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CRISTIANDAD

Una respuesta al amor divino: Santa Teresita y el Corazón de Jesús

La entrega de santa Teresita, sencilla y a la vez profunda, refleja la espiritualidad del «camino de la infancia espiritual», y se convierte en un ejemplo luminoso para las almas pequeñas que desean consolar al Corazón de Jesús.

Por Ignacio Noriyasu Watanabe, hnssc
septiembre 2026
en Artículos
11 min de lectura

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Desde que el Corazón de Jesús se manifestó a santa Margarita María y reveló el misterio de su amor ardiente y su sed, muchos han intentado responder a ese amor divino. Algunos lo han hecho mediante sacrificios y penitencias; otros, a través de obras de caridad; incluso algunos se han ofrecido como víctimas a la justicia divina para aplacar la ira de Dios. Todos estos medios son eficaces y agradables al Señor, pero a menudo nos cuesta imitarlos y seguir sus ejemplos con fidelidad.
Santa Teresita del Niño Jesús también experimentaba ese mismo dilema y buscaba un modo distinto de responder al amor divino. Finalmente descubrió un camino nuevo: el camino del amor. En vez de ofrecerse a la justicia divina como los demás, quiso entregarse como víctima al amor misericordioso. Su ofrenda es una respuesta directa, confiada y amorosa a la llamada del Corazón de Cristo; un modo eficaz de saciar su sed y, al mismo tiempo, un camino imitable para las almas sencillas y pequeñas que desean consolarlo.
En este artículo mostraremos por qué esta entrega es tan agradable al Corazón de Jesús y por qué resulta accesible para todas las almas, especialmente para las más pequeñas. Para ello abordaremos, en primer lugar, el deseo del Corazón de Jesús; en segundo lugar, la respuesta de Teresita; en tercer lugar, la respuesta divina; y, finalmente, una comparación espiritual entre ambos textos.
El deseo del Corazón de Jesús
Entre 1673 y 1675, el Corazón de Jesús se apareció a santa Margarita María de Alacoque, revelándole los misterios profundos de su Corazón. Estas apariciones, conocidas como las cuatro grandes revelaciones, mostraron el ardiente amor de Jesús por la humanidad y su deseo ferviente de ser amado. Cada una de ellas posee un significado especial que merece ser estudiado y meditado con atención. En este artículo nos centraremos en la primera.
La primera revelación tuvo lugar el 27 de diciembre de 1673, en la festividad de san Juan Evangelista. Mientras estaba delante del Santísimo Sacramento, se le apareció el Señor y la hizo reposar por largo tiempo sobre su pecho divino, en el cual –dice ella– «me descubrió todas las maravillas de su amor y los secretos inexplicables de su Corazón sagrado». En esta experiencia, Jesús le mostró lo que había en su Corazón y manifestó su deseo, diciéndole: «Mi divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular…». Con estas palabras, revelaba el amor profundo que arde en Él por toda la humanidad: un amor ardiente, que se dirige con ternura y pasión a cada alma; no es un amor abstracto ni distante, sino un fuego que abrasa y purifica nuestras almas. Es el mismo amor que quiso venir al mundo para salvarnos y entregó su vida por nosotros. Al añadir «por ti en particular», subraya un aspecto esencial: su amor es personal y único, incondicional, que nos ama no por lo que tenemos o hacemos, sino por quienes somos. Nos ama a cada uno por nuestro nombre.
Luego añadió: «No pudiendo ya contener en sí mismo las llamas de su caridad ardiente». Aquí utiliza el simbolismo del fuego para expresar su ardiente caridad. El amor que brota de su Corazón es tan grande e intenso que no puede contenerlo. Necesita derramarse para alcanzar a todos. De este modo, Jesús manifiesta su deseo de compartir con nosotros su amor y de ser correspondido. Este deseo se expresa con mayor claridad en la siguiente frase: «le es preciso comunicarlas por tu medio». El Señor siente la necesidad de derramar ese ardiente amor sobre las almas.
Finalmente, le dijo: «Y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te descubro, los cuales contienen las gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición». Estas frases subrayan los dones que brotan de su Corazón: un fuego que abrasa las almas y las enriquece con sus gracias espirituales, que santifican y sanan. Estos dones son esenciales para liberar a las personas del abismo de perdición.
Así el Corazón de Jesús manifestó a santa Margarita su deseo de derramar sobre toda la humanidad su amor misericordioso: un amor que purifica, santifica y nos aparta del abismo de perdición. Para que este amor alcance a todos, busca almas dispuestas a abrirse y convertirse en instrumentos vivos de su misericordia.
Esta misma llamada también nos alcanza hoy. El Señor sigue buscando almas que colaboren con Él. Sin embargo, son pocas las almas que acogen su amor. Esta realidad constituye una de las causas profundas de la sed que Jesús experimenta. Él anhela derramar su amor y compartirlo con nosotros, pero encuentra corazones cerrados que se lo impiden. Algunos lo consideran una entrega demasiado grande; otros lo rechazan por una falsa humildad, creyendo que no merecen recibir este amor. Y hay quienes desean responder, pero no saben cómo hacerlo. Son precisamente esas almas sencillas y pequeñas a las que Teresita ofrece un camino nuevo: el camino del amor. En el siguiente apartado nos acercaremos a este camino y lo profundizaremos.
La respuesta de santa Teresita del Niño Jesús
El 9 de junio de 1895, fiesta de la Santísima Trinidad, Teresita recibió «la gracia de entender mejor que nunca cuánto deseaba Jesús ser amado». Entonces, junto con su hermana Celina, acudió a la Madre Inés de Jesús para pedirle permiso de ofrecerse a Dios como víctima al amor misericordioso. Con la aprobación de la superiora, redactó el «Acto de ofrenda al amor misericordioso». Dos días después, lo pronunció con sor Genoveva ante la Virgen de la Sonrisa.
Al final del Manuscrito A, explica la inspiración que la llevó a realizar esta entrega y las abundantes gracias que experimentó tras consagrarse a Dios. Durante la misa de aquella solemnidad, santa Teresita recibió la gracia de comprender más profundamente la sed de Jesús y su deseo de ser amado. En un primer momento, pensaba en la ofrenda que muchas almas piadosas hacían: entregarse como víctimas a la justicia divina, pero no se sentía inclinada a ello. Entonces buscó otro modo de ofrecerse a Dios y se preguntó: «Dios mío, exclamé desde el fondo de mi corazón, ¿sólo tu justicia aceptará almas que se inmolen como víctimas…? ¿No tendrá también necesidad de ellas tu amor misericordioso…? En todas partes es desconocido y rechazado. Los corazones a los que tú deseas prodigárselo se vuelven hacia las criaturas, mendigándoles a ellas con su miserable afecto la felicidad, en vez de arrojarse en tus brazos y aceptar tu amor infinito…».
Teresita comprendió profundamente la sed de Jesús y su causa. Entendió que su dolor provenía del desprecio hacia su amor. Muchos lo rechazaban y le decían «No», y esto causaba un gran sufrimiento a su Corazón. Un Corazón que nos ama con ternura y desea derramar su amor misericordioso sobre toda la humanidad. Sin embargo, no encuentra almas dispuestas a recibirlo. La imposibilidad de derramar su amor es una de las causas más profundas de su sed. Jesús anhela comunicar su amor y otorgarnos sus gracias, pero al no hallar corazones abiertos, sufre intensamente.
Entonces Teresita exclamó: «¡Oh, Dios mío!, tu amor despreciado ¿tendrá que quedarse encerrado en tu corazón? Creo que, si encontraras almas que se ofreciesen como víctimas de holocausto a tu amor, las consumirías rápidamente. Creo que te sentirías feliz si no tuvieses que reprimir las oleadas de infinita ternura que hay en ti… Si a tu justicia, que sólo se extiende a la tierra, le gusta descargarse, ¡Cuánto más deseará abrasar a las almas tu amor misericordioso, que se eleva hasta el cielo…!». Después de reflexionar, respondió al Señor: «¡Jesús mío!, que sea yo esa víctima dichosa. ¡Consume tu holocausto con el fuego de tu divino amor…!».
De este modo, decidió saciar la sed de Cristo, ofreciéndose como víctima al amor misericordioso. Quiso atraer hacia sí el inmenso amor de Jesús, no sólo para ella, sino también para toda la humanidad. Así aceptó la invitación del Señor y le ofreció su corazón, Teresita se entregó con humildad y sencillez.
Antes de pasar al apartado de la respuesta divina, conviene detenernos y preguntarnos: ¿cuáles son las novedades de la entrega de santa Teresita? ¿Por qué es accesible para las almas pequeñas?
Al hacer su Ofrenda, Teresita reconoció su pequeñez y pobreza, como nosotros. Mientras solemos pensar que nuestra debilidad nos impide dar un paso decisivo, ella se atrevió a hacerlo porque comprendió que precisamente la debilidad es lo que nos mueve a lanzarnos al amor de Dios. Lo expresa con sencillez y fuerza: «No soy más que una niña, impotente y débil. Sin embargo, es precisamente mi debilidad lo que me da la audacia para ofrecerme como víctima a tu amor». Aquí se encuentra la primera novedad de esta consagración: el reconocimiento de nuestra debilidad no es un obstáculo, sino la base misma de la entrega.
Nuestra debilidad nos conduce al camino que lleva a la hoguera divina: el camino del abandono y de la confianza en Dios. Teresita lo describe así: «Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina. Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre». Siendo pequeños podemos recorrer este camino porque confiamos en Nuestro Señor; siendo débiles, podemos aspirar a la cima de la montaña del amor porque lo único que este camino nos pide es confianza. Ella misma lo resume: «Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud».
La segunda novedad que hace posible a las almas pequeñas realizar esta ofrenda es que no exige grandes obras ni una perfección sin mancha. Lo único que pide es nuestro amor. Teresita lo expresa con claridad: «He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed… Pero al decir: “Dame de beber”, lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor…».
A diferencia de otras consagraciones que parecían exigir obras heroicas y una perfección absoluta para saciar la sed de Cristo, la ofrenda de santa Teresita no exige grandes hazañas ni perfección imposible. Nos invita, más bien, a ofrecernos tal como somos al Corazón de Jesús, para recibir el fuego de su amor. Para acoger ese amor no necesitamos estar avanzados en la vida espiritual ni libres de defectos; lo único necesario es aceptarlo con humildad y sencillez, presentando incluso nuestros defectos y pecados para que el fuego divino purifique el alma.
Es, ciertamente, una entrega total, pues implica ofrecer todo lo que tenemos al amor misericordioso para que Él nos consuma y nos una íntimamente consigo. A primera vista podría parecer tan exigente como otras consagraciones, pero en realidad no lo es, porque lo único que pide esta entrega es que respondamos a su amor con nuestro amor. Y esto sí está al alcance de las almas pequeñas.
El acto de ofrenda sólo se comprende plenamente a la luz de su «caminito», que consiste en responder al amor de Jesús con un amor sencillo, hecho de acción de gracias y alabanza. Lo que Él desea no son obras extraordinarias, sino corazones humildes que se dejen amar. Para realizar esta entrega es necesario reconocerse pequeño, aceptar la propia debilidad y confiar en que el amor misericordioso lo transforma todo.
La respuesta divina
La entrega de santa Teresita al Corazón de Jesús fue acogida con una abundancia singular de gracia. Ella misma expresaba la alegría que inundó su alma tras su ofrenda: «Desde aquel día feliz, me parece que el amor me penetra y me cerca, me parece que ese amor misericordioso me renueva a cada instante, purifica mi alma y no deja en ella el menor rastro de pecado». Teresita experimentó entonces el amor de Dios que la envolvía y penetraba hasta lo más íntimo de su ser, liberándola de todo rastro de pecado y colmándola de una confianza filial sin límites.
Esta gracia divina se manifestó, además, de una manera extraordinaria: la herida de amor. Tres días después de pronunciar el Acto de ofrenda, –el viernes 14 de junio de 1895–, mientras rezaba el viacrucis, sintió un fuego de amor tan intenso que parecía consumirse en él. Este acontecimiento es menos conocido, ya que ella no lo mencionó en su autobiografía. Siguiendo el consejo de la Madre Inés, no le dio importancia a este acontecimiento y no lo contó a nadie. Solo lo reveló por petición de la misma madre, en la víspera del día en que fue trasladada a la enfermería. Entonces ella confió a su hermana: «Comenzaba a hacer el viacrucis cuando de pronto me sentí presa de un amor tan intenso hacia Dios, que no lo puedo explicar sino diciendo que era como si me hubiesen metido toda entera en el fuego. ¡Qué fuego aquél y al mismo tiempo qué dulzura! Me abrasaba de amor, y sentía que un minuto, un segundo más, y no hubiese podido soportar aquel ardor sin morir. Entonces comprendí lo que dicen los santos sobre esos estados que ellos experimentaron tantas veces. Yo no lo probé más que una vez, y un solo instante, y luego volví a caer enseguida en mi habitual sequedad».
Ahora bien, conviene aclarar el sentido de esta gracia mística que recibió Teresita. Si se interpretara que la herida de amor es el fin último del Acto de ofrenda, muchas almas pequeñas podrían desanimarse y abandonar este camino. Por eso, es necesario preguntarnos qué es realmente la herida de amor y si todos los que se ofrecen como víctimas al amor misericordioso están llamados a recibirla de la misma manera.
La herida de amor es un toque del Espíritu Santo que purifica, despierta y orienta el corazón hacia Dios. Se trata de una gracia mística, es decir, de la gracia santificante actuando en su plenitud por medio de los dones del Espíritu Santo, que elevan el alma y la hacen dócil a la acción divina. Por eso, no pertenece al orden de las gracias gratis data, sino al dinamismo interior de la gracia que santifica y une al alma con Dios.
En cuanto gracia santificante, la gracia mística no es un privilegio reservado a un grupo de elite, sino una posibilidad real para todas las almas que viven en estado de gracia. No siempre se manifiesta de manera extraordinaria, como en la experiencia de la herida de amor, pero esta misma acción del Espíritu Santo –en forma más humilde, silenciosa y cotidiana– acompaña a todo creyente que se abre a Él en la vida ordinaria.
La tradición espiritual enseña que la gracia mística, en su esencia, es accesible a toda alma que vive en amistad con Dios; mientras que sus manifestaciones extraordinarias dependen enteramente de la libertad del Espíritu Santo y no son necesarias para alcanzar la santidad ni para vivir plenamente el «Acto de ofrenda al amor misericordioso».
En conclusión, este don que recibió Teresita no es exclusivo de ella. Es significativo que Teresita no diera importancia a esta gracia extraordinaria. Para ella, lo esencial de la entrega no estaba en recibir dones místicos, sino en saciar la sed de Jesús. Su novedad consiste en mostrar que lo más grande no es experimentar gracias excepcionales, sino responder al amor de Cristo con nuestro amor sencillo, humilde y confiado.
Diálogo de amor: Jesús y santa Teresita
Como hemos visto, el fin principal del Acto de ofrenda es ofrecerse a sí mismo al Señor para que Él pueda derramar sobre nosotros su amor misericordioso; recibir los dones que brotan de su Corazón; y dejarse abrazar por el fuego de su amor, que nos purifica y nos libra del peligro de perdición.
Santa Teresita, en su «Acto de ofrenda», respondió a la llamada del Señor con una entrega humilde y confiada. Su consagración fue una respuesta directa, amorosa y firme a la llamada del Corazón de Jesús: un medio eficaz para saciar su sed. No sólo buscaba reparar el dolor causado por el rechazo, sino también abrir un camino de amor y confianza accesible a todas las almas. Esta entrega, sencilla y a la vez profunda, refleja la espiritualidad del «camino de la infancia espiritual», y se convierte en un ejemplo luminoso para las almas pequeñas que desean consolar al Corazón de Jesús.
Así, la comparación espiritual entre la revelación del Corazón apasionado de Jesús a santa Margarita y la respuesta confiada de santa Teresita nos muestra un verdadero diálogo de amor: un Corazón ardiente que desea derramarse sobre la humanidad y un alma que se ofrece como víctima para acogerlo; un Corazón que arde de sed por ser amado y un alma que se entrega generosamente para saciar esa sed. Este encuentro nos invita a todos a abrir nuestro corazón para recibir ese amor misericordioso y a convertirnos en instrumentos de su misericordia.
Conclusión
El «Acto de ofrenda al amor misericordioso» de santa Teresita no es simplemente un gesto piadoso, sino la respuesta viva de un alma pequeña al deseo ardiente del Corazón de Jesús. Allí donde Cristo se lamenta de que su amor es desconocido y rechazado, santa Teresita se ofrece como víctima, permitiendo que ese fuego divino se derrame sin obstáculos.
Este diálogo entre el Corazón que arde y el alma que se entrega nos revela un camino accesible para todos.
Hoy, también nosotros estamos invitados a responder. El Señor sigue buscando almas que lo amen y lo consuelen. Siguiendo a Teresita, podemos ofrecer nuestra vida como un pequeño holocausto de amor, confiando en que su misericordia nos transformará y nos hará instrumentos de gracia para los demás.
Como ella misma escribió: «En el corazón de la Iglesia, yo seré el amor». Que esta sea también nuestra respuesta al Corazón de Jesús: ser amor en medio del mundo, para saciar su sed y dejar que su misericordia se derrame sobre todos.

Etiquetas: El camino de la infancia espiritualEl gran consuelo al Corazón de Jesús
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