Hace 75 años

Hace 75 años la revista Cristiandad centraba su atención en las consecuencias que tuvo la invasión
napoleónica para el devenir de la historia de España. En palabras del historiador Menéndez Pelayo,
en su «Historia de los heterodoxos españoles»: «La larga ocupación del territorio por los ejércitos
franceses… contribuyó a extender y difundir en campos y ciudades, mucho más que ya lo estaban, las
ideas de la Enciclopedia y la planta venenosa de las sociedades secretas».
De la mano de Luis Creus Vidal, recogemos algunos fragmentos del artículo en el que va desgranando
las consecuencias de aquellas ideas que se materializaron en lo que fue el pórtico por el que
entró el liberalismo en España, la Constitución de 1812:

Actualidad renovada del viejo liberalismo ochocentista
artículo de Luis Creus Vidal (†)

Cuando el conde de Toreno… escribió su obra sobre los años de la Guerra de la Independencia,
la tituló «Historia del Levantamiento, Guerra y Revolución de España». Más brevemente, fue conocida en su tiempo por estas solas tres palabras «Revolución de España».… Para el hombre de la calle –aún el hombre de la calle que lee y piensa–, los años durante los cuales las tropas franco-napoleónicas invadieron nuestro suelo, sirven, de hecho, de escenario solamente a la epopeya de nuestros abuelos, de la que aún ahora, y justamente, nuestro orgullo nacional se envanece. Todo lo demás se eclipsa ante el brillo de los héroes del Bruch, de Bailén y de Vitoria…
CRISTIANDAD ve en esta revolución española, no un simple episodio, sino uno de los hechos más trascendentales del pasado siglo.
Revolución de España y revolución de Europa La Revolución que viene asolando moral y materialmente
el Occidente… data del siglo XVI, o, mejor, del XV y aún del XIV propiamente hablando.
Ya en el siglo XVII, no sonará a exageración de nuestra parte el declarar que se había extendido, más
o menos intensamente, a todos los pueblos de Europa: a todos, si se exceptúa a aquel pueblo teólogo…
aquel pueblo que, en tanto cundían en todas partes las corrientes del humanismo y del libre examen, seguía hallando su complacencia y mejor alimento para su sano espíritu en los inmortales autos de Calderón de la Barca.
Ya que no en sus clases superiores, si por lo menos en su recia entraña, permaneció largo tiempo informado, el pueblo ibérico, por aquel espíritu. Y aún en plena decadencia material, el viejo caserón del hispano Imperio constituía en el Mundo una sólida reserva; era como un fuerte cable que podía evitar que la desmantelada nave europea fuese definitivamente arrastrada por la vorágine de los errores que, en riada creciente,
iban liquidando cuantas instituciones el Medioevo cristiano, lenta y trabajosamente, había logrado edificar sobre el caos de la antigua barbarie. Sonó la hora de España. La Providencia, en sus misteriosos designios permitió que nuestra patria fuese sometida, a su vez, a prueba. La ocasión la dio la conmoción napoleónica….
Caracteres especiales de la revolución española
Tras de un siglo XVIII, en el que las ideas… solamente apuntan en España disimuladas tras el regalismo y conatos de enciclopedismo y escepticismo, presenciamos el rarísimo fenómeno que nos ofrecen aquellas Cortes. Mientras el guerrillero español se desangra en nuestros riscos honrando a su Dios y defendiendo a su rey, unos pocos tribunos sobrevenidos, declaman en aquel extremo sur de la Península, y sostienen, en lo político, aquellas ideas que pretenden exportar precisamente los odiados invasores. Y queda la palabra mágica, flotando, que resume todas aquellas ideas: constitución.… es ahora, es en este tiempo, en que podemos admirar un fenómeno sorprendente. La actividad de las sectas, momentánea y prudentemente anulada en estados harto más carcomidos que el nuestro –todos los demás de Europa– por las ideas liberales, parece concentrarse, por obra y gracia de una serie de osados, en la agitación de España.
¿Cómo podían esperar, precisamente del pueblo más reacio de toda Europa, un cambio que parecía
completamente utópico?
Una serie de osados… Españoles habían de ser, siquiera al servicio –seguramente inconsciente– ya que
no de sus sectas de menor cuantía, de la secta superior que dirigía a aquellas. No logró ni entonces, ni más tarde, –no lo ha logrado aún, y nuestra pasada guerra de liberación es prueba de ello–, la fuerza del abismo, infeccionar por completo al noble pueblo español: mas logró hacerse primero con unos cuantos adalides… para después desviar una minoría del repetidamente citado pueblo. Era este su designio; el de
utilizar siquiera algún sector de aquella generosa y magnífica «furia española», lamentablemente desviada, para el servicio de la peor de las causas.
Bien que disfrazada –que, de otro modo, jamás hubiera podido engañar la generalmente candorosa ingenuidad de muchos– con los falsos oropeles con que las grandes ideas de libertad supieron cubrir entonces –y saben hacerlo aún– sus tan míseras como impúdicas desnudeces. … ¡Atrevida conspiración la de la secta! En una Europa sumida bajo la reacción triunfante, tras sucesivos empeños y pronunciamientos, unos Riego o Quiroga cualesquiera, en un lejano Cabezas de San Juan, aciertan, bien o mal, a su manera, a establecer sobre los viejos maderos, ahora agusanados, del
trono de los Reyes Católicos y de Felipe II, nada menos que la primera monarquía constitucional de
Europa… contra viento y marea. La historia no ha hecho aún bastante justicia a lo extraordinario y casi
monstruoso del hecho. Y España se convierte, durante tres años, en el «adelantado de la revolución
europea» de que hablábamos antes, la España de unos pocos, la ofi cial, naturalmente, más ello basta…
es la «furia española», aquella misma, en esencia, la que batió en épocas más felices a la morisma
en las Navas de Tolosa y al hereje en Mühlberg, la que ahora parece haber mudado de campo y servir,
siquiera por su ejemplo, no ya a su eterno Rey y Señor, sino al Príncipe de este Mundo…
Consecuencias de la revolución española
Mas no todos los españoles han sido víctimas de engaño. Inmediatamente… surgen las defensas. Comienza, propiamente, la primera guerra civil… En las cabezas no infeccionadas, afluye la sangre de los corazones generosos, y las guerras civiles demuestran que, como dijo muy bien el gran poeta de la Hispanidad, Verdaguer, antes que a su Dios; le arrancarán a España sus sierras. En este aspecto positivo del cuadro, CRISTIANDAD no dejará de complacerse. Más ahora nos interesan los dos aspectos negativos que constituyen la triste herencia o legado de la Revolución española precarlista. …Fue la primera la de haberse logrado alzar un pendón contra la reacción de la Santa Alianza. Importó poco, en el fondo, la derrota: la secta ya tenía sus «mártires ». Nietos de aquellos guerreros que habían defendido la Cristiandad contra el islam, o la catolicidad contra el nordismo protestante, yacían… en nuestros campos, sacrificados estúpidamente en aras de un ideal medrado. Sangre vertida con la generosidad ingenua que inspira un ideal que se cree sublime, cuando en realidad es un hijo de la Mentira… Inútilmente los hubiera buscado en los hijos de otros países de Europa, menos dados a seguir el corazón que el vientre.
Y fue la segunda, la anulación de España. Anulación como imperio. Porque, en medio de estos vaivenes, la Secta había conseguido otro su ideal, no por inmediato y relativamente secundario, menos considerable: la independencia de las Américas. Desaparecía el mayor imperio del mundo (siquiera en extensión), imperio, que precisamente, era el imperio católico por excelencia. Y a los antiguos virreinatos que, unidos a la madre patria, hubieran… constituido de nuevo seguramente la mayor de las potencias mundiales, sucedieron mosaicos de repúblicas que aun hoy tiemblan…
Y anulación como nación. Anulación de la tantas veces repetida «furia española», en pugna, neutralizada
así, al luchar consigo misma. Ya no era de temer. Ya la vieja España no habría de servir de espada de la
catolicidad en lo sucesivo, por cuanto todas sus energías… se consumirían, en adelante, en perpetuo antagonismo interior.