San Atanasio (4): el arrianismo

ARRIO era un sacerdote nativo de Libia de la Iglesia de Alejandría, que había sido sancionado junto con el sacerdote Melecio, por querer tratar duramente a los sacerdotes que renegaron en la persecución de Diocleciano y que luego querían volver a la Iglesia, en tiempo del obispo san Pedro de Alejandría.
Entre los años 315 y 318 las enseñanzas de Arrio negando la divinidad de Jesucristo habían tenido éxito, al hacer peligrosos progresos, entre las «vírgenes consagradas» de la sede de San Marcos, Alejandría. Arrio, al negar la divinidad de Jesucristo, y por ende, su capacidad de obrar la Redención acusó al obispo Alejandro de sabelianismo. La enseñanza de Arrio había sido formulada años antes por Luciano de Samosata, fundador de la Escuela de Antioquía, pero Arrio fue quien expandió esta herejía. Éste fue depuesto en un sínodo en Alejandría constituido por más de cien obispos de Egipto y Libia. El
heresiarca condenado se retiró primero a Palestina y luego a Bitinia, donde, bajo la protección de Eusebio de Nicomedia y el mismo Luciano, se aceptaba mejor que Jesucristo viniese a ser un demiurgo afín a su platonismo semi-mágico. De esta herejía conviene considerar su continuidad y a la vez su contraste con anteriores fases del «error judío», que intentaba reducir a horizontes terrenales y humanos la figura del Mesías y el sentido y carácter de su Reino. Atanasio, aunque era sólo un
diácono, debió tener un papel importante en estos eventos. Él era el secretario de confianza y consejero de Alejandro, y su nombre aparece en la lista de aquellos que fi rmaron la carta encíclica emitida posteriormente por el primado y sus colegas para contrarrestar el creciente prestigio de la nueva enseñanza y el impulso que estaba comenzando a adquirir Arrio, debido al ostentoso patrocinio le hacía la facción de Eusebio.
De hecho, es a este partido y a la influencia que fue capaz de ejercer  en la corte del emperador, que
parece deberse principalmente la subsecuente importancia del arrianismo como un movimiento político,
más que religioso. Ahora causa extrañeza comprobar cómo el pueblo se apasionaba por el tema teológico. En el puerto, en los mercados, en los talleres, en el teatro, en los baños, en las calles,
hombres y mujeres y hasta chiquillos venían a las manos discutiendo con ardor si tenía razón Arrio o
su obispo Alejandro de Alejandría. No se oía otra cosa, como había de hacer notar más tarde san Gregorio Nacianceno: «Si preguntáis a un mercader cuánto pide por su mercancía, os responderá si creéis  que el Hijo fue engendrado o no engendrado; el panadero os dice: el Hijo es subordinado al Padre. Y si mandáis al criado que os caliente el baño, replica que el Hijo fue creado de la nada.»
Que la controversia desbordaba la capacidad sobrenatural del emperador se deduce claramente de su
reacción ante el tremendo problema planteado: «¡Ay de mí! –escribe a los contendientes–. ¡Qué herida me ha causado en el corazón oír las querellas que os dividen!»(…) «Investigando la causa de estas discusiones encontré que era un asunto insignificante y enteramente desproporcionado el de esta controversia; porque vos, Obispo Alejandro, preguntáis a vuestros presbíteros lo que piensan acerca de un pasaje de la Escritura Santa, o sobre cuestiones tontas; y vos, Arrio, sin ningún respeto, lanzáis
ideas que nunca debíais haber pensado, o si las pensasteis, debíais haber callado…». ¡Parece que la divinidad de Jesucristo era, para «el protegido del Dios de los Cristianos» un asunto insignifi cante!
Es mérito peculiar de Atanasio que no sólo viera el decurso de las cosas desde el puro principio, sino
que se mantuviera confi ado sobre el tema hasta el fi nal. Su visión y valentía se mostraron como un baluarte de la Iglesia Cristiana en el mundo casi tan efi ciente como su singularmente lúcida comprensión de la creencia tradicional católica. La oportunidad llegó en el año 325, cuando el Emperador Constantino el Grande, aconsejado por Osio, obispo de Córdoba, que por aquel momento gozaba de su favor, convocó el Concilio de Nicea con la esperanza de poner fin a los escandalosos debates que estaban perturbando la paz de la Iglesia.
El gran concilio convocado en esta coyuntura fue algo más que un evento fundamental en la historia
del cristianismo.