Luisa la Vallière, de amante del Rey Sol a penitente carmelita descalza

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Luisa Francisca de La Baume-Le Blanc nació en Manoir la Vallière, Tours, el 6 de agosto de 1644 en familia de la pequeña nobleza provinciana, realista y muy católica. Su padre, señor de La Vallière, barón de Maisonfort, era gobernador del castillo real de Aubisse, y su madre Francisca Le Prevost, viuda de un miembro del Parlamento de París. Un tío era obispo de Nantes, otro, jesuita, y dos tías monjas ursulinas se ocuparían de la primera enseñanza de su sobrina. A los 7 años Luisa perdió a su padre, y su madre volvió a casarse con el barón de Saint-Rémy, y en 1655 se trasladaron a vivir al castillo de Blois del que este barón era mayordomo, residencia del hermano del rey Felipe de Orleans, recién casado con Enriqueta Ana Stuard, hija del decapitado rey de Inglaterra Carlos I. Luisa compartió con las hijas de los Orleans las clases que les daba el capellán de la casa, el afamado teólogo abad de Rancé, y fue iniciada en la pintura, la música, la etiqueta, y la equitación.
Su señora, Enriqueta Stuard, criada en el destierro, acariciaba el ilusorio sueño de desposarse con Luis XIV, pero tuvo que resignarse a conceder su mano a su hermano «Monsieur» Felipe de Francia, duque de Anjou, futuro duque de Orleans. Este afeminado monsieur no se interesaba precisamente por las mujeres, y no tardó el rey en hacerlo por la de su hermano. Como en la corte se criticaba el excesivo tiempo que el rey dedicaba a su cuñada, ésta hizo creer que la destinataria de los favores reales no era ella, sino una de sus damas de compañía, la sencilla e inocente Luisa, hijastra de su mayordomo de palacio a la que nombró dama de honor, y presentó en la Corte. No pasó por su cabeza que una adolescente de 17 años que no había conocido el amor, pudiera frustrar sus proyectos.
Luisa vio por primera vez al joven Luis XIV en Blois, cuando iba al encuentro de su futura esposa la princesa española María Teresa, y quedó platónicamente enamorada del apuesto monarca como una colegiala. La belleza de Luisa no llamaba la atención, pero al joven rey de veintidós años que no rechazaba ninguna conquista, le complació su «falsa favorita» que, aunque humilde y tímida, no escaseaba en encantos. La enamorada Luisa, había sido educada en la doctrina del teólogo regio Benigno Bossuet de que la persona del rey había sido elegida por el mismo Dios como su representante en la tierra, y al ser consagrada, se convertía en su mandatario para la ejecución de sus designios, por lo que había que acatar sin reparo su voluntad en todo.

La inocente Luisa fascinada por el apuesto Luis XIV

Siendo consciente de la ilicitud de su íntima relación, hubiera preferido fuera secreta, pero el rey, que, como ungido de Dios, se consideraba por encima de las normas morales de sus súbditos, pues sólo Dios podía juzgar sus actos, deseaba exhibirla, y la obligaba a asistir a las fiestas de la corte y aparecer como la más brillante. Le hizo lucir espléndidos vestidos, fastuosas joyas, y le impuso maestros que la cultivaran para poder codearse con las ilustradas grandes damas de la corte, y la introdujo en el círculo de amigos de los pensadores libertinos de moda.
Mientras vivió la reina madre Ana de Austria a la que Luis reverenciaba, el secreto de sus amoríos, aunque conocido por todos, fue llevado con discreción. La despreciada reina María Teresa tuvo que soportarlos, y su partido de los «devotos» los criticaba en privado. Bossuet y el real confesor jesuita no aprobaban la conducta del rey, aunque sólo le impusieron que desde 1663 dejara de comulgar.

Luisa en la Corte con sus hijos

Luisa tuvo con el rey cuatro hijos, sobreviviendo dos: en 1666 su primera hija María Ana de Borbón, futura princesa de Conti, y un año después el niño Luis de Borbón, conde de Vermandois. Tras el fallecimiento de su madre, Luis XIV oficializó su unión y presentó públicamente a Luisa como su favorita oficial, legitimando ante el Parlamento a sus dos hijos «como si hubieran nacido de verdadero y fiel matrimonio.» La enamorada Luisa, a los ojos de todos parecía triunfar en la Corte, pero ella hubiera preferido huir y esconderse con su amor en el rincón más apartado del mundo. Luis le compró una gran hacienda que convirtió en ducado, y la nombró duquesa de la Vallière para «expresar públicamente el particular aprecio en que tenemos a nuestra muy querida, bien amada y fiel Luisa de la Vallière, por el afecto singular que excitan en nuestro corazón sus raras perfecciones.»
Pero en el otoño de 1666 Dios tuvo misericordia para con su ovejita descarriada de 23 años, y se la hizo llegar por camino para ella desconcertante. Apareció en la Corte la joven Françoise Athénaïs de Rochechouart de Mortemart, futura marquesa de Montespan, de deslumbrante figura y mordaz ingenio, aficionada a la brujería, que dedicaba largas horas a hermosearse con ungüentos y perfumes, y el rey decidió convertirla en su nueva amante. Tras seis años de inmoral aventura, llegaba para Luisa el principio del fin previsto para todas las favoritas reales. El marido de la Montespan amenazó con el escándalo, y para evitarlo el rey obligó a la Lavallière a permanecer a su lado simulando seguir siendo su favorita, pero ya sin apenas visitarla. En mayo de 1667 el rey le concedió las tierras de Vaujours con rango de ducado, y todos comprendieron era su regalo de despedida. Durante tres años tuvo que permanecer marginada en la corte soportando toda suerte de humillaciones a cargo de su sucesora, hasta que en 1671, cuando supo que la Montespan había tenido ya tres hijos con Luis, huyó y se refugió en el monasterio de la Visitación de Chaillot. El rey, sintiéndose ofendido, se presentó en el convento amenazando a la priora que de no salir Luisa de inmediato, le prendería fuego. Contrariada y desengañada, volvió a la corte donde, protegida por Bossuet como primera de sus penitentes, permaneció aun tres años aceptando su desgracia como providencial misericordia de Dios para con su miseria moral y comenzando a reparar sus culpas.
Bossuet, que no dejó un solo día de confortar su espíritu, obtuvo el real permiso para que pudiera ingresar en un convento, y tras suplicar el perdón de la reina, Luisa dejó la Corte en abril de 1674 para entrar en el carmelo de la Encarnación de Saint-Jacques en París. En junio de 1675, a sus 31 años, profesaba como Sor Luisa de la Misericordia, recibiendo el velo negro de manos de la reina María Teresa. Tras 36 años de vida religiosa, entregada a la oración y la penitencia, Luisa moría el 7 de junio de 1710.
Bajo la dirección de Bossuet, habría compuesto unas Reflexiones sobre la misericordia de Dios, tratado moral sobre la misericordia y las virtudes teologales. El tratado, que se dice escrito en 1671 «a principios de su conversión, inflamada ya de del Amor a Dios y la detestación de sus culpas», a la vista de su citas teológicas y escriturísticas, conocimientos que Luisa no tenía, lo atribuyen algunos más bien a su director, del que ella habría sido mera amanuense, y que, dada su celebridad por el milagro moral de su conversión, al ser publicado en 1680 le sería atribuido para mayor difusión.
Comienza la versión española del libro con una «Breve noticia de la conversión, vida penitente y dichosa muerte de madama la Duquesa de La Vallière, religiosa carmelita descalza», y sigue con 24 «Reflexiones sobre la misericordia de Dios en forma de oraciones». Ni Bossuet ni Luisa, coetáneos de Santa Margarita María de Alacoque, conocían el mensaje del amor misericordioso del Corazón de Jesús y, al estilo de la espiritualidad francesa de la época, sus piadosas consideraciones reiteran como las virtudes morales, si no están animadas por la gracia de Jesucristo, no suelen ser sino máscaras del orgullo humano, pero sus acertadas «reflexiones» aciertan en reconocer que la propia miseria es condición para que el alma pueda recibir la misericordia de Dios. De ellas destacamos éstas:
«Haced, Señor, que conozca mi miseria y propia nada… y pues os gloriáis de ser un Dios de misericordia, hacédmela proporcionada a vuestra grandeza y a mi miseria. Mi alma ha puesto en Vos, Dios mío, toda su confianza, y pues sacáis de la enormidad de nuestros crímenes el motivo de vuestras misericordias, haced que mi corazón esté siempre más lleno de esperanza que de temor, y que no le tenga tan temeroso de vuestra justicia como esperanzado en vuestras misericordias… pues el reino de mis enemigos pasará, y mis trabajos acabarán, pero vuestras misericordias para mí no acabarán jamás.»
Una de sus exclamaciones parece prefigurar nuestro ofrecimiento del Apostolado de la Oración: «Señor, yo invocaré con confianza vuestra misericordia al comenzar y acabar todas mis acciones, a la mañana, a la noche, y en medio del día; mi corazón os ofrecerá mis negocios y mis designios con la confianza que tendré toda mi vida en vuestras misericordias.» Termina la obra con esta confiada petición: «En fin, Señor, tened piedad de mí, porque soy pobre y miserable, y Vos infinitamente rico y misericordioso.»