más que fortalecerse ante una agresión extranjera. Sin liderazgos alternativos claros y con una oposición diezmada por la atroz represión de las manifestaciones del pasado mes de enero (se calcula que el régimen iraní habría asesinado a cerca de 40.000 personas, muchos de ellos en los mismos hospitales donde habían sido ingresados para tratar los de heridas recibidas durante la represión de las protestas). A día de hoy parece descartada la caída del régimen de los ayatolás desde el interior y ya hay quien, en los Estados Unidos, habla de la necesidad de desplegar tropas en el terreno, algo que podría reproducir el infi erno que las grandes potencias, desde los Estados Unidos hasta la Unión Soviética, han vivido en lugares como Vietnam o Afganistán.
El impacto económico en todo el mundo
Lo que sí ha quedado probado es la capacidad de Irán para impactar la economía mundial, principalmente a través del cierre del Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% de la producción mundial de crudo. Ese cierre, que a pesar de sus esfuerzos los Estados Unidos no han conseguido desbloquear, ha supuesto ya un encarecimiento del precio del petróleo, alimentando un repunte infl acionario. Un encarecimiento de precios que por ahora es limitado, pero que podría provocar una crisis de enormes dimensiones si la guerra persiste. La subida del precio del petróleo por un lado perjudica especialmente a China, siempre defi citaria en términos energéticos, y a Europa, mientras que ha supuesto un balón de oxígeno para Rusia, que sale fortalecida y dispone de más recursos para continuar con su estrategia en la guerra de Ucrania. Estados Unidos, que es productor de petróleo, no sale tan malparado, pero su dependencia de las cadenas de suministros internacionales hace que también su economía se vea afectada.
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