Edmund Campion (y XI): el árbol de Tyburn

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Desde el siglo XII, las ejecuciones en Inglaterra se realizaban en una pequeña población próxima a Londres, Tyburn, situada en el camino principal de entrada y salida de Londres. El pueblo estaba situado en la confluencia de dos vías romanas. En el siglo xii este camino era conocido como Tyburn Road. En Tyburn enlazaba con otra vía romana que pasaba bordeando Londres. Hoy día estas vías romanas son calles y avenidas céntricas de la ciudad de Londres: Oxford Street y Park Lane Avenue, que se encuentran en el Marble Arch, junto a Hide Park Corner.

En 1571, se erigió lo que se conoció como el «Árbol de Tyburn». Este «árbol», en el que podían ser ahorcados varios criminales al mismo tiempo estaba situado en el mismo camino de acceso de Londres y era como un símbolo de la ley para los viajeros. Años más tarde, en 1647, Cromwell lo amplió como «triple árbol», diseño especial con tres brazos horizontales de madera de forma que en estas horcas podían efectuarse ejecuciones en masa llegando a veinticuatro personas al mismo tiempo, con el uso de ocho carretas. Las ejecuciones en masa tenían lugar principalmente los lunes. El árbol de Tyburn era el lugar de ejecución de los condenados en Londres por el gobierno inglés y tiene un profundo recuerdo para todos los católicos, pues muchos hijos fieles de la Iglesia derramaron su sangre bajo su sombra.

Los prisioneros eran trasladados en carreta abierta desde la prisión de Newgate con sus mejores ropas, y sentados sobre su propio ataúd e iban acompañados por un sacerdote anglicano que les iba haciendo exhortaciones para el alma. Las dos horas que duraba el viaje hasta Tyburn eran acompañados a lo largo de todo el camino por cientos de personas ya con oraciones silenciosas, ya con insultos o lanzándoles piedras. Las ejecuciones eran presenciadas por miles de espectadores que pagaban por sentarse en las galerías abiertas erigidas especialmente para la ocasión junto al «árbol de Tyburn», así como en las habitaciones de los pisos superiores alquiladas en casas y pubs próximos.

Siguiendo este mismo protocolo llegó Edmund Campion hasta los pies del «árbol de Tyburn». Mucha gente importante había ido este día a contemplar el espectáculo. Le pusieron la cuerda en la garganta y Edmund empezó a gritar por encima del ruido de la multitud las palabras de san Pablo: «Hemos sido puestos como espectáculo ante Dios, ante los ángeles y ante los hombres. Hoy esto se hace verdad conmigo». No le dejaron continuar y le preguntaron sobre sus traiciones. Y pudo añadir: «Señor soy católico y sacerdote, en ésta he vivido y en esta fe pretendo morir. Si considera que mi religión es una traición entonces soy culpable; en cuanto a otras traiciones, nunca cometí ninguna, Dios es mi juez». Perdonó al jurado y pidió perdón por si entre las torturas había podido comprometer a alguien.

Cuando se le quitó a Campion el carro que sustentaba sus pies, la ávida gente se inclinó como un solo cuerpo hacia adelante y el mártir quedo colgando hasta que, ya fuera muerto o ya inconsciente, fue rajado de arriba a abajo por el carnicero. Una vez muerta, la persona ahorcada era mutilada por el carnicero, sus miembros y sus intestinos eran separados del cuerpo.

La multitud se dispersó al acabar el espectáculo, pero en el caso de los mártires lo normal era que la pena y la emoción de los muchos católicos silenciosos que acudían a venerar al nuevo mártir crearan un clima de reverencia y emoción en el ambiente, a pesar del clima festivo que el populacho isabelino pretendía imponer.

Un hombre volvió de Tyburn a su casa en Gray’s Inn con un profundo cambio interior: Henry Walpole, famoso ingenio de Cambridge, poeta menor, satírico, hombre joven aficionado a pasearse observando la naturaleza, popular, inteligente y romántico. Descendiente de familia católica, en algunas ocasiones llegó a manifestar simpatías católicas pero hasta este día se había mantenido a cierta distancia de los círculos católicos y estaba en buena relación con las autoridades. Era miembro típico de esa mayoría conformista de la que dependía el éxito de la fundación isabelina, esa gente que hubiese preferido vivir bajo un régimen católico pero aceptaba el cambio sin grandes lamentos. Walpole estaba interesado en la teología y había asistido a las disputas de Campion con la clerecía anglicana. En Tyburn se reservó un sitio de preferencia, tan cerca del cadalso que, cuando las entrañas de Campion fueron arrancadas por el carnicero y arrojadas al caldero de agua hirviente, una gota de sangre cayó sobre su chaqueta. A partir de este momento, comenzó para él una vida nueva: cruzó el mar, se hizo sacerdote en el seminario inglés de Lille y trece años más tarde sufriría la misma suerte que Campion en el patíbulo de York.

Y así continuó, y dio fruto la obra de Campion y de todos aquellos que como él dieron su sangre por la fe católica. Algunos llevaron a cabo hechos más aventurados, otros sacrificaron carreras más brillantes, muchos sufrieron torturas más crueles, pero todos entregaron su vida como expresión máxima de caridad.