En octubre de 1618, Francisco de Sales llega por tercera vez a París. Será en esta ocasión, cuando Vicente de Paúl va a tener la oportunidad de conversar e intimar directa y largamente con el santo Obispo de Ginebra. Su estancia en París se prolongará durante todo un año. A este encuentro llega un Fran[1]cisco de Sales que, según su propia confesión, «ya iba declinando su vida hacia la vejez» (moriría en 1622), pero, sobre todo, llega un obispo que ha plasmado en su vida el modelo delineado por el Concilio de Trento, y un santo que desborda amor de Dios en el trato personal e irradia ese amor en el corazón de sus interlocutores. Su fi gura suscita admiración y reconocimiento universal, desde la gente sencilla de su diócesis hasta el grupo elevado de numerosos fi eles que se esfuerzan por la renovación de la Iglesia en Francia. Vicente estaba en el inicio de su vida apostólica. El mutuo aprecio y familiaridad que surge entre los dos, parece suponer que los dos santos estaban «hechos para comprenderse y amarse». Ello se manifiesta, dice Luis Abelly, San Vicente Paúl (1581-1660) Enero 2024 | 37 al considerar la elección que el santo Obispo y la Madre Chantal hacen del padre Vicente, el director espiritual del monasterio de la Visitación recién fundado en París, a pesar «de los varios sacerdotes sabios, virtuosos y de más edad que el señor Vicente». Ello respondía a la realidad de una comprensión íntima. Así nos lo confirmará Vicente de forma solemne en su Declaración para la beatificación de Francisco de Sales, el 17 de abril 1628. «Muchas veces me honré con el trato de Francisco de Sales. Añadiré además basándome en el trato familiar con que me honró, que abriendo conmigo su corazón me dijo una vez que, cuando predicaba, se daba cuenta de que alguno le movía interiormente», confiesa Vicente. El nivel de la confianza depositada por Francisco de Sales en Vicente, lo expresa una confidencia que el Santo Obispo le confía en presencia de la Madre Juana Francisca de Chantal, que había llegado a París, llamada por Francisco para la fundación del nuevo monasterio de la Visitación. Les confía el mismo Francisco: «¡Qué bien he humillado a nuestras hermanas, que se esperaban que fuese a decir maravillas en tan buena compañía!». Se trataba del primer sermón que Francisco predicó al día siguiente de la llegada a París de las hermanas, en presencia de la corte y de un auditorio selecto. Este tipo de conversaciones tan íntimas no eran casuales, sino habituales. En otra ocasión llegó a confesar a Vicente que no podía leer sus propios escritos sin llorar. «Supe de su propia boca y por haberlo visto en su trato familiar, que solía derramar lágrimas, cuando repa[1]saba los capítulos de los libros que él mismo había compuesto, pues se daba cuenta de que todas aquellas cosas las había escrito tan excelentemente, no por su propio ingenio, sino bajo la inspiración de Dios». La confianza e intimidad con que le solía tratar el santo Obispo hace exclamar a Vicente en un momento de su Declaración en el proceso de beatificación: «Sé a ciencia cierta, …». Por su parte, la admiración y veneración que Vicente de Paúl llegó a profesar a san Francisco de Sales, creció de día en día. «Cuando repaso en mi mente las palabras de este siervo de Dios, excitan tanto mi admiración que me muevo a creer que ha sido el hombre que mejor copió al Hijo de Dios, mientras moró en esta tierra». Llamó especialmente la atención de Vicente la bondad desbordante que transmitía en sus con[1]versaciones personales al hablar del amor de Dios. Esto le hizo exclamar en una ocasión en que repasaba en su interior la idea de la bondad de Dios, que Francisco le había manifestado: «¡Qué bueno eres, Dios mío, cuando tan amable es esta criatura vuestra!». A Vicente de Paul, que tenía un carácter «de natural bilioso y de un temperamento vivo y, por consiguiente, muy inclinado a la cólera», se le grabó en el fondo del alma este modelo. Ya antes se esforzaba en moderar su temperamento, que in[1]quietaba especialmente a la familia del Cardenal de Retz, donde residía. Desde el encuentro con Francisco de Sales intensificó este esfuerzo. Nos cuenta Abelly «que, Vicente de Paul, la primera vez que lo vio, reconoció enseguida en su aspecto, en la serenidad de su rostro, en la manera de tratar y de hablar, una imagen muy clara de la mansedumbre de Nuestro Señor Jesucristo, que le había ganado el corazón». Pero refiere, el confesor Miguel Favre de Francisco de Sales, «que no era dulce tanto por inclinación natural como por esfuerzo». Su hermano Juan Francisco explica que, al querer mostrarle su admiración por cómo había dominado su cólera, el Santo le confesó que «en muchas ocasiones, la cólera le hervía en el cerebro como hierve el agua en un cacharro puesto al fuego, pero que, por la gracia de Dios, aunque tu[1]viera que morirse por la violencia que tenía que hacerse para resistir esa pasión… jamás diría una palabra en su defensa». En el retiro de Soissons de 1621, Vicente le rogó a Dios que le cambiase ese temperamento brusco y le concediese uno dulce y benigno. Poco después, nos dice Jean Calvet, quedó curado por una gracia especial, precisamente a la muerte de Francisco de Sales en 1622, como si fuese «la última sonrisa de su amigo». Ya al final de su vida, confiesa a sus misioneros con evidente humildad: «Hace tanto tiempo que estudio esta lección y todavía no me la he aprendido
La multiplicación de los panes
De la fuerza de estos argumentos da cuenta un reciente artículo del apologista católico Karlo Broussard en Catholic Answers, donde propone dos “casos asombrosos”. «El primero hace referencia al milagro de la multiplicación de los panes. San Juan cuenta...