Según santa Teresa de Jesús, «la humildad es andar en la verdad». Esta virtud, tan olvidada hoy en día, es la base de las virtudes teologales, pues ¿acaso se puede creer sin la humildad de aceptar el testimonio de aquellos que nos han transmitido la fe? ¿Se puede tener esperanza en la bienaventuranza eterna sin aceptar humildemente
que la realidad de las cosas no finaliza en aquello que vemos y comprendemos con nuestra pobre inteligencia? ¿Se puede tener caridad con Dios y el prójimo sin la humildad de reconocer que por nosotros nada podemos y que nos es necesaria la gracia de Dios para practicar esta virtud como el Señor nos exhorta?
Santa Teresa del Niño Jesús vivió de una manera extraordinaria esta virtud de la humildad, y es así que nos la propone como primer paso en su caminito de infancia espiritual. La humildad de reconocer nuestra nada delante de Dios es el comienzo de un caminito que nos lleva a confiar en aquel que nos ha creado y nos llama a participar de su vida divina. Esta confianza nos lleva finalmente al amor a Dios y al prójimo como respuesta a aquel amor que «nos primerea».
Con estas palabras, Teresita escribía a sus hermanas lo que ella misma vivía: «Estar siempre alerta, levantar el piececito; caer, tal vez, por flaqueza, pero levantándose siempre con humildad; trabajar sin cesar; quedar cubierto de polvo, pero limpiarse de él continuamente por el fuego del amor y por los sacramentos, que nos mantienen unidos al buen Dios; ofrecerle, en fin, sin cansarse jamás, si no los éxitos, a lo menos los esfuerzos […]».
«¡Qué poco conocidos son la bondad y el amor misericordioso del Corazón de Jesús! Es cierto que, para gozar de estos tesoros, es necesario humillarse, reconocer la propia nada, y esto es lo que muchas almas no quieren hacer…».
Este reconocimiento de nuestra pequeñez, que nos lleva a la humildad, es el camino de la santidad, tan olvidado en los tiempos actuales. Para volver a tomar conciencia de su importancia, hace 75 años, en el mes de marzo de 1950, la revista Cristiandad centró su número en explicar esta verdad. En esta ocasión, extraemos un texto para mostrar que esta virtud de la humildad es necesaria para todos, incluso para los gobernantes.
«Un príncipe tan grande por su humildad…» Weiss, Historia universal
El Imperio Romano, en la persona del Emperador Teodosio, se humilla ante la autoridad de la Iglesia, custodia y definitivo refugio del derecho.
Todavía fue más grave su reprensión por los asesinatos de Tesalónica; san Ambrosio se mostró entonces como refugio del Derecho humano.
Pues en aquella ciudad el jefe de las tropas, Botarich, tenía un hermoso muchacho que excitó la pasión de un auriga del circo. Botarich hizo echar a la cárcel al impudente y no hizo caso del griterío de la multitud, que clamaba en las carreras por su favorito. Con esto, el pueblo se exasperó tanto, que se arrojó sobre la pequeña guarnición, asesinando a Botarich con sus oficiales, y arrastró por las calles sus cadáveres. Teodosio recibió en Milán la noticia de estos excesos. Rufino ayudó a inflamar todavía más su enojo, y se le dio el mandato de
ejecutar el más terrible castigo. Los habitantes de Tesalónica fueron atraídos al circo y cuando estuvo lleno se dio a los soldados la señal de acuchillarlos. Durante tres horas se entregaron a la matanza sin distinguir culpables de inocentes, ni edades ni sexos; 7.000 hombres, y según otros, 15.000, cayeron como víctimas sacrificadas en expiación de Botarich y sus oficiales.
Un clamor de indignación resonó en todo el Imperio. Habían pasado ochenta años desde que se había puesto en el estandarte imperial la señal de Cristo, y ahora se había ejecutado un hecho sangriento digno de los tiempos de Nerón o Calígula. Espontáneamente, todas las miradas se dirigieron a san Ambrosio, que, por otra parte, era favorecido por el Emperador.
Su posición de obispo, su honor como amigo de Teodosio, exigían que amonestara a este por su falta. Teodosio se encaminó a Milán. Ambrosio le evitó y se dirigió al campo, y desde allí envió al Emperador un escrito que debía leer él solo […]
Pero la esperanza del Santo de que el Emperador procuraría la expiación espontáneamente, no se cumplió por lo pronto. Teodosio parece haber mostrado la carta a sus privados y haber sido alentado por ellos para no cuidarse de las amenazas del obispo. Como para mostrar que nadie tenía derecho a vituperarle, al siguiente viernes el Emperador se dirigió a la iglesia con gran comitiva y el ornato acostumbrado. Ya había pasado las puertas del vestíbulo, y se acercaba a la entrada del templo, cuando le salió al encuentro san Ambrosio con los ornamentos episcopales, y le dijo con gravedad sacerdotal: «Veo, por desgracia, oh, Emperador, que no mides la gravedad del hecho sanguinario que por ti fue ordenado, y que tu espíritu no comprende la grandeza del pecado, aun cuando tu ira se ha aplacado ya. Acaso la extensión de tu poder te impide reconocer tu falta, y la libertad de hacer cuanto quieres obscurece tu vista. Pero piensa que eres mortal como nosotros, que has de volver un día al polvo de que todos hemos sido formados, y que el brillo de tu púrpura cubre un cuerpo débil. Piensa en los hombres sobre quienes reinas y que son, como tú, hijos de un mismo Criador y Rey. ¿Con qué ojos quieres contemplar ahora el templo e este común Señor? ¿Cómo osarás poner los pies en su santuario? ¿Cómo osarán tus
manos elevarse a Él cuando todavía chorrean sangre de inocentes? ¿Cómo quieres recibir el Cuerpo del Señor, acercar al cáliz tus labios, de los cuales salieron las órdenes para el asesinato de tantos inocentes? No añadas un nuevo crimen al que ya te apegas, retírate y sométete a la penitencia que te impone Dios, pues es el remedio para tu alma enferma. Si has pecado como David, imítale también en la penitencia». El Emperador quedó conmovido, sintió que el obispo no hacía sino cumplir con su deber y se volvió con lágrimas en los ojos.
Pero pasaron meses sin que él se presentara en la iglesia ni el obispo en palacio. Cada uno guardaba silencio sobre el otro. ¿Qué pasó en el ánimo de Teodosio? No lo sabemos, pero sí que al fin venció la fe sobre los movimientos del orgullo y la ira.
[…] En la fiesta de la Navidad, el camarero Rufino halló al Emperador por la mañana bañado en lágrimas. El semblante de Rufino dejó asomar una expresión burlona. Teodosio le dijo: «Tú te ríes y no sientes mi desdicha. La iglesia de Dios está hoy abierta para los esclavos y mendigos; a cada hora pueden acudir a rogar al Señor; pero para mí está cerrada y con ella la puerta del Cielo, pues Cristo ha dicho: “Lo que atareis en la tierra será atado en
el Cielo”». Rufino repuso: «No hay que tomar esto tan a la letra; yo reduciré a Ambrosio a que te absuelva». «No –replicó Teodosio–; yo le conozco. Por temor del poder imperial no hará cosa alguna contra la ley de Dios». «Ya lo veremos» –observó el camarero, y corrió a la iglesia. «¿Qué quieres tú aquí –le dijo san Ambrosio– y qué significa tu aspecto descarado?
Es sabido que tú aconsejaste al Emperador el sanguinario mandato, ¿y no te oprime la memoria de ello?» «El Emperador viene en pos de mí; no le rechaces». «Si viene, le haré salir del vestíbulo, y si quiere obrar como tirano, habrá de herirme primero a mí.» Rufino corrió a Teodosio, que se acercaba al templo, y le aconsejó que se volviera, pues con el obispo nada había que hacer. «No, ya no puedo tolerar esta pena –dijo Teodosio–; voy, y
haré lo que él quiera.» El Emperador se detuvo a las puertas. San Ambrosio estaba en el vestíbulo. «Aquí estoy. Líbrame de mi pecado.» «¿Cómo te atreves a acercarte al lugar sagrado? ¿Dónde está tu penitencia?» «Dime lo que he de hacer y practicaré la penitencia». Entonces el obispo aconsejó se ordenara que, en lo futuro, hubieran de transcurrir treinta días entre una sentencia capital y la ejecución de ella, y que, entretanto, se hubiera de
presentar todavía de nuevo al Emperador el fallo para su confirmación. La ley se publicó, luego el emperador volvió a la iglesia, se postró en tierra con oraciones y lágrimas, y no se levantó hasta que comenzó el santo Sacrificio, para ocupar su asiento en el santuario. San Ambrosio hizo sacar el trono del coro, pues la púrpura hace emperadores, pero no sacerdotes. Y en adelante cesó el uso bizantino de colocar el trono del emperador en el coro