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CRISTIANDAD

San Jerónimo (4): el sueño jeronimiano

Por Gerardo Manresa Presas
febrero 2026
en Secciones, Pequeñas lecciones de historia
4 min de lectura

No se sabe exactamente cuando ocurrió, si antes del desierto, si en Antioquía, aunque lo más probable es que fuera antes de su estancia en el desierto de Caldis, Jerónimo pasó por una experiencia que iba a tener grandes repercusiones a lo largo de toda su vida. Es lo que se ha llamado el sueño jeronimiano.

Así se refiere a un famoso sueño que tuvo Jerónimo y relató en una carta a Eustaquia en el transcurso del año 384. Dicha carta contenía directrices espirituales útiles para alguien que, como ella, había elegido ser una virgen consagrada. Aunque el tema general de la carta es la castidad, a lo largo del discurso se abarca un mosaico de temas, incluso autobiográficos, pero sobre todo introduce lo que él llama «una desventurada historia», un relato ocurrido hace años: lo que años más tarde se conoció como el sueño jeronimiano.

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Mientras dormía, se encontró en un juicio ante el trono de Jesucristo. En la visión, Jesús le reprochó que amaba más los escritos de Cicerón que las Sagradas Escrituras, y amenazó con borrar su nombre de los registros católicos. En efecto, por amor al Reino de los Cielos, había abandonado su vida anterior, es decir la comodidad de la vida paterna, y había emprendido un viaje a Jerusalén a fin de alistarse en las milicias de Cristo, pero no había tenido el valor de desprenderse de la biblioteca que con tanto esfuerzo había reunido, a la que guardaba gran aprecio.

De este suceso se ha escrito mucho si fue un sueño, una alucinación o un delirio febril. Una y otra cuestión importan poco, lo decisivo es el relato que de ello hace Jerónimo sobre su experiencia:

«Hace de aquello ya muchos años. Por amor del Reino de los Cielos me había yo separado de mi casa, padres, hermana, parientes y, lo que más me costó, de la costumbre de la buena comida, y para alistarse en la milicia, había emprendido viaje a Jerusalén. Pero de lo que no podía desprenderme era de la biblioteca que con tanta diligencia y trabajo había reunido en Roma. Desdichado de mí, ayunaba para leer luego a Tulio. Después de las largas vigilias de la noche, después de las lágrimas que el recuerdo de mis pecados pasados me arrancaba de lo hondo de mis entrañas, tomaba en manos a Plauto, y si alguna vez, volviendo en mí mismo, me ponía a leer un profeta, me repelía el estilo tosco y no viendo luz por tener ciegos los ojos, pensaba que la culpa no era de los ojos, sino del sol».

»Mientras así jugaba conmigo la antigua serpiente, a mediados aproximadamente de la cuaresma una fiebre invadió mi cuerpo exhausto deslizándose por la médula, y sin darme cuenta ninguna –lo que parece increíble– de tal manera devoró mis pobres miembros, que apenas me tenía ya en sus huesos. Ya se preparaban mis exequias, y en mi cuerpo helado el calor vital del alma solo palpitaba en un rincón de mi pecho también tibio, cuando, arrebatado súbitamente en el espíritu, soy arrastrado hasta el tribunal del juez, donde había tanta luz y del resplandor de los asistentes salía tal fulgor que, derribado por tierra no me atrevía a levantar los ojos. Interrogado acerca de mi condición, respondí que era cristiano. Pero el que estaba sentado me dijo: “Mientes, tú eres ciceroniano, tú no eres cristiano; pues donde está tu tesoro allí está tu corazón”.

» Enmudecí al punto, y entre los azotes –pues había el juez dado orden de que se me azotara– me atormentaba aún más el fuego de mi conciencia, considerando dentro de mí aquel versículo: Mas en el Infierno, ¿quien te alabará?. Pero empecé a gritar y a decir entre gemidos: «Ten compasión de mí, Señor, ten compasión de mí».[3] Este grito resonaba entre los azotes. Al fin, postrados a los pies del presidente, los asistentes le suplicaban que concediera perdón a mi mocedad y me permitieran hacer penitencia por mi error; que ya terminaría yo de cumplir mi castigo si alguna vez en lo sucesivo leía los libros de las letras paganas.

»En cuanto a mí, puesto en un trance tan terrible, estaba dispuesto a hacer promesas aún mayores. Por eso empecé a jurar y, apelando a su mismo nombre, dije: «Señor, si alguna vez tengo libros seculares y los leo, es que he renegado de ti». Liberado en virtud de este juramento, vuelvo a la tierra, y en medio de la sorpresa general, abro los ojos que estaban bañados con tal abundancia de lágrimas que con el dolor expresado en ellos convenció aun a los incrédulos. Aquello no había sido un simple sopor ni uno de esos sueños vacíos con los que somos frecuentemente burlados. Testigo es aquel tribunal ante el que estuve tendido, testigo el juicio que temí –nunca me ocurra que vuelva yo a caer en tal interrogatorio–, que salí con la espalda amoratada y sentí los golpes aun después del sueño y que, en adelante, leí con tanto ahínco los libros divinos cuanto no había puesto antes en la lectura de los profanos».

Lo decisivo es el relato mismo y la viveza emocional con que se expresa Jerónimo sobre un hecho ocurrido «hace muchos años». Los elementos elaborados en el sueño no tienen nada de quiméricos y reflejan una situación existencial de disociación interior que estaba pidiendo urgentemente una solución.

La edad de Jerónimo, en aquel momento, debía ser de unos treinta años. El «error» no era otra cosa que el desajuste entre dos amores. El amor que, desde joven, desde su estancia en Roma, tenía a los clásicos y el amor a la palabra divina adquirido en su época de Aquilea. El sueño refleja la lucha grave que tenía todos los días para integrar estas dos fuerzas. Fue, en definitiva, una experiencia de maduración para Jerónimo, que en el sueño revistió todos los caracteres de un drama. Una de las cualidades más destacadas en la obra posterior de Jerónimo será la maestría con que unirá la belleza y elegancia clásica con la ciencia bíblica.

 

Etiquetas: El sueño de san Jerónimo
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