Razón del número

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Es algo obvio afirmar que el mundo occidental se encuentra en una encrucijada decisiva o quizá sería más adecuado decir que estamos en un callejón sin salida aparente. Las causas de este tipo de afirmaciones son diversas y no siempre reconocidas. El mundo occidental no quiere reconocer sus raíces cristianas; es más, las rechaza. Y estas raíces son las que le han dado su identidad y su relevancia en la historia de la humanidad. Mucho antes de que empezara a hablarse de la globalización como uno de los fenómenos más característicos del mundo actual, Toynbee había señalado que por primera vez en la historia una civilización, la civilización occidental, había alcanzado un nivel planetario. Hasta ahora todas las civilizaciones tenían un ámbito geográfico reconocible; en la actualidad la presencia cultural del mundo occidental supera cualquier frontera. Es evidente que este carácter universalista del Occidente tiene su explicación en sus orígenes cristianos. Una fe destinada a ser predicada hasta los confines del mundo ha comunicado sus ansias universalistas a la civilización a la que ha dado origen.
Otro aspecto relevante que también refleja esta situación de profunda crisis del Occidente es lo que se ha venido a llamar «el suicidio demográfico». La drástica reducción de los índices de fecundidad en la mayor parte de los países occidentales ya no asegura el reemplazo de la población en las próximas generaciones. El resultado es la necesidad de la población de origen migratorio para poder evitar la paralización de las actividades sociales. Entre las causas de esta grave situación está sin duda la pérdida de esperanza: sin ella no tiene sentido comunicar la vida. Pero una población envejecida contribuye a su vez a esta pérdida de esperanza y hace más difícil salir de esta crisis vital y social.
Estas consideraciones pueden ayudarnos a valorar la decisiva importancia del encuentro actual entre el mundo occidental y el mundo islámico. Esta última, una cultura que renueva sus pretensiones universalistas, fundadas en su religión, una civilización que continúa reivindicando la necesidad de la presencia pública de la fe religiosa, hasta tal punto que en muchos casos estos dos ámbitos quedan identificados y confundidos. Finalmente, unos pueblos que, a pesar de las difíciles circunstancias en que muchas poblaciones tienen que vivir, tienen una perspectiva de crecimiento demográfico mucho más elevada que el mundo occidental. Por todo ello no tienen que sorprendernos las palabras del cardenal Biffi que reproducimos en este número: «Europa o volverá a ser cristiana o se convertirá en musulmana». Esta es la encrucijada en que se encuentra Europa. Por esto, decíamos al principio de esta nota, parece que estamos en un callejón sin salida aparente, porque nuestra civilización no quiere volver sobre sus pasos. Son muchos los hechos que dan testimonio del camino equivocado, pero la falta de humildad en reconocerlo nos ha llevado a una situación profundamente humillante. Nuestra confianza está puesta en que Dios se servirá de esta misma humillación para que el Occidente reconozca de nuevo a Cristo como su único Dios y Señor.