«In hoc signo vinces»: la batalla de Puente Milvio

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A menudo oímos cómo se habla de Dios como del Gran Arquitecto, de una Fuerza o Ser superior creador de todo cuanto existe. Este Gran Arquitecto se dedicaría a crear y a observar su creación sin inmiscuirse en lo que ve, o incluso olvidándose de ella. Su papel parece que se limite a observar la realidad del mundo y sus criaturas desde la distancia, como si de un mero testigo se tratase. Frente a esta concepción, el magisterio de la Iglesia nos enseña que Cristo es Rey y Señor de la historia y que participa activamente en los sucesos históricos para la salvación de los hombres.
Los primeros siglos de la Iglesia en el Imperio romano fueron especialmente agitados. Desde las primeras persecuciones de Nerón hasta las crudas y sangrientas persecuciones del emperador Diocleciano. A comienzos del siglo iv el emperador Diocleciano, junto con Galerio, desató en el año 303 lo que se conoce como la «gran persecución», en un intento de restaurar la unidad estatal, amenazada a su entender por el incesante crecimiento de la Iglesia. Entre otras cosas ordenó demoler las iglesias de los cristianos, quemar las copias de la Biblia, entregar a muerte a las autoridades eclesiásticas, privar a todos los cristianos de cargos públicos y derechos civiles, hacer sacrificios a los dioses so pena de muerte, etc. Esta persecución, que tuvo lugar entre los años 303 y 311, fue la más sangrienta y cruel de todas. A pesar de todo, ante la ineficacia que tuvieron estas medidas para acabar con el cristianismo, Galerio promulgó el 30 de abril del 311 el decreto de indulgencia (edicto de Nicomedia) por el que cesaban las persecuciones anticristianas. Se reconoce a los cristianos existencia legal y libertad para celebrar reuniones y construir templos. Poco después iba a tener lugar el hecho que cambiaría inesperadamente el curso de la historia y de la propia Iglesia: la batalla del Puente Milvio.
En el 303, Diocleciano, ante el asombro de la multitud y entre abundantes lágrimas, según cuentas las crónicas, abdicó del cargo de emperador alegando un importante cansancio y una necesidad urgente de descanso. Fue el primer emperador romano en hacerlo de forma voluntaria. Severo y Maximiano fueron nombrados césares. Maximiano tomó las vestiduras de Diocleciano y, ese mismo día, Severo recibió las suyas de Maximiano en Milán. Constancio sucedió a Maximiano como Augusto occidental, pero Constantino y Majencio fueron completamente ignorados en la transición de poder. Esto no presagiaba nada bueno para la seguridad futura del sistema de la tetrarquía, un sistema de poder en el que unos pocos césares se repartían grandes territorios del Imperio. Así, empezaron las disputas y luchas en el seno del Imperio por el título de Augusto de Occidente, especialmente entre los dos que adquirieron mayor poder y que protagonizan el suceso que nos ocupa.
EL 28 de octubre del año 312 un suceso militar iba a resultar decisivo para la expansión y florecimiento de la fe cristiana. Ese día, en las inmediaciones de Puente Milvio, a las puertas de Roma, se iban a enfrentar los ejércitos de Flavio Valerio Constantino contra las huestes de Marco Aurelio Valerio Majencio. Lo que podía haber sido una batalla más por el poder en el Imperio, acostumbrado ya a las disputas cainitas entre sus dirigentes, se convirtió en una victoria con unos alcances que ninguno de los presentes podía llegar a imaginar. Los hechos ocurrieron de esta forma. La vigilia de la batalla las tropas de Constantino vieron aparecer en el cielo una gran señal luminosa junto a unas letras en llamas que decían «In hoc signo vinces». Eusebio de Cesarea, el primer gran historiador de la Iglesia lo explica así: «Cuando el sol empezaba a declinar, Constantino vio con sus propios ojos en el cielo, más alto que el sol, el signo de una cruz sobre la que estaban escritas las palabras In hoc signo vinces. Quedó penetrado de un gran estupor y junto a él todo su ejército». Constantino creyó en la visión, y ordenó imprimir el monograma de Cristo, compuesto por las dos letras iniciales griegas de Cristo, la X y la P superpuestas, en los estandartes de sus legiones en sustitución del águila de Júpiter. Y la profecía se cumplió: las tropas de Constantino consiguieron hacer retroceder a las tropas enemigas, tres veces superiores en número, hasta las aguas del Tíber, donde Majencio intentó huir en medio del caos sólo para caer al río y morir ahogado en él, tras lo cual su cabeza fue entregada a Constantino. Al día siguiente, el 29 de octubre, Constantino entró solemnemente en Roma a la cabeza de sus tropas. Consciente de que su victoria se la debía a Cristo, no ofreció sacrificios a Júpiter en acción de gracias por la aplastante victoria, como era tradición.
Las consecuencias de esta victoria fueron inmediatas. En febrero de 313 fue promulgado el Edicto de Milán, por el cual el cristianismo pasaba a ser una religión tolerada en el Imperio, con lo que se acababa un largo período de cruentas persecuciones y prohibiciones. Además, las propiedades confiscadas por Diocleciano serían devueltas a la Iglesia y a los cristianos. Durante todo el reinado de Constantino el cristianismo crecerá y se anunciará el Evangelio libremente en muchos lugares del Imperio. Santa Elena, madre de Constantino, que tanto rezó por su completa conversión, que ocurriría finalmente en sus últimos días, cuando ya en su lecho de muerte recibiera el bautismo, recuperó en Tierra Santa restos de la cruz de Cristo, potenció peregrinaciones y trabajó en la preservación de los lugares santos que aún hoy en día podemos admirar. De un emperador a otro, la Iglesia había pasado en pocos años de las catacumbas a la libertad.
Tras recordar estos hechos, conviene reafirmar la potestad de Cristo sobre la historia. Dios no se rige por designios humanos, no actúa en base a nuestros planes. Dios actúa por sus propios designios, que no se ajustan a nuestros criterios y que, a menudo, no podemos llegar a entender. ¿Por qué sino eligió a Constantino y no a Majencio para convertirse en el emperador que liberó a los cristianos del yugo de la tiranía romana? ¿Acaso era Constantino un ferviente cristiano, o simpatizaba siquiera con la causa? Lo mismo pasa a lo largo de la historia en sus elecciones: ¿por qué elige al pueblo de Israel y lo hace suyo? ¿Acaso los egipcios, babilonios o asirios eran peores? Dios no se rige según nuestros criterios: uno nunca sabe si está listo o no para el martirio, es el mismo Cristo quien, con su gracia, nos elige y prepara para ser testigos suyos con nuestra sangre. Así, Dios nos muestra de forma evidente en los sucesos de Puente Milvio su señorío sobre la historia: cuando más arreciaba la persecución contra la Iglesia y ésta parecía condenada a sobrevivir penosamente, Dios la libra de toda persecución, y además lo hace a través de un personaje que no era especialmente proclive a congraciarse con la fe cristiana pero que supo reconocer el plan de Dios en la visión que recibió y aceptarlo dócilmente.