«Cuán pocos son los que aman la Cruz de Cristo». Con este título tan sugerente e interpelador titula Tomás de Kempis uno de los capítulos de su famosa obra La imitación de Cristo. Y justamente en torno a meditaciones de santos sobre la Cruz versa el número de Cristiandad publicado hace 75 años (marzo de 1951).
Cuánto bien hace la lectura de los textos de espiritualidad de los santos, que nos recuerdan que a la gloria de Cristo le anteceden su Pasión y su muerte. Cuánto bien hace la lectura de los textos que nos recuerdan que el mundo que nos rodea no es sino un valle de lágrimas, tras el cual viene el consuelo y la felicidad eterna. Cuánto bien hace recordar que la muerte no tiene la última palabra, sino que es la antesala del Cielo prometido.
Cuánto bien nos hace recordar que, con el sufrimiento redentor de Cristo en la cruz, las puertas del Cielo, cerradas tras el pecado original de nuestros primeros padres, fueron de nuevo abiertas de par en par. Cuánto bien nos hace saber que, por misericordia de Dios, podemos unir nuestros sufrimientos a los de Cristo en la cruz y meditar aquella afirmación tan provocativa de san Pablo: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, por su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).
Cuánto bien nos hace portar la cruz en nuestros pechos y abrazarnos a ella cuando la tentación llama a la puerta. Cuánto bien nos hace que nuestras habitaciones y las de nuestros hijos estén presididas por la Cruz. Cuánto bien nos hace meditar sobre el misterio de la Cruz.
Cuánto bien nos hace recordar que la cruz es el trono desde el cual el Corazón de Jesús reina, mostrándonos su Corazón herido por nuestros pecados, pero deseoso de ser amado y consolado.
Dos mil años más tarde, la cruz de Cristo sigue siendo «escándalo para los judíos y necedad para los gentiles», pero para los que creemos en Él es fuente de consuelo y esperanza de una futura resurrección y bienaventuranza.
«Cuán pocos son los que aman la cruz de Cristo». Tomás de Kempis, Imitación de Cristo
Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su Reino celestial, mas muy pocos que lleven su cruz. Tiene muchos que desean la consolación y muy pocos que quieren la tribulación. Muchos compañeros halla para la mesa y muy pocos para la abstinencia. Todos quieren gozar con Él, mas pocos quieren sufrir algo por Él. Muchos siguen a Jesús hasta el partir el pan (Lc 24, 35), mas pocos hasta beber el cáliz de la pasión (Mt 20, 22). Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz. Muchos aman a Jesús cuando no hay adversidades. Muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de Él algunas consolaciones, mas si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían o desesperarían mucho.
Mas los que aman a Jesús por el mismo Jesús y no por alguna propia consolación suya, bendícenle en toda tribulación y angustia del corazón, también como en consolación. Y aunque nunca más le quisiese dar consolación, siempre le alabarían y le querrían dar gracias. ¡Oh, cuánto puede el amor puro de Jesús sin mezcla del propio provecho o amor! ¿No se puede llamar propiamente mercenarios a los que siempre buscan consolaciones? ¿No se aman a sí mismos más que a Cristo los que de continuo piensan en sus provechos y ganancias? ¿Dónde se hallará alguno tal que quiera servir a Dios de balde? Pocas veces se halla ninguno tan espiritual que esté desnudo de todas las cosas. Pues, ¿quién hallará el verdadero pobre de espíritu y desnudo de toda criatura? Es tesoro inestimable y de lejanas tierras (Prov 31, 10).
Si el hombre diera su hacienda toda, aun no es nada. Si hiciere gran penitencia, aun es poco. Aunque tenga toda la ciencia, aun está muy lejos; y si tuviere gran virtud y muy ferviente devoción, aun le falta mucho: le falta la cosa que le es necesaria. Y ésta, ¿cuál es? Que, dejadas todas las cosas, se deje a sí mismo y salga de sí todo, y que no le quede nada de amor propio. Y cuando hubiere hecho todo lo que conociere que debe hacer, aún piense no haber hecho nada. No tenga en mucho que le puedan estimar por grande, mas llámese en la verdad siervo sin provecho, como dice Jesucristo. Cuando hubiereis hecho todo lo que os está mandado, aun decid: «Siervos somos sin provecho» (Lc 17, 10). Y así podrás ser pobre y desnudo de espíritu, y decir con el Profeta: Porque uno solo y pobre soy (Sal 24, 16). Ninguno todavía hay más rico, ninguno más poderoso, ninguno más libre que aquel que sabe dejarse a sí y a toda cosa, y ponerse en el más bajo lugar. Imitación de Cristo, Libro II, cap. XI.
En la cruz está la salud; en la cruz está la vida; en la cruz está la defensa de los enemigos; en la cruz está la infusión de la suavidad soberana; en la cruz está la fortaleza del corazón; en la cruz está el gozo del espíritu; en la cruz está la suma virtud; en la cruz está la perfección de la santidad. No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna sino en la cruz. Toma, pues, tu cruz, y sigue a Jesús, e irás a la vida eterna. Él vino primero y llevó su cruz, y murió en la cruz por ti porque tú también la lleves y desees morir en ella. Porque si murieres juntamente con Él, vivirás con Él. Y si fueres compañero en la pena, lo serás también en la gloria. Mira que todo consiste en la cruz, y todo está en morir en ella. Y no hay otra vía para la vida y para la verdadera entrañable paz sino la vía de la santa cruz y continua mortificación.
Ve donde quisieres, busca lo que quisieres, y no hallarás más alto camino en lo alto, ni más seguro en lo bajo, sino la vía de la santa cruz. Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y tu parecer, y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la cruz. Pues o sentirás dolor en el cuerpo o padecerás tribulaciones en el espíritu. A veces te dejará Dios, a veces te perseguirá el prójimo; y, lo que peor es, muchas veces te descontentarás de ti mismo, y no serás aliviado ni refrigerado con ningún remedio ni ningún consuelo; mas conviene que sufras hasta cuando Dios quisiere. Porque quiere Dios que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo, y que te sujetes del todo a Él, y te hagas más humilde con la tribulación. Ninguno siente así de corazón la Pasión de Cristo como aquel a quien acaece sufrir cosas semejantes.
Así que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar; no puedes huir dondequiera que estuvieres; porque, dondequiera que huyas, te llevas a ti contigo, y siempre hallarás a ti mismo. Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete afuera, vuélvete dentro, y en todo esto hallarás cruz. Y es necesario que en todo lugar tengas paciencia, si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona. Si de buena voluntad llevas la cruz, ella te llevará y guiará al fin deseado, donde será el fin del padecer, aunque aquí no lo sea. Si contra la voluntad la llevas, cárgaste y hácestela más pesada; y, sin embargo, conviene que la sufras. Si desechas una cruz, sin duda hallarás otra, y puede ser que más grave.
¿Piensas tú escapar de lo que ninguno de los mortales pudo? ¿Quién de los santos fue en el mundo sin cruz y tribulación? Nuestro Señor Jesucristo, por cierto, en cuanto vivió en este mundo, no estuvo una hora sin dolor de pasión. Porque convenía –dice– que Cristo padeciese y resucitase de los muertos, y así entrase en su gloria (Lc24, 26). Pues, ¿cómo buscas tú otro camino sino este camino real, que es la vía de la santa cruz? Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio, ¿y tú buscas para ti holganza y gozo?
Yerras, te engañas si buscas otra cosa sino sufrir tribulaciones; porque toda esta vida mortal está llena de miseria y de cruces. Y cuanto más altamente alguno aprovechare en espíritu, tanto más grandes cruces hallará muchas veces, porque la pena de su destierro crece por el amor. Mas este tal así afligido de tantas maneras, no está sin alivio de la consolación; porque siente el gran fruto que le crece con llevar su cruz. Porque cuando se sujeta a ella de su voluntad, toda la carga de la tribulación se convierte en confianza de la divina consolación. Y cuanto más se quebranta la carne por la aflicción, tanto más se esfuerza el espíritu por la gracia interior. Y algunas veces tanto es confortado del efecto de la tribulación y adversidad por el amor y conformidad de la cruz de Cristo, que no quiere estar sin dolor y tribulación; porque se tiene por más acepto a Dios cuando mayores y más graves cosas pudiere sufrir por Él.
Así que, leídas y bien consideradas todas las cosas, sea ésta la postrera conclusión: que por muchas tribulaciones nos conviene entrar en el Reino de Dios (Act 14, 21).
Imitación de Cristo, Libro II, cap. XII.










