El pasado 27 de abril el papa León XIV recibió en audiencia a al cardenal Marcello Semeraro, prefecto del dicasterio para las Causas de los Santos, y autorizó al dicasterio la promulgación del decreto relativo al martirio de Estanislao Ortega García y sus 48 compañeros, religiosos profesos de los hermanos gabrielistas o montfortianos, que entonces contaban en España con 80 Hermanos y siete colegios, así como de Manuel Berenguer Clusella, sacerdote diocesano y capellán de los hermanos, asesinados entre julio y noviembre de 1936, por odio a la fe, en diversos lugares de Cataluña.
En el clima de persecución que sufrió la Iglesia en España durante la década de 1930, estos frailes y sacerdote, que trabajaban en las diócesis de Barcelona y Tarragona, fueron capturados y asesinados brutalmente por odio a la fe, simplemente por haberse mantenido fieles a su vocación religiosa y sacerdotal, que nunca ocultaron, siendo conocidos y apreciados por su apostolado, principalmente orientado a la formación cristiana de la juventud, de acuerdo con el carisma de su instituto.
Los mártires pertenecían a cuatro comunidades religiosas, fundadas a principios del siglo xx por hermanos huidos de Francia en 1903 a causa de las leyes masónicas de Combes. La primera, correspondiente a la casa general en España, situada en el municipio de Sant Vicenç de Montalt (Barcelona) estaba compuesta por 28 hermanos, 16 seminaristas, 24 novicios y postulantes, 40 jóvenes y el capellán, a la que se unieron 16 hHermanos de otras comunidades. El 7 de noviembre de 1936, mientras los hermanos rezaban, los mayores de 18 años fueron subidos a autobuses y llevados a la checa de San Elías en Barcelona. Cinco hermanos franceses fueron liberados tras la intervención de su cónsul, mientras que el resto (39), junto a su capellán, fueron atados, transportados al cementerio de Montcada i Reixac (Barcelona) y asesinados allí el 12 de noviembre de 1936.
La segunda comunidad residía en el colegio del Sagrado Corazón de Sant Adrià de Besòs (Barcelona), que fue incendiado, y los Siervos de Dios se vieron obligados a refugiarse con familias amigas. Según algunos testigos, más tarde dos de los hermanos fueron reconocidos, arrestados y ejecutados el 30 de julio de 1936 en el mismo Sant Adrià. Un tercer hermano, junto a otro procedente de la comunidad de Viladecans, lograron escapar, pero fueron capturados más tarde y asesinados el 24 de septiembre de 1936 en Sitges.
La tercera comunidad, formada por tres hermanos, estaba en el colegio San Gabriel de Castelló de Empúries (Gerona). Como en el caso anterior y tras el estallido de la guerra, los Siervos de Dios se vieron obligados a refugiarse con amigos, pero no tardaron en ser encarcelados, condenados a muerte y ejecutados por fusilamiento la mañana del 19 de agosto de 1936 en Figueres.
Dos hermanos más vivían en la comunidad escolar de San Gabriel en Valls (Tarragona). Tras abandonar la comunidad, se refugiaron en casas de amigos, donde fueron arrestados el 12 de septiembre de 1936 y asesinados el 15 de septiembre en las costas de Garraf-Sitges (Barcelona).
Por último, el 25 de julio de 1936 también fue asesinado en Gavà un hermano de nacionalidad francesa, que, tras refugiarse en casa de unos conocidos, fue descubierto, interrogado y condenado por llevar un rosario consigo.
Primer aniversario del ministerio petrino de León XIV con el Rosario
Coincidiendo con el primer aniversario de su elección como Romano Pontífice y con el objetivo su ministerio bajo la protección de la Santísima Virgen, el papa León XIV comenzó el pasado 8 de mayo en Pompeya una serie de visitas pastorales que se prolongarán hasta el mes de agosto y en las que recorrerá siete ciudades italianas: Pompeya, Nápoles, Acerra, Pavía, Lampedusa, Asís y Rímini.
En Pompeya y tras venerar los restos de san Bartolo Longo, promotor y constructor del santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya y a quien el Papa canonizó el pasado mes de octubre, el Santo Padre presidió la celebración eucarística ante más de veinte mil fieles reunidos en la explanada situada frente al santuario, a quienes dirigió las siguientes palabras:
«El saludo que el ángel Gabriel dirige a la Virgen es una invitación a la alegría. Sí, el avemaría es una invitación a la alegría: le dice a María, y por medio de ella a todos nosotros, que sobre las ruinas de nuestra humanidad, probada por el pecado y, por lo tanto, siempre propensa a la opresión, el abuso y la guerra, ha llegado la caricia de Dios, la caricia de la misericordia, que toma rostro humano en Jesús.
»(…) Precedida por la proclamación de la Palabra de Dios, entre el padrenuestro y el gloria, el avemaría, repetido en el santo Rosario, es un acto de amor. ¿Acaso no es propio del amor repetir, sin cansarse: “Te amo”? Un acto de amor que, a través de las cuentas del rosario nos conduce de nuevo a Jesús y nos lleva a la Eucaristía. (…) El Rosario tiene un carácter mariano, pero un corazón cristológico y eucarístico. Si la Liturgia de las Horas marca el ritmo de la alabanza de la Iglesia, el Rosario marca el ritmo de nuestra vida, remitiéndonos continuamente a Jesús y a la Eucaristía.
Generaciones de creyentes han sido moldeadas y sostenidas por esta oración, sencilla y popular, pero a la vez capaz de alcanzar alturas místicas y de ser un tesoro de la teología cristiana más esencial. ¿Qué podría ser más esencial que los misterios de Cristo, que su santo nombre, pronunciado con la ternura de la Virgen María? Es en este nombre, y en ningún otro, que podemos ser salvados. Al repetirla en cada avemaría, de alguna manera experimentamos la casa de Nazaret, casi escuchando una vez más las voces de María y José durante los largos años en que Jesús vivió con ellos. También experimentamos el Cenáculo, donde los Apóstoles, junto con María, esperaban la efusión del Espíritu Santo. (…) El Rosario ha sido considerado, con razón, un compendio del Evangelio.
»(…) Si el Rosario se reza y, me atrevo a decir, se celebra de esta manera, también se convierte, como consecuencia natural, en fuente de caridad. Caridad hacia Dios, caridad hacia el prójimo: dos caras de la misma moneda. (…) Por esta razón, san Bartolo Longo fue apóstol del Rosario y, al mismo tiempo, apóstol de la caridad. En esta ciudad mariana, acogió a huérfanos y a hijos de presos, mostrando la fuerza regeneradora del amor. Aquí, incluso los más pequeños y los más débiles son acogidos y cuidados en las obras del santuario. El Rosario dirige nuestra mirada hacia las necesidades del mundo, como lo enfatizó la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, proponiendo en particular dos intenciones que siguen siendo de urgente relevancia: la familia, que sufre el debilitamiento del vínculo matrimonial, y la paz, amenazada por las tensiones internacionales y por una economía que prioriza el comercio de armas sobre el respeto a la vida humana.
»Cuando San Juan Pablo II proclamó el Año del Rosario –el próximo año se cumplirá un cuarto de siglo desde entonces– quiso situarlo de manera especial bajo la mirada de Nuestra Señora de Pompeya. Los tiempos no han mejorado desde entonces. Las guerras que aún se libran en tantas regiones del mundo exigen un compromiso renovado, no solo económico y político, sino también espiritual y religioso. La paz nace del corazón. (…). No podemos resignarnos a las imágenes de muerte que las noticias nos presentan a diario. Desde este Santuario, cuya fachada concibió san Bartolo Longo como monumento a la paz, elevamos hoy fielmente nuestra súplica. Jesús nos dijo que la oración ofrecida con fe puede alcanzarlo todo. Y san Bartolo Longo, reflexionando sobre la fe de María, la describe como «todopoderosa por la gracia». Por su intercesión, que el Dios de la paz derrame una abundante misericordia que toque los corazones, alivie los rencores y el odio fratricida, e ilumine a quienes tienen la responsabilidad especial de gobernar.
»Hermanos y hermanas, ningún poder terrenal salvará al mundo, sino solo el poder divino del amor, ese poder divino del amor que Jesús, el Señor, nos ha revelado y dado. ¡Creemos en Él, pongamos nuestra esperanza en Él, sigámoslo!»
Los cristianos libaneses resisten
Como recoge ACI Prensa, los cristianos del sur del Líbano, atrapados en medio de la guerra entre Hezbollah e Israel, están pagando un alto precio. Iglesias y monasterios han sido destruidos, símbolos cristianos profanados y numerosas familias han perdido a seres queridos, incluido un párroco.
Sin embargo, pese a la violencia y la destrucción, muchos se niegan a abandonar sus hogares y pueblos. Gran parte de esta resistencia ha sido sostenida gracias al apoyo de organizaciones e iniciativas católicas que continúan ayudando a familias, parroquias y comunidades a sobrellevar la crisis: L’Œuvre d’Orient (que en 2026 ya ha enviado siete convoyes de ayuda humanitaria y realizado varias visitas a pueblos del sur del país para mantener un vínculo humano que les dé esperanza a través del afecto, la admiración y el apoyo), Cáritas (que a través de las parroquias locales ha distribuido paquetes de alimentos, kits de higiene y refugio, colchones y mantas, además de operar clínicas móviles que llevan consultas médicas, medicamentos esenciales y apoyo psicológico directamente a pueblos aislados de los hospitales), Lebanon in Need (que distribuye donativos directamente a Caritas Lebanon, la Cruz Roja Libanesa y parroquias locales obtenidos a través campaña internacional de recaudación organizada por Fundación Misionera Maronita en Polonia en asociación con 4fund.com) y el propio Nuncio Apostólico en Líbano, monseñor Paolo Borgia, que además de mostrar repetidamente el apoyo del Vaticano a los cristianos del Líbano y más allá de la diplomacia, ha participado directamente en las labores de ayuda, colaborando en la distribución de asistencia junto a voluntarios, cargando cajas desde los camiones, conversando con los residentes y escuchando sus preocupaciones.
Como ha afirmado Vincent Gelot, director de L’Œuvre d’Orient en el Líbano, «lo que está en juego es la propia existencia del Líbano», donde los cristianos continúan desempeñando un papel político cultural e histórico único, que es vital preservar.








