Con ocasión del Gran Jubileo del 2000 se difundió en la Iglesia la expresión «Mártires del siglo xx» para denominar a los millones de cristianos asesinados en aquella época dramática en toda Europa y en el mundo entero a manos de revolucionarios de diversos signos políticos. Entre nosotros esa expresión se divulgó bastante a partir de 2007, cuando fueron beatificados en Roma 498 mártires de España.
Pero algunos no están de acuerdo con que se llame «mártires del siglo xx» a los mártires de la persecución sufrida por la Iglesia durante la Segunda República y durante la Guerra Civil. Piensan que hay que hablar más bien de «Mártires de la Guerra Civil» o «Mártires de la Segunda República». Entienden que hay que tener el valor de ser claros y de llamar a las cosas por su nombre. Los mártires de España habrían sido víctimas de la República y de la Guerra y eso habría que hacerlo notar sin subterfugios. Detrás de la expresión «mártires del siglo xx» se escondería algún tipo de miedo o, en todo caso, de prudencia falsa.
La cronología misma hablaría en favor de las expresiones «Mártires de la República» o «Mártires de la Guerra». Arguyen que en España sólo hubo persecución y martirio en el tiempo de la República y de la Guerra, es decir, entre 1931 y 1939. Entonces ¿por qué hablar del siglo xx en general? Habría que precisar el tiempo; y habría que precisar también las causas y causantes de la persecución: el marxismo, el anarquismo y la masonería.
La verdad es que lo importante es el hecho de la persecución y del martirio. Habiendo como hay incluso quien niega todavía el hecho, no deberíamos enzarzarnos demasiado en los nombres. También en ámbitos eclesiásticos oficiales se han utilizado todas esas expresiones. No conviene sacar las cosas de quicio.
Sobre el término «mártires del siglo xx»
Sin embargo, parece que lo más acertado es hablar de «Mártires del siglo xx en España» por las siguientes razones:
- No fue «la República» en cuanto tal la causante de la persecución sangrienta de la Iglesia. Es verdad que tanto la Constitución de 1931 como, sobre todo, leyes importantes de 1932 y 1933 supusieron una violación muy grave del derecho fundamental de libertad religiosa. Pero cuando esa persecución legal llegó a convertirse en persecución sangrienta, a partir de 1934, la responsable no fue tanto la República como la revolución que el socialismo marxista y el anarquismo, con la colaboración de elementos masónicos, emprendieron contra la República misma. Incluso hay un ministro de la República que está en proceso de beatificación por martirio, el siervo de Dios Federico Salmón Amorín. Aquellos mártires eran «mártires de la revolución anarco-socialista» más que «Mártires de la República».
- Tampoco fue «la Guerra» en cuanto tal la causante de la persecución sangrienta de la Iglesia. El levantamiento militar no fue tanto contra la República como contra la revolución, en cuyo programa iban a un tiempo la conversión de la República en una república socialista y la supresión de la Iglesia como fuerza social. En Solidaridad Obrera se leía el 15 de agosto de 1936 la siguiente arenga: «Treinta siglos de obscurantismo religioso envenenaron las mentes del pueblo español… El cura, el fraile y el jesuita mandaban en España. Hay que extirpar a esa gente».
El levantamiento fue la ocasión de que se exacerbara la persecución sangrienta, no de su comienzo, que databa ya de 1934. La causante de la persecución siguió siendo la revolución anarco-socialista, no el levantamiento militar. El levantamiento se convirtió en una guerra prolongada, al tiempo que iban cediendo tanto la virulencia revolucionaria como la persecución sangrienta de la Iglesia. La gran mayoría de los al menos 10.000 martirios sucedieron en 1936, cuando la revolución todavía creía que iba a aplastar el levantamiento y cuando la guerra todavía no se había consolidado.
Pero ya terminada la Guerra, siguió habiendo asesinatos de sacerdotes, entonces a manos de revolucionarios maquis. Sólo en la diócesis de Astorga fueron diez los sacerdotes que sufrieron muerte violenta entre 1940 y 19451. Hubo asesinatos de eclesiásticos tanto antes de 1936 como después de 1939. Los mártires son «mártires de la revolución anarco-socialista», más que «Mártires de la Guerra».
- Hablar, pues, de «Mártires de la Guerra» no es acertado históricamente e induce a confusiones. Puede ser la confusión que tenía aquel obispo francés que en 2012 me decía que había sido Franco quien había matado a tantos católicos. Si realmente fueran «mártires de la Guerra» y se piensa que Franco hubiera sido el único responsable de ella, resulta lógico tenerlo también a él por el causante de la persecución violenta. Pero hablando de «mártires de la Guerra», se induce sobre todo a la confusión de pensar que los mártires eran de algún modo combatientes; y no lo eran ¿Vieron al menos con simpatía el levantamiento? De hecho, a muchos ni siquiera les dio tiempo a verlo. Porque la revolución ya había acabado con sus vidas dos años antes o porque los condujo a la muerte cuando todavía no se podía saber bien ni la finalidad ni el fin del levantamiento. En todo caso, no eran combatientes y no promovieron la guerra. La revolución los buscó sin tregua en sus casas, conventos y escondrijos para matarlos, ante todo porque eran católicos; y esto entraba en su programa desde antes de la guerra.
- El término «mártires del siglo xx» se ha generalizado en la Iglesia a partir del «Gran Jubileo del año 2000», cuando san Juan Pablo II quiso hacer un solemne homenaje ecuménico a todos los testigos de sangre de Jesucristo del siglo que concluía. Tuvo lugar en el emblemático Coliseo de Roma el 7 de mayo de 2000.
¿Quiénes son esos «mártires del siglo xx»?
Son unos tres millones de cristianos de todas las confesiones –armenios, ortodoxos, católicos, protestantes– que fueron asesinados en las persecuciones ocasionadas en aquella centuria por movimientos políticos totalitarios de base ideológica neopagana, una vez que se hicieron con el poder o, como en el caso de España, mientras luchaban por conquistarlo. Su filiación política era diversa: marxista, anarquista, nacionalsocialista y también liberal anticristiana, pero todos ellos eran devotos del gran ídolo moderno llamado Progreso.
Los mártires de la revolución española del siglo pasado forman parte de esa gran nube de testigos de Jesucristo. Son testigos de la libertad de la fe, de la esperanza que no defrauda y de la caridad que perdona incluso a los enemigos violentos. Son los «mártires del siglo xx en España»: un concepto preciso que ayuda a entender bien el contexto y el sentido específico de su martirio. No los aísla del resto del mundo, como si la Iglesia sólo hubiera sufrido persecución en España, en virtud de nuestras particulares rencillas. Son los mártires con quienes el Dios del perdón y la misericordia adelanta su victoria sobre el ídolo moderno aquí, en España; pero, con todos los «mártires del siglo xx» y los ya muchos del siglo xxi (un concepto diverso), también en toda Europa y todo el mundo.
La santidad más propia del siglo xx es el martirio, como lo fue también en los primeros siglos cristianos. Porque la Iglesia se encuentra de nuevo frente a un mundo pagano, devoto de ídolos sedientos de sangre. Pero el ídolo moderno, Progreso, dispone de medios mucho más destructivos que los dioses de Roma. En el siglo xx ha habido más mártires cristianos que nunca antes, porque ha sido el siglo con más víctimas de la historia. En 1945, en una noche de bombardeos, murieron en la ciudad alemana de Dresde cerca de cien mil personas. Las dos guerras mundiales, las más mortíferas de la historia, causaron decenas de millones de muertos. El marxismo y el nacionalsocialismo buscaron exterminar a grupos sociales y también al pueblo cristiano. Siempre, en nombre de un supuesto paraíso en la tierra, una edad dorada en la que ya no sería necesaria la salvación de Dios, porque el hombre moderno, empoderado por la ciencia y por la técnica, iba a ser capaz de dar respuesta a todas las necesidades y anhelos de la humanidad por su propia cuenta, ya aquí, bien pronto, en este mundo. «El Cielo, para los ángeles y los gorriones» –escribía con absurdo sarcasmo un poeta alemán–. De modo parecido, el falso profeta de la trágica utopía del superhombre proclamaba: «Nos hemos hecho varones adultos y lo que queremos es el reino de la tierra».
El martirio ha sido siempre el signo más poderoso del Reino de Dios, también en el siglo xx, en el tiempo del «reino de la tierra». Porque, como resume magníficamente san Pablo, «lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1, 25), pues «la fuerza se realiza en la debilidad» (2 Cor 12, 8). En la debilidad terrena de los mártires resplandece la fuerza divina de la gracia. Millones de bautizados humildes y corrientes obtuvieron y obtienen la fortaleza necesaria para no dejarse doblegar por los poderes de los ídolos, ni siquiera del ídolo Progreso.
Hace justo cien años, en 1925, Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey. Naturalmente Jesucristo es el Señor desde toda la eternidad. Pero ante el paganismo de nuevo cuño que se iba adueñando de la humanidad, era necesario poner de nuevo de relieve que el único poder que merece verdaderamente este nombre es el de Dios. Y no el de cualquier dios o de cualquier ídolo, sino el poder del Dios vivo y verdadero que ha revelado su victoria sobre el pecado y sobre la muerte en la Cruz de Cristo. Es una victoria que no se basa en ninguna fuerza mundana. Porque el Reino de Dios «no es de este mundo» (Jn 18, 36). Es la victoria del Amor creador y redentor, que ciertamente tiene lugar en este mundo, en el Calvario y en Moscú, México, España, Barbastro y Dachau.
No es casual que tantos mártires del siglo xx confesaran su fe y su esperanza en Cristo Rey en el momento supremo de la entrega de la vida. Ellos se sabían verdaderos «ciudadanos del Cielo» (Filp 3, 12). Por eso, fueron capaces de anteponer el amor a Dios a su propia vida en este mundo. Por eso, son profetas de la esperanza que no defrauda. Es una esperanza divina y celeste, pero es la única capaz de adelantar la victoria de Cristo en este mundo, que sufre bajo el poder del «padre de la mentira» (Jn 8, 44 y 1 Jn 5, 19). Es la esperanza capaz de impulsar a los hombres a vivir como hermanos y a construir una sociedad más justa y pacífica.











