En diciembre de 2025, en Southampton, Reino Unido, Henry Nowak, un joven británico de 18 años de origen polaco, fue apuñalado cinco veces por Vickrum Digwa, un sij de 23 años. Mientras yacía en el suelo desangrándose, su agresor tuvo la astucia de invertir inmediatamente la narrativa: «Me ha agredido un racista». La policía británica, adiestrada durante décadas para temer por encima de todo la acusación de racismo, le creyó al instante.
Esposaron al joven apuñalado. Mientras Henry, agonizante, repetía «No puedo respirar», los agentes respondían con sorna: «No creo que sea así, amigo». Tres minutos después se desplomó inconsciente. Murió poco después. La palabra mágica «racista» atemorizó de tal modo al agente de policía que posiblemente le impidió evitar la muerte de un joven de 18 años.
Más allá del error policial, para entender el caso es necesario remontarse al llamado Informe Macpherson de 1999. Este informe fue el resultado de una investigación pública tras el asesinato de Stephen Lawrence, un adolescente negro asesinado en Londres en 1993, y se elaboró con el objetivo de recuperar la confianza de las minorías étnicas y reformar las instituciones públicas para evitar que incidentes parecidos se repitieran en el futuro.
Aquel documento impuso el dogma del «racismo institucional» en la policía, la justicia, la educación y la administración británica. Durante veinticinco años, los policías británicos han sido formados, amenazados y disciplinados para priorizar, por encima de la evidencia, la presunción de inocencia y la seguridad pública, el no parecer racistas.
Por otro lado, resulta llamativo (o tal vez ya no tanto) el contraste mediático y social del caso Nowak con otros casos. El asesinato de Stephen Lawrence generó un informe parlamentario, cambios estructurales y un relato nacional de culpa eterna. George Floyd, un delincuente estadounidense con un largo historial, provocó semanas de disturbios, rodillas en el suelo de políticos y policías, y el blanqueamiento institucional de los saqueos de Black Lives Matter. Mientras tanto, silencio con Henry Nowak. Ningún político se arrodilló. Ninguna cadena de televisión montó campañas especiales, prácticamente no informaron de ello hasta que el video de la detención y muerte se hizo público. Ninguna ONG llenó las calles de manifestantes reclamando justicia.
En paralelo, el auge de la inmigración masiva y la consolidación de una sociedad multicultural han ido acompañados de una expansión de estructuras burocráticas dedicadas a la diversidad, equidad e inclusión (DEI). Estas han contribuido a crear un entorno donde el temor a ser señalado como racista puede condicionar la actuación policial, como así ha sucedido, diluyendo la aplicación uniforme de la ley.
Tras hacerse viral el vídeo del arresto y muerte de Henry Nowak, miles de ciudadanos británicos salieron a las calles de Southampton, Londres, Birmingham y otras ciudades exigiendo justicia y el fin de la cobardía institucional. Con banderas del Reino Unido y de San Jorge ondeando, se concentraron frente a comisarías y ayuntamientos denunciando el «racismo anti-blanco» institucionalizado por el Informe Macpherson y las políticas woke. Hubo marchas ruidosas, con cánticos de «Justice for Henry» y «Stop importing violence», acompañadas de pancartas que decían «British lives matter too» y «Policía, proteged a los nuestros».
Quién sabe si estas desgracias tan extremas están movilizando a sectores de la sociedad, hasta ahora pasivos, a pasar a la acción y cuestionar algunas de las injusticias bien consolidadas en las naciones occidentales. Poco después de que saliera a la luz el caso Nowak, otro apuñalamiento grave en Belfast desató la violencia, reflejando la misma frustración acumulada ante la reiteración de incidentes violentos perpetrados por personas de origen extranjero, la percepción de impunidad y la tibia respuesta institucional. Tanto las manifestaciones por el asesinato de Nowak como los disturbios en Belfast son señales que evidencian el fracaso del proyecto multicultural, cada vez más patente no sólo para los expertos, sino también para el ciudadano de a pie, cuya capacidad para soportar injusticia y violencia está alcanzando su límite a lo largo y ancho de Europa occidental.
Giro islamista en Paquistán, donde Asia Bibi continúa en el corredor de la muerte
Paquistán, con una población de más de 200 millones de personas, es el quinto país más poblado del mundo. El país de los puros, nacido de los restos del Raj británico, ha sido noticia en los últimos años no...







