EL 11 de diciembre de 1925, en el cuarto año de su pontificado, Su Santidad Pío XI promulgaba la encíclica Quas primas cuya finalidad esencial era la institución de una nueva fiesta en el calendario litúrgico, la festividad de Cristo Rey.
Estas eran las solemnes palabras de la institución: «Con nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve todos los años la consagración de todo el género humano al sacratísimo Corazón de Jesús, con la misma fórmula que nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, mandó recitar anualmente». Después de la última reforma del calendario litúrgico, la fiesta se celebra el último domingo del tiempo ordinario, inmediatamente antes del adviento, lo que sitúa a esta fiesta en su lugar más adecuado, de modo que la consideración formal y expresa de Cristo como Rey sea la culminación de todos los misterios de la vida del Señor, tal como lo decía ya la encíclica. Los misterios de la vida de Cristo reciben coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey. Pero hay además una razón circunstancial que determina la institución de esta fiesta y que forma parte esencial de dicha promulgación, como expresamente lo manifiesta Pío XI en las primeras palabras al comienzo mismo de la encíclica. Esta razón circunstancial es el buscar un remedio definitivo a las calamidades que afligen al mundo.
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