Doña Dorotea de Chopitea, madre de los pobres

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Se cumple en junio de 2016 el segundo centenario del nacimiento de la venerable doña Dorotea de Chopitea, salesiana cooperadora, verdadera madre de los pobres de la ciudad de Barcelona, creadora de numerosas instituciones al servicio de la caridad y misión apostólica de la Iglesia. En el Año de la Misericordia su figura cobra especial relieve y nos anima a imitar su ejemplo de ser «misericordiosos como el Padre».

Un vizcaíno en Chile

En 1790, en el reinado de Carlos IV, un vizcaíno, Pedro Nicolás de Chopitea, natural de Lequeitio, emigraba a Chile, perteneciente entonces al Imperio español. El joven emigrante prosperó y contrajo matrimonio con una joven criolla, Isabel de Villota.
Don Pedro Nicolás de Chopitea e Isabel Villota se establecieron en Santiago de Chile. Dios les concedió una numerosa prole, 18 hijos, aunque sólo doce sobrevivieron, cinco niños y siete niñas. La más pequeña de éstas nació, se bautizó y recibió la confirmación el mismo día: 5 de agosto de 1816, tomando los nombres de Antonia, Dorotea y Dolores, aunque fue siempre conocida como Dorotea que en griego significa «regalo de Dios». La familia de Pedro e Isabel era rica, cristiana, y comprometida a servirse de sus riquezas en beneficio de la gente pobre que le rodeaba.
En 1816, el año del nacimiento de Dorotea, los chilenos comenzaron a reivindicar abiertamente la independencia de España, que lograron en 1818. Al año siguiente, don Pedro, que se había alineado con los realistas y había sufrido la cárcel por ello, trasladó a su familia al otro lado del Atlántico, a Barcelona, para que los tumultos políticos no comprometiesen a sus hijos mayores, aunque siguió conservando una tupida red de relaciones con los ambientes políticos y económicos de Chile.
En la amplia casa de Barcelona la pequeña Dorotea, de tres años, fue confiada a los cuidados de su hermana Josefina, de doce años. Así Josefina, luego «sor Josefina», fue para la pequeña Dorotea la «mamita joven». Se confió a ella con afecto total, dejándose guiar con docilidad.
Cuando cumplió los trece años, aconsejada por Josefina, tomó como director espiritual al sacerdote Pedro Nardó, de la parroquia de Santa María del Mar. Durante cincuenta años don Pedro fue su confesor y su consejero en los momentos delicados y difíciles. El sacerdote la guió con amabilidad y fortaleza a «separar su corazón de las riquezas». Durante toda su vida, Dorotea consideró las riquezas de su familia no como una fuente de diversión y disipación, sino como un gran medio puesto en su mano por Dios para hacer el bien a los pobres. Don Pedro Nardó le hizo leer muchas veces la parábola evangélica del rico Epulón y del pobre Lázaro. Como signo distintivo cristiano aconsejó a Josefina y a Dorotea vestir siempre con modestia y sencillez, sin aquella cascada de cintas y gasas de seda ligera que la moda del tiempo imponía a las jóvenes aristócratas.
Dorotea recibió en su familia la sólida instrucción escolar que en aquel tiempo se daba a las muchachas de familias acomodadas. De hecho, más tarde ayudó muchas veces a su marido en su profesión de comerciante.

Esposa a los dieciséis años

Los Chopitea se habían encontrado en Barcelona con unos amigos de Chile, la familia Serra, que habían vuelto a España por la misma razón, la independencia de Chile. El padre, Mariano Serra i Soler provenía de Palafrugell y también se había labrado una brillante posición económica. Casado con una joven criolla, Mariana Muñoz, había tenido cuatro hijos, el mayor de los cuales, José María, había nacido en Chile el 4 de noviembre de 1810.
A los dieciséis años Dorotea vivió el momento más delicado de su vida. Estaba prometida a José María Serra aunque se hablaba del matrimonio como de un acontecimiento futuro. Pero sucedió que don Pedro de Chopitea tuvo que volver a América Latina para defender sus intereses, y poco después su esposa Isabel se preparó para atravesar el Atlántico para reunirse con él en Uruguay junto con los hijos más jóvenes. De repente, Dorotea se encontró ante una decisión fundamental para su vida: romper el profundo afecto que la unía con José María Serra y marchar con su madre, o casarse a los dieciséis años. Dorotea con el consejo de don Pedro Nardó, decidió casarse. El matrimonio se celebró en Santa María del Mar el 31 de octubre de 1832.
El joven matrimonio se instaló en la calle Montcada, en el palacio de los padres del marido. El entendimiento entre unos y otros fue perfecto y fuente de felicidad y bienestar.
Dorotea era una personilla delgada y espigada, de carácter fuerte y decidido. El “te amaré siempre” jurado por los dos esposos ante Dios, se desarrolló en una afectuosa y sólida vida matrimonial, que dio vida a seis hijas: todas recibieron el nombre de María con complementos diversos: María Dolores, María Ana, María Isabel, María Luisa, María Jesús y María del Carmen. La primera vino al mundo en 1834, la última en 1845.
Cincuenta años después del sí pronunciado en la iglesia de Santa María del Mar, José María Serra dirá que en todos aquellos años «nuestro amor creció de día en día».
Dorotea es la señora de la casa, en la que trabajan varias familias de empleados. Es la inteligente compañera de trabajo de José María, que en poco tiempo adquiere celebridad y fama en el mundo de los negocios. Está a su lado en los momentos de éxito y en los momentos de incertidumbre y de fracaso. En los viajes al extranjero Dorotea está al lado de su marido. Está con él en la Rusia del zar Alejandro II, en la Italia de los Saboya y en la Roma del papa León XIII.
En su visita a Roma, a sus sesenta y dos años, le acompaña su sobrina Isidora Pons, que en el proceso apostólico testimoniará: «Fue recibida por el Papa. Se me ha quedado grabada la deferencia con la que León XIII trató a mi tía, a la que ofreció como regalo su blanco solideo».

Cariñosa y fuerte

Los empleados de casa Serra se sentían como parte de la familia. María Arnenós declaró bajo juramento: “Tenía para con nosotros, sus empleados, un afecto de madre. Se preocupaba de nuestro bien material y espiritual con un amor concreto. Cuando alguien enfermaba, procuraba que no le faltase nada, se ocupaba hasta de los más nimios detalles. Respecto al salario, era más alto que el que se daba a los empleados de las otras familias”.
Persona delicada, carácter fuerte y decidido. Este fue el campo de batalla en el que Dorotea luchó durante toda su vida para adquirir la humildad y la calma que la naturaleza no le había regalado. Si grande eran sus ímpetus, mayor fue su fuerza para vivir siempre en la presencia de Dios. Así escribió en sus apuntes espirituales:
«Pondré todo mi empeño en que desde la mañana todas mis acciones estén dirigidas a Dios», «No dejaré la meditación y la lectura espiritual sin grave motivo», «Haré veinte actos diarios de mortificación y otros tantos de amor de Dios», «Hacer todas las acciones desde Dios y por Dios, renovando frecuentemente la pureza de intención… Prometo a Dios purificar mi intención en todas las acciones».

Cooperadora salesiana

En los últimos decenios de 1800, Barcelona es una ciudad a la que está llegando la «revolución industrial». La periferia está llena de gente muy pobre. Faltan asilos, hospitales, escuelas. En los ejercicios espirituales que realiza en el año 1867, doña Dorotea escribe entre los propósitos:
«Mi virtud predilecta será la caridad hacia los pobres, aunque me cueste grandes sacrificios». Y Adrián de Gispert, sobrino segundo de Dorotea, testimoniará: «Me consta que tía Dorotea fundó hospitales, asilos, escuelas, talleres de artes y oficios y otras muchas obras. Me acuerdo de haber visitado algunas en su compañía». Cuando vivía su marido, él le ayudaba en estas obras socio-caritativas. Después de su muerte, salvaguardó ante todo el patrimonio de sus cinco hijas; luego, sus bienes «personales» (su riquísima dote, los patrimonios recibidos personalmente en herencia, los bienes que su marido quiso inscribir a su nombre), los empleó en los pobres con una cuidadosa y prudente administración. Un testigo afirmó bajo juramento: “Después de haber provisto a su familia, dedicó el resto a los pobres como acto de justicia”.
Habiendo tenido conocimiento de Don Bosco, le escribió el 20 de septiembre de 1882 (tenía sesenta y seis años, Don Bosco sesenta y siete). Le dijo que Barcelona era una ciudad «eminentemente industrial y mercantil», y que su joven y dinámica congregación, encontraría mucho trabajo entre los muchachos de los suburbios. Ofrecía una escuela para aprendices trabajadores.
Don Felipe Rinaldi, hoy «beato», que llegó a Barcelona en 1889, escribe: «Fuimos a Barcelona llamados por ella, porque quería proveer especialmente a los jóvenes obreros y a los huérfanos abandonados. Adquirió un terreno con una casa, de cuya ampliación se preocupó. Yo llegué a Barcelona cuando la construcción ya había terminado… Con mis propios ojos contemplé muchos casos de socorro a niños, viudas, ancianos, desocupados y enfermos». Muchas veces oí decir que realizaba personalmente los más humildes servicios con los enfermos».
En el año 1884 pensó confiar a las Hijas de María Auxiliadora una escuela maternal: era necesario pensar en los niños de aquella periferia.
Don Bosco no pudo ir a Barcelona hasta la primavera de 1886 y las crónicas refieren ampliamente el triunfal recibimiento que le dispensaron en la metrópoli catalana, y las atenciones afectuosas y respetuosas con las que doña Dorotea, sus hijas, sus nietos y parientes rodearon al santo.
El 5 de febrero de 1888, al comunicarle la muerte de Don Bosco, le escribía el beato Miguel Rúa: «Nuestro queridísimo padre Don Bosco ha volado al Cielo, dejando llenos de dolor a sus hijos». Demostró siempre una viva estima y un afecto agradecido a nuestra madre de Barcelona, como él la llamaba, madre de los salesianos y de las Hijas de María Auxiliadora.
Aún más, antes de morir aseguró que iba a prepararle un buen sitio en el Cielo. Aquel mismo año, doña Dorotea entregaba a los salesianos el oratorio y las escuelas populares de la calle Rocafort, en el corazón de Barcelona.
La última entrega a la familia salesiana fue la escuela «Santa Dorotea» confiada a las Hijas de María Auxiliadora. Para su compra se necesitaban sesenta mil pesetas y ella las entregó diciendo: «Dios me quiere pobre». Aquella suma era la última previsión para su vejez, lo que guardaba para vivir modestamente juntamente con María, su fiel camarera.
El viernes santo de 1891, en la fría iglesia de María Reparadora, mientras pasaba recogiendo la colecta, contrajo una pulmonía. Tenía setenta y cinco años, y enseguida se vio que no superaría la crisis. Acudió don Rinaldi y estuvo largo rato a su cabecera. Escribió: “En los pocos días que continuó con vida, no pensaba en su enfermedad sino en los pobres y en su alma. Quiso decir alguna cosa en particular a cada una de sus hijas, y bendijo a todas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, como un antiguo patriarca. Mientras estábamos alrededor de su lecho encomendándola al Señor, en un cierto momento levantó los ojos. El confesor le presento el crucifijo para besarlo. Los que estábamos presentes nos arrodillamos. Doña Dorotea se recogió, entornó los ojos y expiró suavemente”.
Era el 3 de abril de 1891, cinco días después de Pascua. El papa Juan Pablo II la declaró «venerable» el 9 de junio de 1983, es decir, «cristiana que practicó en grado heroico el amor a Dios y al prójimo».

Obras sociales de Doña Dorotea en Barcelona

(Del libro de Ramón Alberdi Dorotea de Chopitea y de Villota, Apéndices)
Permanecen en el mismo sitio:
1. Colegio Sagrado Corazón en Sarrià, Sagrat Cor, 25.
2. La sala de asilo Sagrado Corazón, Aldana, 1.
Obrador de la Sagrada Familia. Escuela Granja, Comte d’Urgell, 262.
Colegio-Residencia Sagrado Corazón Caspe 25, Roger de Lauria, 13.
5. Escuelas Profesionales Salesianas (Talleres Salesianos) Pº Sant Joan Bosco, 42 y 74.
6. Colegio Santa Dorotea, Pº Sant Joan Bosco, 24.
7. La sala de asilo San Juan Bautista, Balboa, 19-27.
8. La sala de asilo San Rafael, Roger de Flor, 98.
9. Colegio San José, Rocafort, 42.
10. La Salle-Barceloneta, Balboa, 18.
11.Colegio San Ignacio. Carrasco i Formiguera, número 32
12. Ermita del Sagrado Corazón, cumbre del Tibidabo. Permanecen en un nuevo emplazamiento:
13. Asilo-Hospital de la Purísima Concepción y de San Juan de Dios. Antes calle San Francisco de Borja (Les Corts), hoy paseo Sant Joan de Déu, 2 (Esplugues de Llobregat).
14. Colegio de la Asunción, Antes calle Triunfo, 107; hoy, Rambla del Poblenou, 94-96.
15. Residencia Hermanas de María Reparadora. Antes, entre Caspe y Girona, hoy, c. Jaume Mimó y Llobet, 28-30. (Cerdanyola del Vallès).
16. Servicio Doméstico, antes calle Comtal, 35, hoy Consell de Cent, 393-397.
17. Colegio Sagrado Corazón, antes calle Diputación 270; hoy, en Diputación, 326.
18. Asilo-Hospital San Rafael, antes calle Cabestany 1 (Les Corts), hoy, Pº Vall Hebrón, 107.
19. La Salle-Gracia, antes calle de la Iglesia, 4, (Gracia), hoy plaza del Norte, 14.
No permanecen o han sido absorbidas por otras instituciones o han perdido su objetivo original
20. Sala de Asilo. Estaba en la calle Luna
21. Asilo del Buen Consejo. Estaba en la avenida Diagonal, aprox. donde los actuales almacenes El Corte Inglés.
22. El Hospital de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Estaba entre las calles Comte Borrell y Londres.
23. Asilo de ancianos en Comte Borrell. Estaba en esta calle, 159-169.
24. Colegio San Vicente de Paúl. Estaba en calle Les Carolines, 16. Gracia.
25. Albergue de San Antonio. Estaba en la calle Roger de Flor 259.
26. Escuela gratuita de Les Corts. Estaba en la carretera de Sarrià, 8.
27. La Salle-Poble Sec. En la calle Blay, 42.