La Consagración, motivo de esperanza

CUANDO el lector tenga en sus manos el actual número de Cristiandad no sabemos si desgraciadamente aún continuará la actual guerra en Ucrania o si ya se habrá alcanzado un acuerdo
más o menos duradero de paz. En cualquier caso hemos creído oportuno refl exionar sobre las dolorosas y misteriosas circunstancias que acompañan a esta, para muchos, inesperada guerra que ha arrasado poblaciones enteras y ha obligado a millones de víctimas a dejar sus hogares y buscar refugio en otros países. De nuevo han vuelto a oírse discursos y amenazas que hacen referencia a una nueva guerra mundial, que podría venir acompañada de las temidas armas nucleares.
Desde principios de siglo xx con la llamada Gran Guerra, la humanidad y especialmente Europa se ha vista inmersa en sucesivas guerras que han sido consideradas de algún modo como fuera de tiempo o como las últimas guerras, desde la perspectiva de la Ilustración, que proclamaba el fi n del ruido de las armas como consecuencia de la desaparición de los enfrentamientos religiosos, considerados como la causa principal de las guerras europeas en los siglos XVI y XVII. Así podemos entender el anuncio de Kant sobre «La paz perpetua» o los acuerdos que dieron lugar a la formación de la «Sociedad de Naciones». Los hechos han desmentido esta falsas profecías y confi rman lo que recordaba Juan XXIII en la encíclica Pacem in terris: «La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios».
Ante estas trágicas circunstancias hemos podido asistir con gran gozo y esperanza a la también inesperada consagración al Corazón Inmaculado de María de Rusia y Ucrania, que el papa Francisco presidió el pasado 25 de marzo, con un llamamiento a toda la Iglesia para que se uniera a la consagración en esta «hora oscura» y de «tribulación».
De un modo explícito con gestos y con palabras el Papa ha querido hacerse eco de la reiterada petición de la Virgen de Fátima, unida a la promesa de la conversión de Rusia ya la esperanza de paz con el triunfo de su Corazón Inmaculado.