En estos tiempos convulsos la educación se vive como una paradoja: por un lado se promueve como derecho fundamental y necesidad social, mientras que por otro (y a menudo por las mismas personas que tan violentamente luchan por ella) se instrumentaliza con fines políticos e ideológicos. Tal vez nunca en la historia se han visto a la vez porcentajes tan altos de alfabetización conviviendo con la más supina ignorancia. Es de sentido común, por lo tanto, considerar con especial detenimiento el ejemplo de las santas personas que han dedicado tiempo a contemplar la cuestión de la educación desde el prisma de la Verdad. Tal vez con esto en mente, nuestro papa León XIV ha tenido a bien indicarnos un nuevo pozo desde el que recoger agua para apagar los incendios que el liberalismo ha encendido, especialmente en lo que respecta al ámbito educativo: ha declarado a san John Henry Newman doctor de la Iglesia y lo ha consagrado copatrono de los educadores, junto con santo Tomás de Aquino.
El cardenal Newman es un santo relativamente reciente: nació en Londres en 1801. Si bien fue educado en la fe anglicana, su familia no era especialmente devota. Fue a los 15 años cuando, producto de una enfermedad, vivió su «primera conversión». Descubrió tras ella una vocación que lo llevó a ordenarse como sacerdote anglicano en 1825. Su sacerdocio destacó por el estudio, en especial de los Padres de la Iglesia. El estudio lo llevó al conocimiento, el conocimiento al Amor, y el Amor encendió una idea en su corazón: restituir la universalidad de la Iglesia demostrando que el anglicanismo desciende directamente de la Iglesia fundada por Cristo. De los Padres de la Iglesia fue escarbando una verdad preciosa, y mientras más desenterraba más se alejaba de las ideas anglicanas, y más enemigos se labraba entre los académicos y teólogos protestantes. Fueron años difíciles, marcados por la crítica feroz y la soledad. Pero aquella Verdad le brindaba mucho más de lo que los hombres podían ofrecerle: la libertad. Cada vez sentía con más fuerza la atracción de la Iglesia católica. En 1845, tras años de oración, estudio y meditación, se convirtió por fin. Dos años después fue ordenado sacerdote católico, comenzando una labor apostólica marcada por un profundo respeto por la Verdad como herramienta para entender al hombre, dando especial importancia a la educación como medio para enamorarse del saber, no según nos es útil, sino como un bien en sí mismo. Un bien liberador.











