Distingue Enrique Anrubia en El Debate de las Ideas entre sostenibilidad e incondicionalidad:
«Todas las generaciones tienen entre sus expresiones algunas palabras mágicas que convierten el mundo en algo parecido a lo que ellos quieren que sea. Si nos ponemos cultos, “logos” era para los griegos una de esas palabras, o “sacramental” para los medievales, o como lo fue “infinito” para los románticos del xix. A mí me parece que, para nosotros, nobles ciudadanos del avanzado siglo xxi, una de esas palabras, aunque no la única, es “sostenible”.
La prueba cultural del algodón para saber que es así –que es mágica– es el efecto casi inmediato que produce adjetivar casi cualquier situación o elemento con su versión sostenible. Así, una empresa es más empresa si es una «empresa sostenible», un coche es a nuestros ojos mejor coche si es sostenible, incluso, un bocadillo de chorizo es mejor bocadillo si el chorizo se ha producido en términos de sostenibilidad.
El asunto no pasaría a mayores si no fuera porque nuestra palabra mágica también ha ocupado el territorio de las relaciones humanas y especialmente el de las afectivas. […] Decir que un matrimonio, o una relación de amistad o de noviazgo, es sostenible es afirmar que esa relación sólo es posible si se cumplen determinados criterios que han de prevalecer bajo cualquier circunstancia.
Dicho así, es bastante evidente que la sostenibilidad, y el modelo ecológico, es la versión contemporánea de lo que antiguamente se llamaba «incondicionalidad». Parece que la sostenibilidad ha usurpado ese puesto y lo ha hecho suyo, pero con algunas «diminutas» derivaciones de carácter «absoluto». Un matrimonio puede ser «sostenible» si, y solo si, se mantienen las condiciones. El paradigma de la sostenibilidad es afirmar que si algunas de las circunstancias varían en el futuro el conjuro de la sostenibilidad se rompe.
Me parece que es justo en ese lugar donde la incondicionalidad y la sostenibilidad se desenmascaran y se confrontan. La forma corta de explicarlo es que en la fórmula católica del matrimonio no se promete una sostenibilidad sino, al revés, que, pasando muchas cosas absoluta y radicalmente opuestas (en la salud y en la enfermedad, la riqueza y la pobreza), uno es el que no va a cambiar al menos en una cosa: su promesa a otro. No se prometen unas condiciones (positivas) que hacen la relación sostenible, sino que uno se promete (compromete) a sí mismo bajo cualquier condición.
Prometer incondicionalmente es, en primer lugar, la conciencia de que uno no domina las condiciones ni puede hacerlo, en segundo lugar, la conciencia de que las condiciones cambiarán, y, en tercer lugar, que solo puede hacer lo que bajo su palabra está: a sí mismo y, mejor aún, a sí mismo en cualquier circunstancia (también estando uno enfermo o pobre).
Prometer ser sostenible, o mejor, hacer de la sostenibilidad el núcleo de la promesa impresa en nuestras relaciones afectivas es, me parece, convertir este mundo en un mundo de relaciones insostenibles por ansia de sostenibilidad».










