Sólo lleva poco más de un año de pontificado y el papa León XIV después de este periodo caracterizado, según algunos comentaristas, por una actitud de escucha reflexiva y cierta sobriedad en su actividad pastoral, ha emprendido diversidad viajes y ha publicado documentos que anuncian un pontificado intenso en actividad y en magisterio.
Los redactores de esta revista participan del entusiasmo en que se ha vivido su viaje a España, por ello dedicamos gran parte del número a comentar sus gestos y sobre todo sus palabras con el propósito que este entusiasmo tan ampliamente compartido deje su huella profunda y conforme el pensamiento y la vida de nuestra sociedad. Con este deseo el Papa ha hablado en los distintos escenarios en que ha estado presente, con los políticos, recordándoles que hay una luz que viene de lo alto que les precede y les supera, a los presos, que Dios sueña para ellos una vida mejor, a los jóvenes y a los que pasan dificultades, que Dios siempre está presente en sus vidas, y otras muchas enseñanzas que el lector podrá encontrar en nuestras páginas, ampliamente reseñadas. En esta breve comentario queremos subrayar como sus palabras son una llamada a la esperanza para estos tiempos de desesperanza, un anuncio de la misericordia que brota del Corazón de Cristo, hacia un mundo que parece que la rechaza, o que la interpreta como algo humillante e impropio de una humanidad que no quiere reconocer sus múltiples y degradantes fracasos. También han sido una llamada a todos los católicos para que seamos capaces de vencer nuestra pusilanimidad y nos atrevamos a manifestar nuestra fe en la vida social, y no encerrarla en nuestras familias y parroquias. El Papa, con su presencia activa llevando el Santísimo por las calles de Madrid con motivo de la procesión de la festividad del Corpus Christi, ha expresado que Dios también quiere estar presente en nuestras plazas y calles, como manifestación de su amor misericordioso por todos y de su realeza salvadora.
Al principio de estas líneas hacíamos referencia a un intenso pontificado que se refleja en sus visitas pastorales a diversos países, en primer lugar la visita a un país tan lleno de significado como Mónaco, –uno de los pocos países constitucionalmente católicos– con una homilía en la que podemos leer las siguientes e iluminadoras palabras: «Es importante que el anuncio del Evangelio y las formas de la fe, tan arraigadas en la identidad y sociedad de ustedes, se preserven del riesgo de reducirse a costumbre, aunque sea buena. Una fe viva es siempre profética, capaz de suscitar preguntas y ofrecer provocaciones: ¿estamos realmente defendiendo al ser humano? ¿Estamos protegiendo la dignidad de la persona en la protección de la vida en todas sus fases?»
También ha tenido una gran importancia su visita pastoral, que nos hacemos eco en este número, a diversos países africanos, entre ellos Argelia, que para un papa perteneciente a la orden religiosa de san Agustín, ha sido algo muy gozoso: poder visitar el lugar donde su fundador vivió y predicó. Sus palabras así lo manifiestan: «Considero este viaje como un don especial de la Providencia de Dios; un don que, a través de un papa agustino, el Señor ha querido otorgar a toda la Iglesia. Y me parece poder resumirlo así: Dios es Amor, es padre de todos los hombres y de todas las mujeres. Dirijámonos a Él con humildad y confesemos que la situación actual del mundo, como una espiral negativa, depende en el fondo de nuestro orgullo».
Finalmente en estos últimos meses ha publicado su primera encíclica: «Magnífica Humanitas» que tiene como tema principal la aplicación de los principios de la doctrina social de la Iglesia a esta nueva realidad configurada por la inteligencia artificial: el Papa aprovecha el apartado de conclusiones para presentar un programa espiritual de esperanza para estos tiempos, confiando que su fruto sea la civilización del amor: «La espiritualidad que deseo entregar es la del “arquitecto sabio” que, animado por la esperanza en el Reino de Dios, se compromete a construir el bien en el mundo (cf. 1 Cor 3,10). Al final del camino, el proyecto de una civilización del amor se perfila más claramente y la obra se muestra ya iniciada, sobre todo gracias a tantas piedras vivas sólidamente unidas en Cristo, la piedra angular» (cf. 1 Pe 2, 4-6).
Napoleón y santa Teresita
Pretender establecer una cierta relación, entre el insigne emperador francés y una religiosa que muere en la flor de la juventud, que los años más importantes de su vida los pasó oculta en los claustros del Carmelo de Lisieux...










