Con motivo del debate parlamentario en torno a la eutanasia en Francia, Grégor Puppinck plantea esta disyuntiva desde las páginas de la revista Caseur:
«El objetivo principal de los promotores de la eutanasia no es tanto aliviar el sufrimiento como cambiar nuestra relación con la muerte y, por lo tanto, con la vida. Se trata de convertir la muerte en una libertad, de ampliar el poder individual sobre la propia existencia. Es este poder del hombre sobre sí mismo –en particular mediante el suicidio– lo que sería la máxima expresión de su dignidad. Para Odette Thibault, fundadora de la ADMD (Asociación para la defensa de una muerte digna), el suicidio «la autonomía suprema, la que define al ser humano». Del mismo modo, para Henri Caillavet, ex presidente de la ADMD y senador, «el suicidio consciente es el único acto auténtico de libertad del hombre». Durante los debates de esta semana, el senador comunista Pierre Ouzoulias también proclamó: «La muerte voluntaria es la expresión del libre albedrío absoluto que proclama: “¡Dios no prevalecerá!”».
De esta concepción del hombre se deduce que perder la autonomía es una degradación. Para Odette Thibault, «prolongar esta degradación es, en mi opinión, uno de los ataques más graves que se pueden infligir a la dignidad humana».
¿Es esta la concepción de «dignidad» que queremos que triunfe en Francia? ¿Una concepción nietzscheana? ¿O es la dignidad que se refleja en el cuidado afectuoso que se brinda a los enfermos, hasta su muerte, mediante los cuidados paliativos, en la gran tradición de la caridad cristiana? De hecho, con la eutanasia, tenemos que elegir entre Nietzsche o Jesús.
[1] Mt 6,21










