EN respuesta al llamamiento que el Santo Padre hace a cada uno de nosotros a ser en este Año jubilar «peregrinos de esperanza», y en vistas, pues, a cumplir su deseo reavivando y alimentando con mayor intensidad esa esperanza que nos fue dada con la gracia y el perdón de los pecados, es útil e importante repensar qué es la esperanza, qué significa en nuestra vida, en nuestras actitudes, etc. etc.
La lectura atenta y pausada de la bula de convocatoria del Jubileo, Spes non confundit, del papa Francisco, constituye sin duda el primer y más adecuado medio para este fin. En ella el Papa nos remite a la insistencia de san Pablo en esta virtud, nos alecciona sobre la esperanza teologal junto con la fe y la caridad, y sobre su esencia y sus fundamentos, y además nos invita a redescubrir la esperanza implícita y como contenida en los signos de los tiempos, es decir, las esperanzas naturales y humanas, que patentizan lo que hay en el corazón del hombre, necesitado de la salvación de Dios. Remarca el Papa que la esperanza es «deseo y expectativa del bien», y que para mantenerla viva es necesario, aun cuando nos rodeen y nos embarguen sufrimientos y adversidades de cualquier tipo, prestar atención a las cosas buenas que hay a nuestro alrededor, a vivir en el bien y para el bien. El bien es, efectivamente, lo que los hombres deseamos y lo que realmente amamos. Por ello destaca, entre las palabras del Papa, el punto en que escribe que «la esperanza efectivamente nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz.» (§ 3)
Por lo cual, es muy verdadero decir que la devoción al Sagrado Corazón es una devoción de esperanza, y es capaz de abrir ante nosotros un camino viable y seguro hacia eso que parece imposible, y que lo es para el hombre sin la ayuda de Dios, la restauración de la humanidad y la construcción de una sociedad cristiana en la que reinen la justicia, la paz y la fraternidad. Pero, sobre todo, la devoción al Corazón de Cristo, en cuanto nos afianza en la caridad, es prenda de la más alta esperanza, la que supera el máximo obstáculo, que es la muerte, abriéndonos las puertas del Cielo, con la vida eterna. Dice, en efecto, el Papa: «La esperanza cristiana consiste precisamente en esto: ante la muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, a su gracia, que nos ha sido comunicada en el Bautismo, “la vida no termina, sino que se transforma” para siempre».
Así pues, como escribe el Papa, es la experiencia viva del amor de Dios lo que «suscita en el corazón la esperanza cierta de la salvación en Cristo» (§ 6). Sin embargo, también la fe tiene un papel fundamental para la esperanza, aunque no sin la conexión con la caridad: «He aquí porqué esta esperanza no cede ante las dificultades: porque se fundamenta en la fe y se nutre de la caridad» (§ 3). Para gustar a fondo y asimilar con mayor aprovechamiento estas afirmaciones del Santo Padre, creemos que puede ayudar una consideración, a modo de recordatorio, de algunos puntos de las enseñanzas de santo Tomás de Aquino sobre la virtud de la esperanza.
Recordemos en primer lugar que el Aquinate nos habla de dos clases de esperanza, una que es humana y no es una virtud, sino una pasión del alma, y otra que es virtud y es sobrenatural, la virtud teologal de la esperanza. Hay entre ambas un paralelismo y semejanza, pero también importantes diferencias, y no deben ser confundidas. Nos interesa la esperanza teologal, pero para comprenderla es útil tener primero una noción clara de la esperanza común humana.
Al decir, en terminología escolástica, que ésta es una pasión del alma, elo significa que es una reacción de nuestra alma sensible a determinadas situaciones en función de la dificultad de alcanzar un bien que deseamos. Espontáneamente nuestro corazón ama los bienes sensibles y odia los males. Pero cuando la obtención de un bien se encuentra obstaculizada por algo que se interpone con fuerza, la consecución del bien requiere un superior esfuerzo y alguna especie de lucha. Es en este caso que el corazón reacciona como elevando el deseo, fortaleciéndolo y levándolo por encima del obstáculo hacia el bien amado. Es la pasión de la esperanza: el
impulso hacia un bien difícil pero que se juzga posible de alcanzar. El paradigma de esta esperanza es la que surge frente al peligro de muerte en quien lucha por su vida. Sin embargo, todos los grados de dificultad existen y, por consiguiente, se dan también todos los correspondientes matices en la esperanza.
Podemos considerar ahora una forma especial de la esperanza humana que, más que una pasión que puede surgir o no surgir según las circunstancias, es algo constitutivo de la apertura del alma al mundo en el que vive: la esperanza que podríamos calificar de «ontológica» acerca de la continuidad futura de las cosas, igual que de uno mismo, en el ser y en el mantenimiento de las condiciones y leyes del ser que se conocen por la memoria. Cuando abro la nevera espero encontrar en ela lo que puse ahí anteriormente, y cuando empiezo a hablar con alguien espero poder terminar la frase, porque espero seguir existiendo y siendo yo mismo. Toda planificación y
providencia sobre el porvenir tiene que basarse en una especie de confianza acerca del futuro de las cosas, que seguirán siendo lo que eran y se regirán por las mismas leyes de siempre. Esta esperanza, como mera expectativa, no parece calificarse por la existencia de ninguna dificultad a superar, pero desde luego es análoga a la pasión que sí se refiere a una dificultad, porque el futuro no deja de ser contingente, inseguro, fuera de nuestras manos. Esta esperanza, por otro lado, es indispensable para poder vivir; sin e la no podríamos hacer nada.
Pues bien, este carácter de necesidad para la vida no es exclusivo de esta forma «ontológica» de esperanza. En realidad necesitamos la esperanza en todas sus formas, porque la vida siempre es una lucha y siempre encuentra multitud de obstáculos, que culminan en el desastre final de la muerte. Esta es la razón de que entre las pasiones del alma, que Dios ha concedido a nuestro sistema sensitivo al crearnos, se encuentre la pasión de la esperanza, como hemos explicado. El Papa cita en su bula de convocatoria una frase de san Agustín: «Nadie, en efecto, vive en cualquier género de vida sin estas tres disposiciones del alma: las de creer, esperar, amar.» (§ 3)
Ahora bien, puesto que nuestro destino, para el que Dios nos ha criado, no es sensible ni es de este mundo, sino que es algo sobrenatural y fuera de nuestro alcance, a saber, la amistad y el goce de la visión de Dios en la vida eterna, Dios mismo nos concede otra esperanza, superior, que a la vez que nos presenta ese fin sobrenatural como posible de alcanzar, por su gracia y auxilio, nos hace capaces de desearlo y de esperarlo. Esta esperanza es ya una virtud; y es una virtud teologal, porque su objeto es Dios mismo, como lo es también su fundamento.
Santo Tomás de Aquino argumenta que la esperanza teologal es una virtud porque virtud es, según una afirmación de Aristóteles, «lo que hace bueno a aquél que la tiene y hace bueno su obrar.»
La esperanza nos hace buenos a nosotros y a nuestro obrar en cuanto nos permite alcanzar a Dios, regla y medida suprema de toda bondad. Veamos cómo: de acuerdo con lo dicho acerca de la misma como pasión, el objeto de la esperanza es un «bien futuro arduo y posible de conseguir». Hagamos, pues, una reflexión sobre cada uno de estos conceptos que constituyen lo esencial de la esperanza, aplicados concretamente a la esperanza cristiana y teologal.
Ante todo, el objeto esperado es un bien, es decir, algo perfectivo de nuestro ser, amable, digno de ser querido. Se trata ni más ni menos que del bien supremo, ya que es Dios mismo, en cuanto felicidad nuestra, indefectible, definitiva y eterna. No hay, pues, nada más importante para reavivar nuestra esperanza, que pensar en el Cielo, en el goce indecible, insospechado, más allá de todo lo que hayamos esperado, que Dios nos tiene preparado en la otra vida. Inmediatamente se echa de ver aquí la conexión de la esperanza con la fe, ya que es ésta la que nos presenta los misterios de la perfección de Dios y nos hace asentir a su palabra.
En segundo lugar, el objeto de la esperanza es futuro. Esto nos introduce la referencia al tiempo en los actos de esta virtud. El tiempo, además, puede ser largo y puede ocurrir que esta misma dilación de la espera constituya la dificultad que más nos cueste, la dificultad que constituye la tercera nota del objeto de la esperanza. Por esto el papa Francisco advierte de la necesidad de la paciencia y su estrecha relación con la esperanza. El tiempo se nos hace aún más largo cuando está plagado de dificultades. Por otro lado, la relación con el tiempo implica que la esperanza no sea algo indiferente a la edad. Curiosamente, la experiencia, propia del que ha vivido ya tiempo, es causa de esperanza según santo Tomás, pero a la vez, la juventud lo es, precisamente porque los jóvenes tienen mucho futuro por delante y poco pasado, por lo que viven más en la esperanza que en la memoria.
A propósito de este tema, en un artículo publicado en esta revista el año 1962, Jaime Bofill decía que «la esperanza, entendida en su núcleo originario, es un transcender (por virtud propia o prestada) la contingencia temporal; es la tradición en cuanto proyectada al futuro».
Se refería a que el pasado nos da conciencia de una fuerza que permanece joven en nosotros y nos permite afrontar la amenaza de toda futura contingencia. De lo cual sacaba una práctica y bella conclusión: que «la misión de los viejos es confortar, en los jóvenes, la esperanza».
Consideremos a continuación el tercer ingrediente: el obstáculo, la dificultad, lo que hace que el bien sea arduo. El bien esperado, en este caso, la visión de Dios, no es que sea difícil de alcanzar para nosotros, sino que es totalmente imposible. El hombre no puede salvarse por sus propias fuerzas. Somos criaturas finitas y Dios, infinito, nos supera infinitamente. Sólo conocemos de Él su existencia y sabemos lo que no es, pero poco o nada de lo que es. Sin la revelación de los planes de Dios que acogemos por la fe, no tendríamos tal esperanza. Y aun sabiendo que Dios quiere dársenos para que vivamos con Él, el camino hasta alcanzarlo no es fácil para nosotros, heridos por el pecado. Olvidar esto nos llevaría a la presunción. Para alimentar la llama de la esperanza también es necesario meditar con humildad la propia debilidad y la nulidad de nuestras capacidades humanas.
Nos falta solo considerar el cuarto componente de la esperanza: la posibilidad de alcanzar el bien deseado. Santo Tomás observa en general que lo que hace posible alcanzar el objeto puede encontrarse o bien en el propio sujeto que espera, en sus propias fuerzas, o bien consistir en un auxilio ajeno. Obviamente, la esperanza teologal solo puede fundarse en un auxilio exterior, es decir, únicamente en los medios que Dios mismo ponga para llevarnos hasta Él. He aquí, pues, lo que más fuerte y más alentadoramente nutre nuestra esperanza: conocer los designios divinos y las vías de su dispensación a los hombres. Tenemos en primer lugar las promesas hechas por Dios a nuestros padres, desde los más remotos tiempos, recogidas en la Biblia. Sabemos que Dios es omnipotente, que es bueno y fiel, que nos ama y quiere nuestro bien. Por ello podemos estar ciertos de que cumplirá lo que prometió y que podemos confiar en Él.
He aquí, pues, la confianza, tan unida y tan similar a la esperanza. Santo Tomás dice que hablamos de confianza por cuanto es una disposición que surge de una cierta creencia o fe previa. Confiar, en efecto, es creer en la palabra del amigo y en su sincera amistad cuando nos promete ayudarnos en algo. Así la esperanza, en general, cuando se funda no en nuestras fuerzas sino en la ayuda de otro, tiene una doble referencia: al bien esperado y a
aquél de quien esperamos recibirlo o facilitarlo. Esta vertiente de la esperanza que mira a la persona de quien esperamos recibir la ayuda necesaria, tiene el carácter de la confianza.
Hablando de la esperanza teologal, Dios es a la vez el bien esperado y el ser en quien confiamos. Es Dios mismo la fuente y el puntal de nuestra confianza, y, en último término, en el origen, su amor inquebrantable por nosotros, su misericordia infinita, manifestada de múltiples maneras, hasta la entrega de su Hijo primogénito, que nos amó –dilexit nos– hasta el extremo. Retornamos con esto, pues, al mensaje nuclear del Papa que citamos al principio: «la esperanza efectivamente nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz».
San Ignacio y el Apostolado de la Oración
Texto de la conferencia que el padre Pedro Suñer, S.I., director del Apostolado de la Oración de Barcelona, pronunció en el encuentro del Apostolado de la Oración de Gerona, celebrado en Banyoles el 2 de julio de 2006