Hace algo más de un siglo, a comienzos del siglo xx, parecía que el curso de la historia jamás se fuese a dislocar, que no fuese posible que los acontecimientos tomasen un rumbo distinto a las grandes expectativas que el incipiente siglo esperaba sobre la base del proyecto ilustrado.
Comenzaba un tiempo de progreso y prosperidad sin precedentes, una paz perpetua y civilizada. Las grandes ciudades se habían ampliado, derribando sus antiguas murallas, estableciendo grandes avenidas diagonales y ensanches en nuevos barrios residenciales. La locomoción y los transportes se habían popularizado y vuelto accesibles, así como la comunicación a través del telégrafo. Pero esta modernidad consciente, significada en el modernismo artístico, se va a ver pronto violentamente sacudida.
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