En el Evangelio de san Mateo se nos narra el juicio duro de Jesús sobre los Maestros de la Ley de su tiempo, que gustaban de ser admirados, pero no obraban conforme a lo que ellos mismos enseñaban. Y a sus discípulos les decía: «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro, y vosotros sois todos hermanos» (23, 1).
Sin duda, el Señor quería inculcar no sólo la autenticidad y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, sino también la humildad. Ya que los escribas y fariseos a los que increpa se creían muy sabios y, además, se atribuían la ciencia a sí mismos, es decir, a su propio talento y estudio. Por esto añade en seguida: «El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.» Uno solo es el Maestro, el propio Cristo, porque ningún saber posee el hombre por sí mismo y por sus propias fuerzas, sino que todo lo tiene recibido de Dios.
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