En la encíclica Divini illius magistri, que puede considerarse como la carta magna de la educación cristiana, Pío XI afirma que solo la educación cristiana puede considerarse perfecta y completa. Esta afirmación podría parecer atrevida, e incluso desproporcionada, si no se atiende a los matices necesarios. Conviene notar que no se refiere meramente a la excelencia y necesidad de una educación cristiana que forme a los educandos de modo que toda su vida —tanto en su ámbito estrictamente personal como en su vida familiar y en sus relaciones profesionales, sociales y políticas— quede conformada por la educación recibida.
Lo que podría juzgarse falto de ponderación es el subrayado del «solo»: únicamente una educación que tenga presente el fin último de la vida humana no estará viciada de parcialidad. Sus carencias, en cambio, procederán de no poder abarcar todas las dimensiones del educando; es decir, de no ser capaz de ayudarle a recorrer el camino que conduce a su plenitud y perfección. Esta plenitud sólo se alcanza cuando se reconoce que Dios es el principio y el fin de toda vida humana. Por ello, cuando se le ignora –o, peor aún, se le niega– surge la insatisfacción y la frustración, al no encontrar el camino hacia aquello que mueve más profundamente toda la actividad humana: la felicidad. Siempre resulta oportuno, especialmente en nuestro tiempo de tanto esfuerzo y actividad estéril, recordar las palabras de san Agustín: «Señor, nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
En nuestros días continúa siendo vigente el análisis que hacía Jacques Maritain sobre la crisis educativa como fruto del olvido de los fines de la educación. Si no se tiene claro lo que se busca, nunca se llegará a encontrarlo. En un ambiente de relativismo radical no es posible ninguna verdadera educación, ni siquiera una mera enseñanza. El olvido del fin da lugar a un pragmatismo ciego, reiterativo, inútil e ineficaz: un dar vueltas a los medios sin criterio adecuado para su elección. Se habla de pedagogía, pero no de educación. Esta queda reducida a un simple proceso de socialización: hacer que el niño sea capaz de vivir en la sociedad que le ha tocado, adquiriendo las competencias que le garanticen el éxito. Sin embargo, esto resulta difícil en un mundo plural y cambiante, donde lo que hoy se demanda mañana deja de serlo, y lo que hoy es clave de éxito pronto es despreciado o marginado. De ahí tantos fracasos y frustraciones.
La educación escolar tiene como prioridad formar el entendimiento para que sea capaz de comprender la realidad y de dirigir la conducta. Pero, instalados en un relativismo teórico cada vez más radical, se exige al mismo tiempo la aceptación completa de ideologías que se presentan con apariencia de verdades indiscutibles o de mero consenso social. Todo lo que se refiere al fin último de la vida humana queda así relegado al olvido.
Al declarar patronos de la educación a santo Tomás de Aquino y al cardenal John Henry Newman, la Iglesia quiere recordarnos la necesidad de contemplar su vida y reflexionar sobre su doctrina. En ellos encontramos una enseñanza que no solo se adapta a las necesidades de una época, sino de todas las épocas, y que es capaz de refutar los errores que reaparecen en permanente sucesión. Confirmada por su propio vigor racional, esta doctrina permanece invicta e infunde profunda consternación en sus adversarios.
Como ya subrayó León XIII, y más recientemente León XIV, al proponerlos como modelos para todos los que participan en la tarea educativa, la imponente estatura cultural y espiritual de Newman –junto con la solidez intelectual de Tomás de Aquino– puede inspirar a las nuevas generaciones, con un corazón sediento de infinito, dispuestas a emprender, por medio de la investigación y del conocimiento, aquel camino que, como decían los antiguos, conduce per aspera ad astra: a través de las dificultades, hasta las estrellas. León XIII, Cum hoc sit (4/8/1880) y León XIV, Homilía (1/11/2025).











