Razón del número

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Ha sido una práctica muy extendida de la piedad popular dedicar el mes de marzo a honrar con diversos ejercicios espirituales a san José. Hemos querido ser fieles a esta piedad popular dedicando una parte del presente número de marzo a honrar al glorioso patriarca san José. A lo largo de la historia de la Iglesia la devoción a san José ha tenido como principal impulsor la piedad del pueblo cristiano: así ha sido reconocido por el mismo magisterio pontificio y como señala Juan XXIII en su carta apostólica «Le Voci»: «José, fuera de algún resplandor de su figura que aparece aquí o allá en los escritos de los Padres, permaneció durante siglos y siglos en su ocultamiento característico, casi como figura decorativa en el cuadro de la vida del Salvador. Y requirió tiempo antes de que su culto penetrase de los ojos al corazón de los fieles y de él sacasen especiales lecciones de oración y confiado abandono. Estas fueron las alegrías fervorosas reservadas a las efusiones de la edad moderna». Ha sido especialmente a partir del pontificado de Pío IX, al declarar a San José patrono de la Iglesia, cuando, haciéndose eco de esta devoción tan arraigada en la piedad cristiana se han sucedido los documentos magisteriales de los papas. Nuestro obispo Torras i Bages en su popular mes de san José se refiere a la importancia para estos tiempos de la devoción josefina. En una de sus meditaciones diarias señala la providencial actualidad de la devoción josefina. En nuestro tiempo, cuando la vida cristiana está amenazada de especiales peligros y la mentalidad del mundo moderno está centrada solamente en la exclusiva preocupación por el bienestar material o en reivindicar una falsa autonomía que no es más que una falta de humildad, la Iglesia podrá encontrar en la vida de san José aquel camino suave y fácil que permitirá superar estas circunstancias particularmente difíciles. De igual modo como nos narra el Evangelio que san José cobra protagonismo cuando la vida de Jesús está en peligro, ahora, en la grave situación actual también es necesaria esta mayor presencia de san José en la vida de la Iglesia. El abandono confiado a la voluntad de Dios, unido al cuidado solícito de las cosas de Dios es el ejemplo de san José tan conveniente para el hombre de hoy. En el decreto en que la Sagrada Congregación de Ritos proclamaba a san José patrono de la Iglesia, durante el pontificado de Pío IX, se afirma que Dios le constituyó «custodio de sus tesoros más preciosos» y hoy la Iglesia confiada acude a su protección para que la custodie de igual manera a como hizo con la Sagrada Familia.
En las páginas del presente número hemos querido subrayar dos aspectos de esta custodia especialmente importantes para nuestros días. En primer lugar san José custodio de la virginidad de María y también confiarle la familia que está siendo objeto de este asedio tan insistente que, siendo tan contrario a todo bien humano solo puede obedecer a una inspiración diabólica.
En este número recordamos también al recientemente fallecido Dr. Àngel Fábrega, muy apreciado para los redactores de Cristiandad, que durante tantos años ha custodiado con admirable dedicación y fidelidad el legado espiritual y doctrinal de Mn. Eudald Serra y el padre Ignacio Casanovas que crearon con el Foment de Pietat y Balmesiana.