HACE 75 AÑOS

En 1982, el papa san Juan Pablo II, realizó una visita apostólica de diez días por distintos lugares de España. En las numerosas homilías que nos regaló, existe un continuo llamamiento a preservar la tradición católica que ha caracterizado estas tierras. Nada más llegar recordaba esta tradición que hemos recibido:
Soy consciente de que vengo a una nación de gran tradición católica, muchos de cuyos hijos contribuyeron a la humanización y evangelización de otros pueblos. Son páginas históricas que hablan muy alto de vuestro pasado.
Del mismo modo en Santiago de Compostela, a los pies de la tumba del apóstol Santiago, nos volvía a recordar: Al final de mi visita pastoral a España, aquí, cerca del santuario del apóstol Santiago, os invito a reflexionar sobre nuestra fe, en un esfuerzo para conectar de nuevo con los orígenes apostólicos de vuestra tradición cristiana… La fe cristiana y católica, constituye la identidad del pueblo español…
Estas palabras del Papa nos sirven para introducir el artículo que, hace 75 años, aparecía en la revista Cristiandad, en el que un polaco recuerda cómo se vivía la Pascua en Polonia. Hoy en día, en el que parece que las tradiciones son algo del pasado, y en el que lo novedoso, el progreso, y la tecnología futura es lo que más nos atrae, es de vital importancia volver a recordar nuestras tradiciones, en la medida que ellas manifiestan la manera en la que la fe cristiana ha ido impregnando y conformando la realidad de nuestra vida.

La Pascua en Polonia

Mi propósito es hablarles de la Pascua en Polonia. Hay en nuestro país ciertas costumbres que no existen en ningún otro lugar… Nada refleja mejor el alma de un pueblo que su vida religiosa. ¿Debo confesarlo? Mi única ambición es hacerles conocer mejor mi país y hacer que lo amen…
A quien siga atentamente nuestra historia se le aparece como un tejido maravilloso de hechos que escapan a las leyes deterministas. ¡Cuántos «diluvios» debieran de habernos engullido! ¡Cuántas oleadas amarillas, rojas y otras han estado a punto de borrarnos de la superficie de la tierra! Desgarrada, martirizada, anegada en un mar de fuego y sangre. Polonia desde siempre, se obstina en renacer, en triunfar, y son sus mismos verdugos los que perecen. Para un polaco, nada más consolador, en la hora presente, que la historia dolorosa y gloriosa de su país. ¡Si damos fe de la Cruz, daremos también fe de la resurrección! Sólo las perspectivas cristianas aclaran y explican el destino misterioso de este pueblo, siempre oprimido, pero jamás vencido. La Pascua nos explica a nosotros mismos…
Las persecuciones religiosas van siempre a la par con la opresión del espíritu nacional. Arrostramos el peligro sin vacilar; nada está perdido mientras un pueblo permanece fiel a su alma. Nuestros peores enemigos, son aquellos de entre nosotros, por fortuna raros, que han abandonado o traicionado la fe de sus padres. Antes de continuar debo advertir a ustedes que trataré de evocar ante sus ojos mis recuerdos de infancia y las costumbres vistas y vividas en aquella parte de Polonia que es mi «pequeña patria»…
Pues bien, imaginen nuestro mes de marzo o principios de abril, época que coincide con la Pascua. Llanuras inmensas cubiertas de un blanco lienzo. Toda una gama de colores a la puesta del sol sumerge en éxtasis a pintores y poetas. La nieve es dura y compacta, de un metro o más de espesor. Los ríos se hallan prisioneros bajo sus corazas de hielo… El invierno, ese gran señor implacable hállase frente a otro más fuerte que él. La vida triunfal recobra sus derechos y toda la naturaleza, al igual que la Bella Durmiente del Bosque, ¡se despierta bajo el beso del joven recién llegado. La nieve se funde y desaparece en un gran murmullo de riachuelos innumerables… y justamente en este momento celebra la Iglesia la muerte y la resurrección de Cristo Salvador. ¿Puede uno imaginarse para este misterio un marco más grandioso que el de la naturaleza resucitando de su sueño invernal?… ¿Cómo quieren hacer creer a un campesino que la muerte es un
En 1982, el papa san Juan Pablo II, realizó una visita apostólica de diez días por distintos lugares de España. En las numerosas homilías que nos regaló, existe un continuo llamamiento a preservar la tradición católica que ha caracterizado estas tierras. Nada más llegar recordaba esta tradición que hemos recibido:
Soy consciente de que vengo a una nación de gran tradición católica, muchos de cuyos hijos contribuyeron a la humanización y evangelización de otros pueblos. Son páginas históricas que hablan muy alto de vuestro pasado.
Del mismo modo en Santiago de Compostela, a los pies de la tumba del apóstol Santiago, nos volvía a recordar: Al final de mi visita pastoral a España, aquí, cerca del santuario del apóstol Santiago, os invito a reflexionar sobre nuestra fe, en un esfuerzo para conectar de nuevo con los orígenes apostólicos de vuestra tradición cristiana… La fe cristiana y católica, constituye la identidad del pueblo español…
Estas palabras del Papa nos sirven para introducir el artículo que, hace 75 años, aparecía en la revista Cristiandad, en el que un polaco recuerda cómo se vivía la Pascua en Polonia. Hoy en día, en el que parece que las tradiciones son algo del pasado, y en el que lo novedoso, el progreso, y la tecnología futura es lo que más nos atrae, es de vital importancia volver a recordar nuestras tradiciones, en la medida que ellas manifiestan la manera en la que la fe cristiana ha ido impregnando y conformando la realidad de nuestra vida.
La Pascua en Polonia
Piotr Kmita
Cristiandad mayo 2021 — 37
fin, cuando él sabe por experiencia que sólo es una prenda de renovación? ¿No experimenta todos los años la verdad de la parábola del grano que muere?
(…) La Semana Santa está dedicada a una doble labor: a los preparativos espirituales y a los preparativos materiales para la fiesta que se aproxima. Los dos trabajos se enlazan estrechamente. ¿Cómo sería posible separar el cuerpo del alma o el alma del cuerpo? La sencilla sabiduría del pueblo se esfuerza en espiritualizar el mundo material poblándolo de símbolos. Naturalmente «Dios es el primer servido».
Voy a hablarles de costumbres que sólo existen en mi país. En primer lugar, voy a contarles una bonita y vieja costumbre desconocida fuera de Polonia y que se llama «el Santo Sepulcro». En España, al igual que en Francia, como en todas partes, excepto en mi patria, durante la Misa de Presantificados, el Viernes Santo, las santas especies reservadas desde la víspera en el Monumento, son consumidas por el sacerdote oficiante y el tabernáculo permanece vacío en señal de luto. Por el contrario, allí no es así. Desde tiempo inmemorial, se ha implantado una emocionante costumbre y, digámoslo francamente, poco litúrgica, que caracteriza de una manera admirable el alma de nuestro pueblo. Cuando los sacerdotes intentaron dejar el tabernáculo vacío, según el uso general, el pueblo declaró rotundamente que no lo permitiría. ¿Cómo vamos a permanecer sin «el Señor Jesús» como en mi tierra decimos, en el día más santo del año? No, y mil veces no. Y cuando un polaco dice no, no hay absolutamente nada que hacer. Los entendidos en liturgia quedaron perplejos. ¿Cómo hermanar las exigencias populares con los ritos habituales? El caso se estudió. Fue sometido a las autoridades. La Santa Sede otorgó privilegios. He aquí lo que se hizo, lo que se practica en todas las iglesias de Polonia desde hace más de 600 años. El Jueves Santo se reserva en el Monumentos dos hostias. Una para la misa de Presantificados, otra para ser expuesta en el Santo Sepulcro. La sola diferencia entre esta exposición y la habitual consiste en que la custodia está recubierta de un bonito velo transparente en señal de luto… El Monumento del Jueves Santo no tiene nada de particular. Como en España, el tabernáculo está escondido bajo un derroche de flores. Cada feligrés considera que es un deber el contribuir. Reparen ustedes que son flores de invernadero, la mayoría tulipanes, narcisos que exhalan un dulce perfume, nardos, camelias, violetas y ciclámenes. No se regatea con Dios y las flores no faltan nunca…
Huelga decir que en Polonia no se vela solamente durante la noche del Jueves al Viernes Santo, sino también las dos noches siguientes. ¿Concede Dios gracias especiales a aquella buena gente?… Los soldados con permiso montaban guardia delante del Sepulcro, impecables… Nuestros antepasados se preparaban para la batalla pasando la noche en la iglesia, prosternados, los brazos en cruz y a veces con la armadura completa. Las más destacadas e inverosímiles victorias, aquellas en que habían osado afrontar a un enemigo cinco y hasta diez veces superior, iban precedidas siempre por grandes citas nocturnas con el Dios de los ejércitos. Antes de la gran victoria de Chocim sobre los turcos cinco veces más numerosos, Sobieski –todavía no elegido rey– pasó la noche solo, en su capilla de campo. Las crónicas nos narran su larga vigilia antes del rescate triunfal de Viena, que relató al Papa con estas cuatro palabras: veni, vidi, Deus vicit.
Invito a ustedes a entrar en una casa de mi país. Es cuaresma. El ayuno es riguroso. En mi infancia me enseñaban un cinturón de cuero del abuelo que todos los años, durante el ayuno cuaresmal, estrechábase tres agujeros. La penitencia cuaresmal era cosa formal e indiscutible; únicamente los enfermos solicitaban una dispensa. Las mujeres se entregaban con ardor a obras de misericordia. Los pobres no lo ignoraban y todos los días pasaban verdaderas procesiones de mendigos, ninguno de los cuales se iba con las manos vacías. El Jueves Santo, en ciertas casas patriarcales, eran invitados doce mendigos a los cuales el dueño de la casa lavaba los pies en conmemoración del mandato evangélico. ¿Debo confesarlo? A pesar de la prohibición terminante del abuelo, la abuelita más práctica, conducía aquella buena gente al «office» para así poderles someter a ciertas previas abluciones indispensables. Lo más gracioso era que el abuelo nunca se había percatado de ello. El Viernes Santo se ayunaba a pan y agua. Mi abuela, muy delicada de salud, comía en este día cinco pasas, cinco almendras y cinco dátiles «en honor a las cinco llagas del Señor»…
Debo terminar con una confesión: si durante la cuaresma se había ayunado rigurosamente, durante la semana pascual se llevaban a cabo sólidos desquites y se llenaban concienzudamente las brechas. Un tío mío, gran comilón y bebedor, me explicaba que haciéndolo así obedecía a la Iglesia, que dice bien claramente «epulemur», es decir, «banqueteemos». Las obras de arte culinarias desaparecían como por encanto. Se comía, bebía y cantaba…
… Pero, iay! este año no ha habido Pascua en mi patria. Todo lo que les he dicho pertenece al pasado. Las iglesias están en ruinas, las sacerdotes muertos o dispersos. Lo mismo ricos que pobres mueren de hambre. Todo un pueblo ajusticiado vive cotidianamente en la agonía del Viernes Santo. Señor, ¿cuándo, pues, nos haréis participar de la alegría de la Resurrección? ¿Cuándo en lugar del «miserere», podremos cantar el «aleluya»?