Nos acompañan una multitud de santos y mártires…

En este camino apasionante -afirmaba también el papa Francisco en el discurso dirigido al patriarca de los coptos, Tawadros II- no estamos solos. Nos acompaña una multitud de santos y mártires que, ya plenamente unidos, nos animan a que seamos aquí en la tierra una imagen viviente de la «Jerusalén celeste». (…) Nuestro camino ecuménico crece de manera misteriosa, y sin duda actual, gracias a un verdadero y propio ecumenismo de la sangre. San Juan escribe que Jesús vino «con agua y sangre»; quien cree en Él, «vence al mundo». Con agua y sangre: viviendo una vida nueva en nuestro mismo Bautismo, una vida de amor, siempre y por todos, también a costa de derramar la sangre». Y esto ha sido lo que hicieron los siete misioneros del Sagrado Corazón, los denominados «mártires de Canet», beatificados el pasado 6 de mayo en la catedral de Gerona por el cardenal Angelo Amato, apenas mes y medio después de la beatificación de los 115 mártires almerienses.
Como explica el padre José María Ordóñez Sánchez, msc, en su informe sobre el martirio de estos religiosos, el 3 de agosto de 1936 la pequeña comunidad de Canet de Mar, anexa al santuario de la Misericordia de esta localidad, hecha prisionera del Comité revolucionario desde el 21 de julio, recibió el consejo de huir lo antes posible de sus captores para salvar la vida. Esa misma noche, aprovechando la ausencia de la guardia, los Padres y Hermanos dejaron solos a los niños que tenían a cargo y huyeron hacia las montañas y bosques vecinos en dos grupos. El segundo grupo, formado por los futuros mártires Antonio Arribas Hortigüela, Abundio Martín Rodríguez, José Oriol Isern Massó, José Vergara Echevarría, Gumersindo Gómez Rodríguez, Jesús Moreno Ruiz y José del Amo, todos ellos de entre 20 y 28 años, intentó dirigirse hacia la frontera por el interior sin que llegaran a conseguir su objetivo, traicionados en el último momento.
Apresados el 28 de septiembre por el comité de Begudà tras haber caminado por montes y barrancos, huyendo de las carreteras y caminos, casi dos meses, fueron conducidos al comité de San Joan de les Fonts, que alertó al de Canet de Mar.
Llegados los milicianos de Canet de Mar, hacia las cuatro de la tarde del martes 29 de septiembre, festividad de san Miguel Arcángel, especial protector de la Congregación de Misioneros del Sagrado Corazón fundada por el padre Chevalier en 1854, los religiosos fueron conducidos en autobús a través de toda la cuenca industrial del Fluvià hasta Serinyà (Gerona). «Sacan primero a cuatro, relata el padre Ordoñez, mientras los demás quedan en el coche. Les ordenan que se coloquen en el ribazo. Son vanos los gritos, los ruegos y las lágrimas: “No nos matéis. ¿Qué mal hemos hecho?”. Nada es capaz de ablandar el corazón de aquellas hienas. Les mandan que se pongan de espaldas. Y entonces surge la voz valerosa de uno de los cuatro: “Los cobardes mueren de espalda y nosotros no somos ni cobardes, ni criminales. Vosotros nos matáis porque somos religiosos. ¡Viva…!” La descarga apagó el viva empezado sin que llegara a su término. Cayeron los cuatro primeros. Inmediatamente, sacan a los otros tres. Ni los gritos, ni las súplicas logran conmover a aquellos pechos de fiera. Los ponen delante de los caídos y los acribillan a balazos. Así, en un momento terrible y sublime a la vez, quedaron segadas aquellas vidas puras e inocentes. En dos filas quedaron tendidos sus cuerpos inertes y sin vida. Sus almas, acompañadas de los ángeles, volaron a la presencia del Cordero. El sacrificio estaba consumado. Ahora, la tierra regada por su sangre generosa, ya puede germinar y dar flores de alegría y de esperanza, y frutos de vida eterna».