Terminados sus estudios en Roma, por el año 367, Jerónimo se vuelve hacia el norte, a su tierra natal, junto con su amigo Bonoso, que también bajó a Roma con él para sus estudios, pero Jerónimo no va a Estrión, de la que no tiene buenos recuerdos, sino que va a Aquilea y Tréveris, capital por aquellos años del Imperio romano. Aunque se movió mucho durante los siete años que estuvo junto al Rin, su lugar principal de residencia fue Tréveris. Este movimiento lo demuestra el conocimiento que llegó a tener de las principales ciudades germánicas y gálicas.
Allí empezó su vida de copista. Copió de propia mano el «Tratado sobre los salmos davídicos» y el voluminoso «Libro de los sínodos» de san Hilarión.
Pero ya en este período, Jerónimo quiso empezar a servir a Cristo y así lo confiesa en una carta a su amigo Rufino, que le dirige en forma de oración: «Yo fui el primero en quererte servir (a Dios) cuando, después de los estudios ambos (con Rufino) compartimos mesa y albergue junto a las riberas semibárbaras del Rin». En esta época Jerónimo tenía un grupo de amigos que se tenían mucho afecto, afecto que perduró hasta muchos años después. Se llamaban el «coro de los bienaventurados».
En este período de estancia en lo que él llama «las tierras semibárbaras del Rin», Jerónimo hace acopio de obras, como las que se trajo de Roma, que eran «alimento para el alma cristiana, que ha de meditar día y noche en la ley del Señor». De esta época data el primer comentario al profeta Abdías que era un trabajo con una orientación místico-alegórica. Fue el primer trabajo que hizo por su ardiente amor a la Sagrada Escritura. Él dirá más tarde que lo escribió en su adolescencia, antes de ir al desierto, enfocado en la interpretación profunda y simbólica de las palabras de juicio contra Edom, donde Dios castiga el orgullo y la autoexaltación, interpretando la soberbia de Edom como una lección sobre la humildad y la justicia divina. Así apareció su primera obra exegética, que había dado por perdida hasta que, años después, un joven venido de Italia le trajo un ejemplar y se lo mostró entusiasmado. El que dicho ejemplar le llegara de Roma significaba que ya en Roma había iniciado su futura forma de vida.
Años más tarde, en el año 396, en el prólogo de su nuevo Comentario a Abdías, dedicado a Panmaquio, rememora Jerónimo los «dulces» años siguientes a los estudios de Roma, cuando los amigos de Aquilea comenzaron a emprender caminos diferentes y «Yo y Heliodoro nos preparábamos para la soledad del desierto sirio de Calcis».
Estos años en Tréveris, los considera, Jerónimo, como años de transición, en ellos nace en él su vocación de asceta y en ellos ensaya la que será una de sus principales ocupaciones, la de copiador. En ellos hará grandes progresos de forma de manera que pocos años después, quizás en 375, podá decir a Florencio, monje de Jerusalén: «y como, por largueza del Señor, poseo una biblioteca sacra rica en códices, a ti te toca encargar; te enviaré todo lo que desees. No me resulta cosa pesada, porque tengo un grupo de alumnos interesados en la transcripción de obras antiguas». Por ello parece ser que había podido formar sino una escuela, sí un grupo de jóvenes a los que les ilusionaba dicha tarea.
De todas las cartas que tenemos de Jerónimo se puede deducir la gran importancia que tuvo para él su estancia en Aquilea.
El «coro de los bienaventurados»
El «coro de los bienaventurados», como llama Jerónimo a sus amigos de Aquilea en su Crónica, son los destinatarios de las primeras cartas, significaba un movimiento consolidado de ascetismo al que pertenecían las figuras de Cromacio, promotor y guía espiritual del grupo, y de Heliodoro, que años más tarde fue nombrado obispo de Altino, ciudad próxima a Aquilea. A este grupo pertenecían también Rufino y Bonoso, que luego fue anacoreta en una isla solitaria del Adriático y que le habían acompañado en los estudios de Roma. En el grupo hay clérigos y seglares, pero en todos ellos puede distinguirse una alta talla moral.
Este grupo al cabo de los años se irá diversificando en el seguimiento de su vocación cristiana, lo cual alegraba a Jerónimo al ver cómo todo su «coro de bienaventurados» seguía el camino a la patria celestial. En el mismo contexto ascético había también un grupo de mujeres que tenían su residencia en la ciudad cercana de Hermona.
Para Jerónimo, Tréveris y Aquilea fueron en su formación cristiana lo que fue Roma en su formación humana. Son unos siete años de vivencias acumuladas, muy distintas de las de Roma. Aquí gustó con toda intensidad los nuevos modos de vida religiosa, incluso muy relacionada con el arrianismo. Se atribuye a san Atanasio durante su destierro en Tréveris, buena parte del florecimiento de la vida ascética en Occidente y su influencia indirecta en Jerónimo.










