Tres preguntas sobre la educación

Cuando el lector de CRISTIANDAD tenga este número en sus manos, el presente curso escolar y universitario habrá dado sus primeros pasos en fechas muy recientes. Un curso lleno de interrogantes y de algunos malos y graves presagios. No nos referimos principalmente a la circunstancia tan singular de la situación sanitaria provocada por el covid-19, sino al hecho de que la crisis educativa, que ya hace tiempo caracteriza nuestro tiempo, se ha hecho más evidente, en parte por las circunstancias aludidas, pero sobre todo por el anuncio que ha hecho el gobierno español de su voluntad de regular de nuevo legislativamente todo el sistema educativo. Por ello hemos creído oportuno dedicar nuestras páginas, una vez más y de forma monográfica a tratar a la luz de la fe, de la doctrina del magisterio de la Iglesia y también del
sentido común, conforme a las exigencias de la naturaleza humana, de algunas cuestiones que puedan ayudar a encontrar las respuestas adecuadas al actual reto educativo.
Podríamos resumir esta reflexión inicial como un intento de contestar a las tres preguntas fundamentales referidas a la educación. ¿Quién tiene el derecho y la obligación de educar?,
¿Cuál debe ser el contenido de la educación?, o lo que es lo mismo, ¿en qué consiste educar?
Y finalmente cómo se tiene que realizar la tarea educativa? En los distintos artículos de este número se irán tratando algunas de las respuestas que se pueden dar a estas cuestiones fundamentales. Aprovechamos esta presentación para hacer unas sencillas y primeras reflexiones.
En nuestros días, en España y en general en toda Europa, el Estado se erige como principal y casi exclusivo protagonista de la autoría educativa. No se reconoce el derecho originario de los padres y de la Iglesia, derecho que es prioritario e intransferible porque tiene su origen en el mismo Dios, que ha puesto en manos de los padres la capacidad única de transmitir la vida humana. Esta comunicación de vida quedaría incompleta si no fuera acompañada de aquello que es absolutamente necesario para vivir humanamente, como es la educación. La Iglesia tiene también el derecho de educar, recibido
directamente de Dios, porque es la única que nos puede engendrar a la fe y a la vida a la que
está destinado el hombre, es decir, a la vida eterna. La Iglesia, al enseñar, cumple un mandato divino: «Id y enseñad a todas la gentes». El Estado deberá procurar que la educación sea un bien que llegue a todos los ciudadanos, pero en ningún caso tiene algún título para ejercer la tarea educativa, es una clara usurpación de derechos y deberes que le son ajenos. La razón de ello es clara, el Estado moderno pretende substituir a los padres justamente en aquellos deberes que le son más intrínsecos y al mismo tiempo se presenta como la nueva Iglesia, fuera de ella no hay salvación, una salvación que consiste en ser un súbdito obediente, sumiso y agradecido a las nuevas directrices ideológicas que emanan de un «ente» que afirma desconocer lo que es la vida humana, o la reduce a algo meramente material. De ahí la gravedad de tal usurpación, la educación que los padres realizan directamente o a través de los centros que surjan de su iniciativa no es una función subsidiaria allí donde no llega el Estado, sino al contrario, es el Estado el que de forma subsidiaria podría, en ciertas ocasiones y al servicio del bien común, asumir parcialmente esta tarea educativa.
Respecto a la segunda pregunta, no podemos evidentemente en pocas líneas contestar, solo recordar que educar es ayudar al educando a alcanzar su perfección, hablar de perfección presupone saber en qué consiste la perfección del hombre, es decir, no hay posibilidad de educar sin una concepción de lo que es el hombre. ¿Cuál es el modelo que mediante la educación pretendemos alcanzar? Frecuentemente se pretende educar sin haber contestado antes la pregunta crucial: ¿Qué es el hombre? y por tanto en
qué consiste la perfección humana. A la luz de la fe solo hay una respuesta posible, que es la que repetidamente ha dado el magisterio de la Iglesia: solo se puede educar debidamente cuando toda la enseñanza refleja una concepción de toda la realidad material, espiritual y divina impregnada por la fe cristiana; esto debe concretarse en todos los contenidos educativos, morales, culturales, incluidos los conocimientos. Solo a vía de ejemplo, es muy distinta una historia que no es más que una sucesión de hechos, contemplados como resultado de un proceso necesario e inmanente, a explicarla como el ámbito donde se manifiesta la Providencia divina y la libertad humana. Serán dos tipos de historias heterogéneas.
Finalmente, ¿cómo enseñar? Gran parte del debate educativo, desde hace años, se reduce al intento de contestar a esta cuestión. Especialmente se hace referencia a la necesidad o no de los nuevos medios audiovisuales, unido a cuestionarse el papel del maestro. En las circunstancias actuales a este debate se ha añadido el tema que gira en torno a las virtudes o limitaciones de la enseñanza virtual.
No negamos que estas cuestiones merecen una reflexión seria y como decimos anteriormente una
gran dosis de sentido común. Pero lo importante y decisivo es siempre recordar que la enseñanza es
algo más que transmitir conocimientos, es fundamentalmente comunicación de vida. Incluso cuando parece que se trata exclusivamente de transmitir saberes de cualquier tipo, si estos no fueran algo
importante y vinculado al bien y a la felicidad del educando, no tendría sentido comunicarlos. Solo se
puede transmitir aquello que se posee y comunicar lo que está íntimamente ligado con la vida humana
requiere no solo un origen más o menos inmediato del ser humano sino que pide normalmente su
presencia física, pero solo esta presencia tendrá su verdadero significado si cumple con una condición:
enseñar con autoridad: sin ella no es posible la tarea educativa, y no se trata de una cuestión de disciplina, sino que el maestro tiene que tener y hacer uso de la autoridad que exige su tarea, y porque tiene autoridad podrá encontrar aquella disposición que es indispensable en el educando, reconocimiento y  confianza. En la actualidad ésta es una de las razones de la crisis educativa: en tantos ámbitos sociales
hay crisis de autoridad que repercute en la educación y hace imposible su tarea. Pero, como decía
Benedicto XVI, en nuestros días «se considera autoritaria toda defensa de la verdad» y sin aceptación
gozosa y entusiasta de la verdad no hay posibilidad de educar.