Razón del número

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El presente número tiene una doble temática principal: en primer lugar, hemos querido hacernos eco, una vez más, de la beatificación de los mártires de 1936. El pasado 21 de octubre se celebró en el templo expiatorio de la Sagrada Familia la ceremonia de beatificación de 109 Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, congregación fundada por el gran apóstol san Antonio María Claret, que ha dado a la Iglesia 183 mártires, que dieron testimonio de su fe y amor a Dios en la persecución religiosa que tuvo lugar durante la guerra civil de 1936. Junto con los 60 de la familia vicenciana que han sido beatificados el 11 de noviembre en la ceremonia celebrada en la catedral de la Almudena de Madrid alcanza ya a 1875 los mártires de nuestra guerra que la Iglesia ha elevado a los altares durante los últimos decenios. La frecuencia de estos actos de beatificación durante estos últimos años debemos considerarlo como algo singularmente providencial. Desgraciadamente no abundan en nuestros días los testimonios públicos de fe y amor a Dios en nuestra España secularizada, por ello al recordar cómo vivieron y murieron tantos hombres y mujeres, sacerdotes, religiosos, padres de familia, jóvenes e incluso adolescentes, que no hace mucho tiempo vivieron entre nosotros debe ser ocasión para renovar nuestra esperanza en la fuerza de la gracia de Dios, y dirigir nuestra oración ferviente a todos ellos para que intercedan ante Dios para que en España se recupere la fe y la vida cristiana.
El segundo tema de este número es el recuerdo de un hecho que por motivos muy diversos ha tenido una gran importancia especialmente en la historia política y religiosa de Europa y de consecuencias para todo el mundo occidental. Se han cumplido los trescientos años de aquel 24 de junio de 1717 en que decidieron fusionarse las cuatro logias inglesas en la Gran Logia de Londres. Pocos años más tarde, en 1722, se redactaron las llamadas Constituciones de Anderson consideradas como la carta magna de la masonería moderna. Un principio preside un conjunto de ritos, normas y prácticas que envuelven de cierto misterio y secretismo a sus miembros. Se trata de desterrar de la vida humana y especialmente de la vida política la afirmación de la verdad, especialmente la referida a la religión, para sustituirla por un relativismo radical revestido de aparente tolerancia. Decimos aparente porque una vez afirmada la centralidad del relativismo, necesariamente, como se ha dicho repetidamente, el relativismo se convierte en una dictadura intolerante. La consecuencia directa es el propósito de querer extirpar todo aquello que se opone a este relativismo y de este modo surge la persecución religiosa. Se propone la indiferencia como primer paso, pero con una lógica interna irreductible esta indiferencia ante aquello que se predica como la más importante para la vida de los hombres, deviene en odio y persecución.
Dos temas, los de este número que nos los ha traído unidos una determinada actualidad, con características no sólo diversas sino contrarias, pero que guardan, sin embargo, históricamente relaciones profundas y de trágico recuerdo.