Los últimos tiempos

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Como ya anunciamos en el número anterior, continuamos la reflexión sobre algunos aspectos de los que trata san Pablo en la segunda carta dirigida a la comunidad de Tesalónica referentes a los últimos tiempos. Hemos elegido dos cuestiones, no con espíritu de curiosidad, sino porque creemos que pueden dar luz para entender y vivir estos tiempos e incluso plantearnos si estamos asistiendo al cumplimiento de aquello anunciado por san Pablo.
San Ignacio, en la conocida meditación de las dos banderas, desvela la táctica de las tentaciones del demonio para apartarnos de Dios. En primer lugar, generalmente la tentación es de codicia de riquezas, «para que más fácilmente vayan en honor del mundo y después a crecida soberbia». Riqueza, vanidad y soberbia, y de ahí nacerían todos los demás vicios y pecados. Estas palabras inspiradas de san Ignacio nos pueden ayudar a entender lo que ha ocurrido en el mundo occidental para pasar de la gloriosa Cristiandad a tiempos de apostasía. Podría sorprender esta evolución histórica y especialmente la facilidad con que se pasó del legítimo deseo de satisfacer las necesidades, a centrar la actividad humana de forma obsesiva en conseguir un bienestar siempre creciente y al mismo tiempo insuficiente. Justificando esta actitud se ha podido llegar a afirmar que «los vicios privados son virtudes públicas», como si el lujo ilimitado haya sido el motor necesario para el progreso económico. Esta primicia del bienestar insatisfecho ha perdurado hasta nuestros días. Sin embargo, a partir de la Ilustración, y especialmente en los siglos xix y xx, en que se acelera el progreso científico, la vanidad y la soberbia se apoderan del ánimo de las élites intelectuales y políticas.
La manifestación de este pecado se puede interpretar como un intento satánico de erradicar al mismo Dios del corazón del hombre, que es su templo, para abandonarlo a la soledad soberbia de sí mismo. A partir de este momento solo el hombre, su voluntad y sus apetitos pueden ser la última referencia de la vida personal y colectiva. ¿No se referirá a esto a san Pablo al anunciar que, cuando venga la apostasía, «el hombre de la iniquidad» se sentará él mismo en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios?
También encontrará el lector un artículo que trata de otra posible interpretación de las palabras de san Pablo, como si estuvieran referidas a una futura reconstrucción del templo de Jerusalén; aunque en esta ocasión no sería para adorar a Yahvé, el Dios de Israel, sino para la adoración del Anticristo. Por este motivo nos parecen de suma importancia rastrear los intentos que ha habido, y que hoy día se han intensificado, en torno a la reconstrucción del Templo de Jerusalén.

El segundo tema que ha sido objeto de reflexión en varios artículos se refiere a aquellas misteriosas palabras de san Pablo a los Tesalonicenses relacionadas con lo que ya les había comunicado verbalmente cuando estuvo con ellos pero cuyo contenido concreto ignoramos al no haber ninguna constancia escrita. San Pablo se refiere a lo que retiene e impide la manifestación del «hombre de iniquidad, el hijo de la perdición», es decir, del Anticristo. ¿A qué se refería san Pablo? Muchos santos Padres, siguiendo una tradición apostólica, creen que se refería al Imperio romano, tanto en sus estructuras jurídicas como en lo que representaba como principio de autoridad en la vida social. La cuestión histórica relativa a la permanencia política del Imperio romano más allá del siglo v ha sido tratada repetidamente en las páginas de nuestra revista por lo que en esta ocasión nuestra reflexión se ha centrado más en considerar el tema del principio de autoridad por él encarnado. No es necesario ningún conocimiento sociológico especializado para constatar que una de las características del mundo actual, presente en todos los ámbitos de la vida humana, es la crisis del principio de autoridad. Las graves consecuencias en la vida familiar, reflejadas en la desaparición cada vez más frecuente de la autoridad paterna, es un tema hoy día recurrente mientras que la ausencia del principio de autoridad en la vida política nos somete más y más a fuerzas ideológicamente totalitarias.
El espíritu revolucionario de rebeldía, que erige exclusivamente a la voluntad propia o colectiva como única referencia de la vida humana, ¿no es prueba de que aquello que detenía la manifestación del Anticristo ha desaparecido?
Creemos que es importante insistir que el ocuparnos de estas cuestiones, como señalaba nuestro fundador, el padre Ramón Orlandis, está impulsado no por un espíritu de curiosidad estéril sino para hacer crecer en todos nosotros el espíritu de filial confianza en los planes de la Providencia revelados de un modo muy especial en Paray- le- Monial a santa Margarita Mª de Alacoque con las palabras: «Reinaré a pesar de mis enemigos».