La Iglesia, madre y maestra, no ha dejado nunca de señalar a sus hijos los medios concretos con los que sostener la vida cristiana en medio del mundo. Oración, ayuno y abstinencia no son prácticas accesorias ni reliquias de otros tiempos, sino auténticas armas espirituales dadas al cristiano para combatir el desorden interior, resistir la tentación y crecer en la caridad.
Sin embargo, nuestra época se caracteriza precisamente por el abandono de estas armas. La oración, cuando se descuida, deja al alma sin orientación ni fuerza. El ayuno, cuando se olvida, entrega el gobierno del hombre al instinto. Y la abstinencia, cuando se desprecia, disuelve la libertad interior bajo la apariencia de autonomía. No es casual que allí donde estas prácticas se abandonan, la vida espiritual se empobrezca y la fe se vuelva frágil.
Ya a mediados del siglo xx, la Iglesia advertía con lucidez este peligro. En un contexto histórico muy distinto del nuestro, pero sorprendentemente cercano en sus males, se denunciaba el crecimiento del materialismo, del afán desordenado de placeres y de una vida cómoda que anestesia la conciencia cristiana. Frente a ello, se proponía no tanto un retorno legalista al pasado cuanto una recuperación viva y voluntaria del espíritu de penitencia, particularmente mediante el ayuno.
Sobre el ayuno
Los fieles de nuestro tiempo degenerarían de la virtud de sus mayores, si no compensaran la relajación del primitivo y venerable precepto con las obras, acomodadas a nuestros días, de una voluntaria penitencia».
Elogio del ayuno
El ayuno es ganancia de las almas, madre de la salud, pedagogo de la juventud, ornato de la vejez, buen compañero de los caminantes, camarada seguro de la familia. Sea el ayuno para tus criados reposo de los continuos trabajos que a lo largo de todo el año te prestan. Dale un respiro y pausa a tu cocinero; permite descansar a quien cuida de tu mesa; detén la mano del pozalero; haya en algún tiempo alivio para el que prepara las varias exquisiteces y golosinas. Líbrese finalmente la casa misma de los ruidos infinitos, del humo, del olor a cocina, de aquellos que corretean arriba y abajo y sirven al vientre como a su imperiosa dueña.
También desde ahora los perceptores de tributos conceden un poco de libertad para sus deudores. Otórguele de igual forma el vientre alguna a la boca…
El ayuno acepto a Dios
Díceles, pues, otra vez acerca de estas cosas: «¿Para qué me ayunáis, de modo que hoy sólo se oyen los gritos de vuestra voz? No es este el ayuno que yo me escogí —dice el Señor—, ni aun cuando dobléis como un aro vuestro cuello y vistáis de saco y os acostéis sobre ceniza, ni aun así lo llaméis ayuno aceptable.»
A nosotros, empero, nos dice: «He aquí el ayuno que me elegí —dice el Señor—: desata toda atadura de iniquidad, rompe las cuerdas de los contratos violentos, despacha a los oprimidos en libertad y rasga toda escritura inicua. Rompe tu pan con los hambrientos y, si vieres a un desnudo, vístelo; recoge en tu casa a los sin techo; si vieres a un humilde, no le desprecies, ni te apartes de los de tu propia sangre. Entonces tu luz romperá matinal, y tus vestidos resplandecerán rápidamente, y la justicia caminará delante de ti, y la gloria de Dios te cubrirá. Entonces gritarás y Dios te escuchará; cuando aún estés hablando, dirá: Heme aquí presente, a condición de que quites de ti la atadura y la mano levantada y la palabra de murmuración y des de corazón tu pan al hambriento y hayas lástima del alma humillada.»
En conclusión, hermanos, mirando anticipadamente el Señor longánime que el pueblo que preparó en su Amado había de creer con sencillez, anticipadamente nos lo manifestó todo, a fin de que no vayamos como prosélitos a estrellarnos en la ley de aquéllos.
(Carta de Bernabé, XIII; Padres Apostólicos, BAC).
El que ayuna y el intemperante
El color del que ayuna es venerable, no teñida con descarada rubicundez, sino realzada con una discreta blancura; los ojos plácidos, el andar compuesto, el rostro con el reflejo del pensar y no desfigurado con la risa intempestiva, el habla agradable, el corazón puro.
Compara el rostro que hoy ves al anochecer y mañana se te volverá a mostrar. Hoy está hinchado, inyectado en sangre, traspirando con tenue sudor, con los ojos empañados y húmedos, privados por la niebla interna de la necesaria facultad de percibir bien; mañana ese mismo rostro lo hallarás compuesto, grave, recobrado su color natural, comportándose con pleno dominio de sí mismo, con los sentidos cabales.
El ayuno hace a los hombres semejantes a los ángeles, compañero de los santos, equilibrio de la vida.
(San Basilio, Homilías I y II sobre el ayuno).
A todos beneficia el ayuno
¿Eres rico? No injuries al ayuno, excluyéndolo con desdén de tu compañía en la mesa, ni le arrojes de tu casa sin honor, vencido y dominado por el ansia de placer; no te ocurra que un día te acuse ante el legislador de los ayunos y pase que seas condenado a mucha mayor inedia como castigo, o por una mala vejez de tu cuerpo o por cualquiera otro triste azar. Por el contrario, el que es pobre no tome a broma el ayuno, puesto que ya le tiene como familiar y compañero de la mesa. Cuán natural les es a las mujeres respirar, así les es conveniente el ayuno. Sean los niños regados con el agua del ayuno, cual tiernas plantas. La familiaridad contraída ya de antiguo con el ayuno hace ligero para los viejos el trabajo, supuesto que los esfuerzos, que se han experimentado con una larga práctica, suponen menos molestia para los ejercitados. El ayuno es agradable compañero de camino. Así como el lujo les obliga a sobrellevar una carga, sin duda rellenándose con las cosas que engulleron, de la misma manera el ayuno les aligera y desembaraza.
Bienes sociales del ayuno
El ayuno es un guardián de la niñez, hace sobrio al joven y al anciano venerable; la vejez es muy venerable cuando se adorna con el ayuno. El ayuno es ornato convenientísimo de la mujer; sirve de freno para la edad y robustez sobreabundantes; el ayuno es custodia del matrimonio, aliento de la virginidad. Y estas ventajas ciertamente aporta exclusivamente el ayuno a las mansiones que frecuenta. Mas ¿de qué modo rige también nuestra vida pública? Dispone inmediatamente al pueblo para la paz, apaga los griteríos, elimina los litigios, impone silencio a los tumultos. ¿Qué magistrado logró apaciguar tan súbitamente con su presencia la algarabía de los ciudadanos como el ayuno? En cuanto aparece hace cesar el tumulto de los ciudadanos.(San Basilio, Homilía II sobre el ayuno).











