El jóven Charles Reading es un estudiante novicio, ingenuo e intelectualmente muy capaz, cariñoso y agradecido con su familia y sensible ante la belleza de la creación. Confía en la religión de su país, Inglaterra, que ha profesado desde que tiene uso de razón y en la cual ha sido educado, siendo su padre clérigo de una importante parroquia y popularmente querido. La universidad presenta un clima anormalmente heterogéneo en cuanto a opiniones religiosas, la doctrina de la «Iglesia» anglicana y su autoridad se ven frecuentemente cuestionadas por los jóvenes universitarios, quienes con asiduidad se reúnen y discuten distintos puntos. Poco después del inicio de sus estudios y tras haber presenciado varias de las reuniones, el joven Charles hace suyas varias de las razonables dudas, fruto de la dialéctica entre sus compañeros; la certeza de contradicciones doctrinales e incoherencias internas junto con el descubrimiento de la necesidad de un aparato dogmático para que algo pueda ser considerado verdadero, se adentra en su corazón, y no es alguien que pueda dejar las verdades durmiendo en su cerebro sin llevarlas hasta sus últimas consecuencias; sin embargo, no se precipitará y le llevará un tiempo desarrollarlas.
El concepto de la fe, indefinible para la totalidad de los compañeros y profesores con los que comparte espacio, es fuente incesante de dudas para Charles; la fe ha de ser necesariamente algo racional, puesto que es el alma racional lo que caracteriza al humano, y debe existir algo a lo que dar fe, esto es: un Credo (aunque no sea suficiente la existencia de éste para ser tenido por cierto, Charles concluye que sin éste no puede una religión ser verdadera). Se encuentra en las disertaciones con una generalizada confusión doctrinal en multitud de cuestiones (como la necesidad de la gracia, la predestinación, la importancia de las obras y la vida moral, la historicidad de la «Iglesia» anglicana y su teórica sucesión apostólica, y, lo que más decisivo será en su caso, la inconciabilidad entre los artículos de la fe anglicana y el Prayer Book) no solo entre los estudiantes, también entre los maestros y autoridades –vivos y muertos– de la universidad.
Mr. Vincent, uno de los tutores junior (arquetipo del «espíritu oxoniense» de la época), incomoda con frecuencia a Charles con sus argumentaciones; con su lenguaje –piensa Charles– quiere parecer sabio y refinado, adalid de una falsa y fideísta prudencia que busca constantemente el punto medio entre los «extremos» y que no hace sino recomendar no tomar partido alguno por ninguna verdad. Trata de atemorizar a los estudiantes para que no piensen demasiado y no lleven demasiado lejos las consecuencias de sus ideas: «es peligroso» –dice–, «los errores son verdades llevadas demasiado lejos, nos hacen el trabajo sucio, pero debemos alejarnos de ellos, hay que conciliar todo, hasta lo inconciliable». Esto no hace más que turbar la mente de Charles, quien a pesar de su timidez no es un pusilánime; no puede sino desconfiar de una figura doctrinal que no actúa, piensa y aconseja de modo razonable. Podría llegar a fiarse de una autoridad legítima, la cual, si es que existe –piensa– no puede definir nada falso ni irracional.
En vacaciones los estudiantes vuelven a sus casas, pasan tiempo con sus familias y estudian para los exámenes. En medio de las tribulaciones que causaban todas las dudas en su alma, Charles recibe una terrible noticia que podría hundir a cualquiera: su padre ha muerto. Es entonces fuertemente tentado, y parece dejar de lado lo que en el momento le parece un sueño ocioso y una quimera: la búsqueda de la Verdad. Se siente harto de tantas teorías, se dedicará a lo realmente importante: sus obligaciones de estado, cuidar de su madre y sus hermanas; esa es la verdadera realidad, donde le quiere la Providencia y donde él debe estar. A pesar de ello, la Verdad ya le había tocado y no podía dejarla morir en su alma; a medida que se dedicaba con gran esfuerzo al estudio y a la obediencia a la universidad, las dudas y silogismos se iban haciendo más sólidos y una nueva doctrina se afianzaba en su corazón.
Sorprende el notable esfuerzo que desde las autoridades anglicanas se derrocha en controlar el buen comportamiento y –mayormente–la no disidencia ideológica de sus estudiantes, mediante el uso de vigilantes llamados «bulldogs», que obedecen a los «proctores». Como la experiencia demuestra en las culturas puritanas, hay notables extravagancias y contradicciones que nada agradan al joven Charles, como la institucionalizada borrachera el «Lunes después de la Trinidad». Es especial motivo de escándalo para el joven la discordancia entre la pobreza evangélica y la vida de gran parte de los fieles y autoridades de la secta anglicana; llega a escribir en una carta que durante muchos años ha deseado seriamente no ser rico ni promocionar nunca en la Iglesia, le molestan los alumnos «snobs» que, cuando es tutor, no le toman en serio y le tratan con altivez, como reza el dicho: «Bene nati, bene vestiti, mediocriter docti».
Le irrita por igual la falta de compromiso para con la Verdad que descubre en la mayoría de sus contemporáneos, juzga que no les inquieta conocer, discernir y amar lo verdadero, sino vivir acomodadamente y lograr prestigio, evitando a toda costa las controversias que les puedan surgir por seguir la voz de su conciencia. Dolorosamente, su madre, sus hermanas y sus mejores amigos –al igual que la totalidad de los que tratan de evitar su conversión a la fe católica– tratarán de convencerle con las máximas del mundo: la honra a las ideas de la familia –en especial de su fallecido padre– y la buena fama, una vida –aparentemente– ya solucionada, el dinero y los buenos puestos, tantísimas amistades a conservar… Esto causa un enorme sufrimiento en el joven, que experimenta como debe lidiar con la incomprensión de sus seres más queridos en el momento de mayor dolor que hasta ahora ha vivido, y dejarlo absolutamente todo por seguir a Jesucristo y salvaguardar su bienaventuranza eterna, a pesar de su amor a su madre y sus hermanas, y el gran dolor que le causa deber abandonarlas e incluso ser aborrecido por ellas.
Llega profundamente al corazón el momento ya avanzado en la novela en que Charles se encuentra por la noche con una antigua y grande cruz en medio del bosque, iluminada por la luz de la luna, poco después de haber caído en cuenta de que su compañero y amigo Willis es una especie de alma gemela para él; Charles está experimentando por primera vez en su vida la comunión de los santos. En ese mismo momento descubre, aunque no sea del todo consciente de ello, que hay algo divino que mueve de forma sinérgica a todos cuantos forman parte del Cuerpo místico cuya cabeza es el Verbo eterno de Dios, y que resucitarán gloriosamente con Él en el fin de los tiempos. Se postra ante la cruz y no puede evitar rezar ante ella, como un «romanista» (así se llamaba vulgarmente a los católicos en Oxford) a su Madre en el Cielo. Al llegar a casa ve una extraña carta con unos escritos apologéticos sobre la fe católica; se va a dormir, todavía exaltado, para leerla a la mañana siguiente.
Nuestro Charles decide finalmente marchar de Oxford a pesar de todas las dificultades que se le presentan y, providencialmente, ya en el tren de camino a Londres, se sienta delante de él un hombre inconfundible por su estética; un sacerdote católico. Tras largo rato cavilando debido a su timidez (hasta entonces jamás ha visto a un cura católico), conversa con él, y éste le facilita el contacto de una parroquia londinense perteneciente a los pasionistas.
Charles va allí y experimenta por segunda vez el misterio de la comunión de los santos al presenciar lo que él mismo llama el primer acto de culto verdadero que ha contemplado: una santa misa. Niños, ancianos, obreros, ricos, todos postrados y adorando al Cordero, la Cabeza del glorioso Cuerpo que nos hace dignos de atrevernos a hablar con Dios rezando el «Pater noster».
Perder y ganar es una novela autobiográfica de lo que siempre será de inmediata actualidad: la vida de un santo. En nuestro caso, del ahora recién proclamado doctor de la Iglesia católica san John Henry Newman, bajo el pseudónimo de Charles Reading debido al ostracismo en que se encontró al escribir su autobiografía, ya convertido a la fe católica.
Dadas las disyuntivas que se le presentan y el modo «dialéctico» de cavilar del autor es, a mi juicio, algo indudablemente providencial y adecuado para los cristianos de nuestros tiempos.
Y nosotros, los que vivimos en una época con tantos avances y comodidades, nos preguntamos: ¿Somos como Charles Reading o somos como «el resto»? Nos encontramos en una situación en que es imperativo escoger entre san John Henry Newman, entre el mismísimo salmista, el rey David, entre Miguel de Cervantes, santa Teresa de Jesús, el apóstol Santiago, Carlos V, Ramon Llull, el padre Orlandis, el heroico santo Antonio Molle Lazo, degollado y descuartizado vivo, martirizado por odio a la Fe como tantos otros correligionarios patrios al grito de «Viva Cristo Rey» nada menos que –huelga decirlo– el siglo pasado en el suelo que ahora mismo pisamos… entre el poeta locamente enamorado, el cruzado, el sacerdote, el artista, el místico, el campesino, el maestro que ama a sus discípulos, el médico que se desvive por sus enfermos, el monarca que muere por su pueblo… o el burgués.
O somos de Yahvé Sebaot, Señor de los Ejércitos, y procuramos «recapitular todas las cosas en Cristo», buscando el Reino de Dios y su justicia y amando participar con goce en esto que se nos ha dado llamado tiempo, que no es sino la liturgia en que el drama de la creación divina se manifiesta mediante el Cuerpo místico de su Iglesia al que pertenecemos… O, por el contrario, somos del pueblo que asume la «weltanschauung» puritana «yankee» y el aburrido espíritu del comercio, que se conforma con el erróneamente llamado «mal menor», al servicio de la tecnocracia gnóstica que no se acuerda ni quiere acordarse de que la técnica, la ciencia y la economía deben servir a la vida buena de todos los hombres, al bien común, al fin verdadero del hombre que no se queda en una producción enfocada en la zoológica, competitiva y egoísta subsistencia biológico-material, sino que se fundamenta en la contemplación del Bien, la Verdad y la Belleza.
«Todo por el Amor y que se pierda el mundo», «Nada, nada, nada».










