Faros de luz en la oscuridad, islas en un océano de barbarie. Eso fueron los monasterios durante los largos siglos en los que se fue formando la Cristiandad occidental. Los reinos cristianos que la formaron fueron evangelizados y educados por numerosos monjes que con una labor silenciosa y paciente construyeron los sólidos fundamentos de la civilización cristiana.
Este fenómeno por el cual los monjes educaron Europa es paradójico y lógico a la vez. Paradójico, porque el monacato predica el alejamiento del mundo, y he aquí que tenemos al monacato transformando el mundo. Lógico, porque la vida monástica generó, de forma natural, la transformación de quienes acudían al monasterio o habitaban cerca de él, en un proceso expansivo creciente.
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