En el séptimo centenario de la muerte de san Francisco señaló Pío XI en la encíclica Rite expiatis:
«Aunque es temerario comparar entre sí a los santos del Cielo, de los cuales el Espíritu Santo eligió a unos para una misión y a otros para otra en este mundo –(…)-, parece sin embargo que ningún otro santo hubo en el cual la imagen de Cristo nuestro Señor y la forma de vida del Evangelio haya brillado más exacta y más expresiva que en Francisco».
La afirmación del Papa, poniendo a Francisco como icono privilegiado del mismo Jesús, explica la influencia que ha tenido en la historia de la espiritualidad y de la Iglesia, y que más que unas enseñanzas concretas se le presente como un modo de acoger la persona de Jesucristo y su Evangelio. Así no es extraño que, en ausencia de una doctrina específica suya sobre el esposo de María, se haya dicho que «una de las consecuencias del ideal que insufló en toda Europa fue la de modificar profundamente la imagen de José dirigida a los fieles».
El Belén de Greccio: Jesús acogido
Recordaba Francisco Canals:
«Ahora nos parece muy natural, por Navidad, hacer un Belén con las figuritas del Niño, María, José, ángeles y pastores, etc., pero antes de esto hubo una innovación de san Francisco y sus primeros compañeros, que inventaron una especie de pesebre viviente (…) Y esto lo hicieron primero los franciscanos y la devoción –que santa Teresa menciona– de contemplar la humanidad de Cristo se debe a los franciscanos, que repitieron muchas veces esta idea: ver a Cristo en brazos de José, como un padre».
Corresponde a Paul Payan, haber identificado el gesto que pudo despertar esta devoción. Parte de la Navidad de Greccio en 1223, alrededor de la escenificación del nacimiento en una cueva en medio del bosque. En las fuentes franciscanas encontramos dos relatos de aquel hecho: la Vita prima de Celano y la Legenda maior de san Buenaventura. Ambas describen una escena bastante básica: un burro, un buey, un poco de heno y ninguna representación de la Virgen ni de José. Un testigo afirma haber visto a un niño dormido en el pesebre y a Francisco levantándolo para despertarlo. En el relato de Buenaventura, la visión se hace más precisa:
«Un caballero virtuoso y digno de fe, que por amor de Cristo abandonó la carrera militar y se unió íntimamente con el gran hombre de Dios, el señor Jean de Greccio, afirma haber visto un niño pequeño muy hermoso dormido sobre la cuna, y que parecía despertarse cuando el bienaventurado padre Francisco lo ha tomado en brazos».
A primera vista, parece una evocación de la Virgen con el Niño en brazos, pero la designación Pater Franciscus, sugeriría la función paternal de José. Giotto representó esta escena en la basílica superior de Asís. Es como si Francisco asumiera el papel de José. El mismo san Buenaventura, en un sermón para la Epifanía, señalará: «Cristo debe ser asumido por todos con piedad y acogido por cada uno para ser venerado, siguiendo el ejemplo del bienaventurado José que lo ha asumido y recibido de esa manera».
La reflexión franciscana: Jesús abrazado
Los autores franciscanos, herederos también de la tradición monástica de Ruperto de Deutz y san Bernardo, fijaron su mirada en la relación de cercanía que se daba entre José y el Niño Jesús. En este sentido Pedro Juan de Olivi afirmaba:
«Al mismo que ha sostenido a Cristo en sus brazos como padre, y se ha comportado con Él como padre, ¿quién dirá que Cristo, de niño o de adulto, no le inspirara e imprimiera sentimientos inefables y alegrías interiores, como por una gracia sensible mediante su mirada filial, sus afectos y sus abrazos? »
De dónde deduce que conserva en el Cielo la cercanía que le tuvo en la tierra y que la Iglesia es deudora de José:
Del mismo modo que la Iglesia entera es deudora a la Virgen Madre, pues es por María que ha recibido a Cristo, lo mismo, sin duda, después de ella, es deudora a José, (…), pues es imposible dudar de la intimidad y la reverencia que Cristo le ha mostrado en la tierra, como un hijo respecto a su padre, y no lo ha rechazado en el Cielo, sino que lo ha elevado al más alto grado.
En la misma línea Ubertino de Casale, si bien, fijándose más, en la reacción de José ante las muestras de afecto de su hijo:
«Contempla, alma, con cuánto fervor de caridad debió enardecerse José, meditando en su corazón y contemplando con sus ojos que el Hijo de Dios se había hecho hijo suyo, y le había elegido para alimentarle, tenerle en sus brazos, cuidarle y conservarle en las necesidades de su vida mortal ¡Qué dulces besos recibió de Él! ¡Con cuánta dulzura oía al balbuciente niño llamarle padre! ¡Con cuánta suavidad sentía que le abrazaba con dulzura!»
José es rescatado del característico apartamiento en que lo habían dejado las tradiciones apócrifas y que limitaban su función a salvaguardar el honor de la Madre.
La predicación franciscana: José, modelo a imitar
La mediación de san Francisco en la comprensión de la figura de san José iba a tener consecuencias para los seguidores del Poverello, subrayando, por ejemplo, su humildad y pobreza. Pero también, iba a descubrir para todos los cristianos un modelo digno de imitar. Corresponde a los frailes menores haber extendido la devoción y el culto a san José en Italia a lo largo del siglo xv. Annarosa Dordoni lo explica así:
«La predicación franciscana, cálida y sencilla, que interpretaba las necesidades concretas de la gente más humilde, logró conectar con la piedad popular, orientándola hacia la contemplación de los aspectos más terrenales y cotidianos de la infancia de Cristo. Los personajes del Pesebre aparecían semejantes a la gente común, que se identificaba con esos rostros, familiares por los signos de pobreza y sufrimiento, y descubría, junto al Niño y la Virgen, al humilde José».
Sobresale san Bernardino de Siena, y su sermón sobre san José, compuesto para la vigilia de Navidad, pues aún no era corriente celebrar la fiesta el 19 de marzo. En él, recoge la tipología de san Bernardo que ve a José de Egipto como figura del esposo de María, con san Jerónimo considera que san José fue virgen y, siguiendo a san Agustín, defiende la verdad de su matrimonio. Pero aún lo imagina anciano, aunque capaz de cumplir con los deberes de proteger y cuidar tanto al Niño como a su Madre.
Su mirada no alcanza a ver a José como descendiente de la casa de David ni lo señala como el heredero de la promesa que se hizo a los padres, pero sí que lo presenta como un auténtico protagonista en la historia de la salvación y subraya su paternidad pues «el Eterno Padre le comunicó liberalísimamente la semejanza de su primacía sobre el Hijo encarnado».
Se refiere a su posible resurrección cuando la de Jesucristo y desarrolla la afirmación de Juan de Olivi sobre la glorificación de san José: «es imposible dudar que la familiaridad y reverencia que Cristo le ha mostrado en la tierra, como un hijo a su padre, se la haya negado en el Cielo, antes bien, la ha llevado a su plenitud». Quienes compartieron dificultades y vivieron en la concordia del amor en la tierra, han de gozar unidos –y en cuerpo y alma– de la gloria del Cielo. A la sociedad formada por Jesús, María y José la denomina «illa sancta familia» y como Olivi, piensa que, después de a María, la Iglesia le debe a él especial agradecimiento y reverencia.
El beato Bernardino de Feltre, reflexionó sobre el alto conocimiento que tuvo José del misterio de Cristo:
«Si Juan el Evangelista, al reclinar su cabeza sobre el pecho del Señor, alcanzó un tal conocimiento del Señor que ninguno de los demás apóstoles tuvo, ¿qué opinan de José? No fue José, sino Cristo quien reclinó su cabeza sobre el pecho de José».
Las Meditationes vitae Christi: José, partícipe del misterio de Cristo
Durante muchos siglos no se atendió adecuadamente a la vida familiar de Jesús, María y José. Pero, como señaló Canals:
«La acción de san Francisco de Asís y de sus hijos sobre los fieles cristianos, nos llevó a contemplar aquella sencilla vida doméstica y de trabajo humano, en la que se nos iba a revelar silenciosamente el Rey del universo en su vida de familia y de trabajo sencillo. La modesta vida de vecindario galileo, la cotidianidad que quiso asumir el Hijo de Dios hecho Hijo del hombre, hijo de Abraham y de David, que era el hijo de José».
Otro ejemplo del corpus doctrinal que se iba formando a partir de la reflexión y la predicación de los franciscanos, lo encontramos en las Meditationes vitae Christi que Johannes de Caulibus, dedicó a una monja clarisa. Fueron muy difundidas y se han conservado numerosos ejemplares. Uno es el manuscrito italiano 115, de la Biblioteca de París, que viene profusamente ilustrado.
Al meditar sobre la vida de Jesús, es inevitable pensar en san José. En las Meditationes, ha notado Annik Lavaure:
«José es siempre fácilmente reconocible. Si bien aún se le ve como un anciano, ya no aparece curvado por el peso de los años y la necesidad de afrontar las pruebas que le esperan justifica por sí sola esa nueva representación».
Aunque no presentan una imagen particularmente original del esposo de la Virgen, ni pretenden convertirlo en un personaje principal, su insistencia sobre lo cotidiano, hacen que lo mencionen con frecuencia y que sea presentado como un verdadero actor de la Historia Sagrada.
Cuando –señaló Francisco Canals– la contemplación del misterio de la encarnación lleva a considerar, para admirar más la benignidad y la efusión misericordiosa de Dios, a Dios hecho niño, entonces se comienza a atender a José, porque María no fue una madre viuda, Jesús no fue un niño sin solicitud paterna. Durante largos años –hasta la muerte de José, que no sabemos cuando fue– la madre contó con el solícito cuidado de José y esto es lo que contemplan, a partir de san Bernardo, una serie de autores de la Edad Media, sobre todo los franciscanos.
Santa Teresa de Jesús: José, maestro de oración
En el siglo xvi la gran valedora de san José será santa Teresa, cuya importancia en la promoción de la devoción y el culto a san José no admite parangón. Pero, al igual que los franciscanos supieron aprovechar la herencia de los monasterios, también santa Teresa, fue precedida por una tradición de la que se nutrió. Fue el papa Sixto IV, franciscano, quien en 1480 introdujo en el calendario romano la celebración de san José y fijó para ello el día del 19 de marzo.
Y la misma santa recibió el influjo directo de autores franciscanos. Sabemos que mientras estuvo convaleciente leyó la Subida al Monte Sion de Bernardino de Laredo, que en anejo llevaba una Josefina o vida de san José. En ella, siguiendo a Jean Gerson, se titula el parrapho 4: «En el qual se nota la bobedad de los que lo pintan viejo». Así rejuvenecido, es más fácil atribuirle un papel activo en el misterio de la redención. Quizás también le llegó algo a través de Francisco de Osuna, en cuyo Abecedario espiritual encontró tantas luces sobre la oración, y de san Pedro de Alcántara, con quien tuvo trato y que había fundado en España la provincia franciscana de san José.
En el texto en que propone a san José como maestro de Oración encontramos ecos del modo de acercarse a contemplar la humanidad de Cristo de la escuela franciscana. San José, el maestro que puede conducir por los caminos, tantas veces áridos, como lo debieron ser aquellos por los que transitó con el Niño y su Madre yendo a Egipto o volviendo a Judea, o en alguna de las peregrinaciones, pero nunca infecundos, de la meditación y la oración:
«Solo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca, y tenerle devoción: en especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los Ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el niño Jesús, que no den gracias a san José por lo bien que les ayudó en este tiempo. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro, y no errará en el camino.»
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