Trump ataca al papa León XIV
Lejos quedan aquellos tiempos en los que reinaba la armonía entre un presidente de los Estados Unidos como Ronald Reagan y un sumo pontífice como Juan Pablo II. Sin llegar a los extremos de un Gregorio VII y un Enrique IV que la llevaron hasta la célebre humillación de Canossa en 1077, la relación entre el presidente estadounidense y el primer papa de aquel país se ha tensado mucho a raíz de los insultos lanzados por un Trump que, contra todas sus promesas, ha vuelto a involucrar a su país en una guerra en el siempre complejo Oriente Medio.
La posición del Papa ante la guerra, que reitera lo que ya otros papas han enseñado, resulta molesta para Donald Trump. Pero la descalificación abierta se produjo después de la enésima amenaza de Trump a Irán, esta vez anunciando que, de no cumplirse sus exigencias, «una civilización entera morirá esta noche». Más allá de que, como está ocurriendo cada vez más con las bravatas de Trump, esa noche no ocurrió nada, la reacción a estas palabras por parte de León XIV fue categórica, calificándolas de «inaceptables». Trump, entonces, lanzó un mensaje en redes sociales en que afirmaba que «No quiero un papa débil con el crimen y pésimo en política exterior». León XIV, por su parte, cuando fue preguntado por este enfrentamiento verbal, declaró: «No tengo miedo y no quiero abrir un debate». Transcurridas varias semanas, Trump ha vuelto a la carga, acusando a León XIV en estos términos: «No le importa en absoluto que Irán tenga un arma nuclear. Creo que está poniendo en peligro a muchos católicos y a mucha gente». El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado vaticano, preguntado acerca de estas declaraciones, insistió en que «El Papa ya ha respondido, yo no añadiría nada… El Papa continúa su camino, en el sentido de predicar el Evangelio, la paz, como diría san Pablo, en cada ocasión, oportuna e inoportuna».
Hay quienes, enseguida, han visto en este episodio un renacer de la lucha entre el Papado y el Imperio, e incluso han recuperado las categorías de güelfos y gibelinos. Probablemente sea un paralelismo inexacto, entre otras cosas porque Trump lidera una nación muy poderosa, sí, pero que además de ser mayoritariamente protestante (si bien ya el 25% de la población es católica) no reconoce ninguna autoridad espiritual como sí lo hacía el Imperio. Lo que sí se ha escenificado es la tensión, siempre presente, entre el poder político y temporal y el poder religioso y espiritual.
Trump encarna a un poder político democrático que no reconoce más límite que su propia voluntad ni legitimación fuera de su propia existencia. El poder mundial, que en el profeta Daniel vemos cómo persiste a lo largo de la historia, ya no se presenta con los atributos sacros de antaño, sino con un nuevo carácter que pretende ser también merecedor de culto, si bien ahora haciendo gala de rasgos inmanentes, como la técnica, el poder del mercado o la gobernanza global. Trump, en este sentido, encarnaría un poder democrático, plebiscitario, mediático, con pretensiones imperiales y vocación absoluta.
Por su parte, el Papa ya no es el vértice de ninguna res publica christiana, ni tan siquiera tiene ya un reino desde el que hacerse valer, y sin embargo su voz sigue resonando en el mundo como la voz de quien tiene una misteriosa autoridad moral, que no proviene de este mundo. León XIV, por muy deshojado que el papado haya llegado al siglo xxi, sigue encarnando la única autoridad espiritual universal, su sola existencia da testimonio de la existencia de una autoridad que no deriva ni de la fuerza ni del consenso.
En este choque se juega, pues, quién puede juzgar aquello que tiene lugar en el mundo. El poder temporal aspira a regir el mundo sin que ninguna autoridad pueda juzgarlo; la Santa Sede romana se presenta como depositaria de una autoridad superior que la legitima para juzgar incluso al poder terrenal más poderoso que pueda existir. La reacción de Trump es el gesto airado del poder crudo cuando se ve deslegitimado y descubre que la autoridad espiritual pone en evidencia que no es, tal y como pretendía, absoluto. De hecho, la reacción de Trump confirma que el Papa no es un líder religioso más entre otros muchos, sino que es el único que osa juzgarle con autoridad y, así, erigirse en su rival simbólico.
Las diferencias son obvias y no hay que caer en errados anacronismos, pero con todos los matices pertinentes, en el enfrentamiento entre Trump y León XIV resuenan ecos de aquella querella de las investiduras, en la que, ayer como hoy, estaba en juego quién tenía el poder de juzgar en última instancia, en quién residía la legitimidad última. Ciertamente no vivimos ya en tiempos de Cristiandad… pero aún hay categorías elaboradas entonces que, a tenor de lo sucedido estos días y todo lo debilitadas que se quiera, siguen vigentes en pleno siglo xxi.
Fin de la era Orban en Hungría
La derrota de Viktor Orban en las elecciones de 2026 marca un punto de inflexión en la política europea. Tras más de una década y media en el poder, el primer ministro húngaro, convertido en uno de los principales referentes del conservatismo en Europa, ha sido desplazado por una alternativa que, más que romper con su legado, aspira a reconfigurarlo. El ascenso de Peter Magyar no supone un giro ideológico radical. Sin embargo, virará el rumbo en cuestiones claves como la confrontación con Bruselas y la batalla cultural.
Desde su regreso al poder en el 2010, Orban construyó un modelo político singular dentro de la Unión Europea. Bajo la idea de una democracia «iliberal», impulsó un proyecto basado en la defensa de la soberanía nacional, el fortalecimiento del Estado y una agenda cultural conservadora. Uno de sus pilares fue la promoción de la familia tradicional, con políticas activas de natalidad, beneficios fiscales y apoyo explícito a este modelo como núcleo social. A la vez, su gobierno adoptó una postura claramente restrictiva en materia LGTBI, aprobando leyes que limitaban la difusión de contenidos relacionados con diversidad sexual, especialmente en el ámbito educativo. Estas medidas lo situaron en una situación de confrontación constante con la Unión Europea.
Fuera de sus fronteras, Orban se erigió como una voz de referencia para el conservatismo europeo. Su rechazo a las cuotas migratorias, su defensa del control de fronteras y su crítica abierta a las instituciones europeas lo convirtieron en un actor clave dentro del bloque de países más escépticos con Bruselas, así como un aliado para los partidos e instituciones europeas conservadoras, a las que ha apoyado para expandir su influencia. Durante años, ha sido el líder que ha plantado cara a la agenda liberal dominante en Europa, articulando un discurso que combinaba identidad nacional, seguridad y valores tradicionales. Este posicionamiento, junto con un control progresivo de instituciones y medios de comunicación, le permitió consolidar un poder político sumamente estable.
Sin embargo, con el paso del tiempo, este modelo ha empezado a mostrar signos evidentes de desgaste. Tras 16 años en el poder, una parte significativa de la sociedad húngara comenzó a demandar alternancia política. A ello se sumaron crecientes críticas por corrupción y clientelismo, alimentadas por la percepción de que el sistema favorecía a elites políticas cercanas al gobierno. En el plano económico, factores como la inflación, el aumento del coste de la vida y la pérdida de acceso a fondos europeos debido a los conflictos con Bruselas contribuyeron a erosionar el apoyo al gobierno. Por otro lado, el cambio generacional también ha jugado su papel: los votantes más jóvenes, menos alineados con la narrativa nacional-conservadora de Orban, se han movilizado en mayor medida que en elecciones anteriores.
En este contexto emergió la figura de Peter Magyar, un candidato difícil de encasillar en términos tradicionales. Exmiembro del propio entorno de poder de Orban, su candidatura se ha articulado desde un discurso de regeneración institucional y lucha contra la corrupción. Así, a priori, no es una figura y un programa que presente una oposición ideológica frontal. En líneas generales, su éxito ha sido una combinación de habilidad para articular una coalición transversal, capaz de atraer a conservadores desencantados y a moderados que aspiran a una relación fluida con la UE.
Podría decirse que el perfil de Magyar responde más al de un conservador moderado y proeuropeo que al de un líder progresista. Más que un cambio de eje ideológico, lo que representa es más una normalización del sistema político húngaro dentro del marco europeo. Su partido ha logrado una mayoría parlamentaria suficiente como para acometer reformas profundas, incluyendo posibles cambios en la Constitución.
En conclusión, la caída de Orban implica más un agotamiento de una forma de ejercer el poder que el fin del conservadurismo. Durante años, Orban dominó el debate político europeo, convirtiéndose en un símbolo de resistencia frente a la integración supranacional y las agendas liberales. Sin embargo, el desgaste interno, las tensiones económicas, principalmente provocadas por el boicot de Bruselas y la movilización social han supuesto la cesión del testigo a Magyar, quien se propone hacer realidad esa demanda de cambio, manteniendo el delicado equilibrio entre continuidad y reforma. Ahora, lo que está por ver es en qué grado se pliega a las exigencias de Bruselas o si, por el contrario, es capaz de tener agenda propia en los temas fundamentales.









