Que la situación social en Francia se está degradando cada vez más no es ningún secreto. Una degradación en la que, si bien Francia parece ir algo por delante, también se percibe en la mayoría de países europeos, España incluida. Un hecho reciente puede ayudarnos a comprender mejor una situación cada vez más explosiva.
Se trata del trágico asesinato del joven católico de 23 años Quentin Deranque en Lyon a manos de una horda de antifascistas tras ser brutalmente agredido el pasado 12 de febrero. La paliza se produjo después de un intento (exitoso) de Quentin por defender a un grupo de chicas. El asesinato tuvo lugar cerca de la Facultad de Ciencias Políticas, donde se celebraba una manifestación organizada por Némesis, un grupo de chicas antifeministas, para protestar contra un acto en el que participaba Rima Hassan, eurodiputada de «La France Insoumise» (LFI), partido de la izquierda francesa.
Ante las amenazas recibidas por las chicas de Némesis, Quentin y otros jóvenes universitarios se movilizaron para defender a sus compañeras. Los antifascistas emboscaron a Quentin posteriormente, asesinándolo de resultas de los golpes recibidos en la cabeza. Los agresores pertenecían al grupo de extrema izquierda «La Jeune Garde», fundado por el diputado de LFI Raphaël Arnault. La muerte del joven ha conmocionado a la opinión pública de toda Francia: por un lado han tenido lugar numerosas concentraciones pidiendo justicia para Quentin, por otra los antifascistas han insistido en que matar a un «fascista» no es delito.
En un documentado artículo publicado en Le Figaro, Paul Sugy hacía un interesante retrato del joven asesinado, de padre francés y madre peruana: «Estudiante aplicado de la licenciatura universitaria en ciencia de datos de Lyon 2 tras haber realizado ya una primera carrera en matemáticas, estudiaba finanzas e informática, combinando sus estudios con su trabajo en la SNCF (la empresa ferroviaria francesa): todo ello le llevaba a veces a quedarse estudiando hasta altas horas de la noche, bajo la mirada de desaprobación de sus compañeros de piso, más fiesteros. Ellos lo describen como «discreto», muy «humilde», pero para nada solitario: tenía muchos amigos. Sus padres viven en Vienne, en Isère, donde volvía casi todos los fines de semana para visitarlos, a ellos y a su querida hermana pequeña, muy unida a él. También mantenía vivos los vínculos con su familia peruana, a la que intentaba ver regularmente y a la que había visitado el verano pasado. No tenía novia… no tenía tiempo, ya vería más adelante: «Cuando hablaba de chicas, siempre era en plural, nunca en singular», recuerda un amigo sonriendo.
Tenía sobre todo libros. Una inmensa biblioteca, que acabó convirtiéndolo en un joven conocido por su cultura. Quentin hablaba de filosofía e historia. Leía los escritos de Anacharsis Cloots sobre la Revolución Francesa, un jacobino partidario de una República universal y guillotinado en 1793 por la Convención; debatía acaloradamente sobre el rousseaunismo, refutando las tesis del Contrato social; refutaba la idea calvinista de la predestinación y se apasionaba con el estudio de la Suma teológica y las encíclicas de los papas. ¿Eran Aristóteles, santo Tomás de Aquino y san Agustín sus autores de cabecera? Al menos acabaron formando el tríptico intelectual sobre el que este joven en perpetua búsqueda quería fundar su pensamiento.
En su búsqueda de la verdad, Quentin Deranque, cuando llegó al umbral de la edad adulta, acabó tomando conciencia de una profunda sed espiritual que ningún libro había podido saciar. Bautizado de niño en una familia poco practicante, había dejado su fe en barbecho: sus lecturas le convencieron poco a poco de volver a visitar las iglesias y se acercó a las capillas tradicionalistas de Lyon, que frecuentaba indistintamente: la parroquia de Saint-Georges en el casco antiguo de Lyon y la colegiata de Saint-Just en las alturas de Fourvière, bajo el cuidado de los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro, en la que se había comprometido a cantar en el coro y, últimamente, con las salidas de los jueves por la noche en las que visitaban y ayudaban a personas sin hogar. Seducido por la liturgia del antiguo misal, cuyo poder de atracción sobre los jóvenes católicos en Francia no deja de crecer, también asistía en ocasiones a la «misa moderna» en la parroquia Sainte-Croix.
«Era un misionero, animaba a las personas de su entorno a acompañarle a misa y les enseñaba a seguir el misal», recuerda Vincent, un feligrés que se convirtió en amigo íntimo. «Tenía un gran celo por la evangelización, sobre todo entre los más jóvenes», coincide Domitille, otra amiga. «Muchos de los que convirtió continuaron luego su camino de fe», confirma un tercero. Fiel asistente a las conferencias del Círculo San Alejandro, en las que sacerdotes y profesores de filosofía ofrecen un curso de formación teológica a los jóvenes creyentes de Lyon, Quentin había leído y meditado los escritos de san Juan Pablo II sobre la fe y la razón y consideraba que ambas eran indisociables. En la práctica religiosa, participaba con gusto en el renacimiento que está experimentando la piedad popular en Francia desde hace algún tiempo: asiduo de la peregrinación de Chartres, el año pasado participó en su réplica provenzal, «Nosto Fe», y le comentó a un amigo que lo acompañaba su gran alegría por recuperar así a sus propias raíces paternas.
Tras su confirmación, Quentin Deranque fue, hace dos años, el padrino de confirmación de su padre, que finalmente había decidido seguir a su hijo. En la iglesia de Notre-Dame-de-l’Isle de Vienne y luego en la iglesia de Saint-Théodore de Jardin, la familia Deranque se convirtió en un pilar de la parroquia.
El jueves por la noche, varios amigos del círculo de Quentin le disuadieron de acudir al evento de las militantes de Némésis: poco organizado, demasiado peligroso. La respuesta de Quentin fue rotunda: ni hablar, uno no deja solas a unas chicas jóvenes. Por la noche, al ver que las activistas del colectivo identitario habían recibido una paliza, Rémy le envió un mensaje poco serio: “Dicen que ha habido una buena zurra”. Ya no era un juego. Quentin nunca pudo responderle».










