«Alza la mirada»
El papa León XIV ha visitado nuestro país apenas un año después de ascender al solio pontificio. En su cuarto viaje apostólico internacional el Santo Padre ha querido estar entre nosotros durante siete días, del 6 al 12 de junio, para poder encontrarse con las distintas realidades eclesiales españolas, celebrar la fe y anunciar el mensaje de Jesucristo a toda la sociedad, dejándonos escenas impresionantes tanto en Madrid como en Barcelona y en las Islas Canarias y que quedarán para siempre en el recuerdo de todos.
Han sido días intensos para el Papa, tanto física como emocional y espiritualmente. Y también para los millones de fieles que le han acompañado durante estos días, respondiendo con entusiasmo y fervor a su llamada y desbaratando, una vez más, tantas encuestas y superficiales análisis sociológicos que dan por clausurada la fe católica en el pueblo español. De hecho, la repetida imagen de padres de familia buscando al Papa para que bendiga a sus bebés no es un detalle anecdótico en este viaje apostólico, sino que, como ha afirmado monseñor Munilla, es una escena profundamente simbólica que se convierte en clave para comprender no sólo el mensaje de esta visita, sino también el momento crítico que atraviesa Occidente y la razón por la que muchos vuelven hoy la mirada hacia la Iglesia con renovada esperanza.
Sábado, 6 de junio. Madrid
El sábado 6 de junio el Santo Padre pisaba España por primera vez como sucesor de Pedro, bajando del avión ataviado con la muceta roja, símbolo de su autoridad. Del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas se trasladó a la ceremonia de bienvenida que tuvo lugar en el Palacio Real. En el primer encuentro con los reyes de España y representantes de la sociedad civil, León XIV, recordando la antiquísima tradición católica de nuestro país, dejó clara la intención de su viaje: «Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes en el Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta nación».
De hecho, las palabras del Papa en su primer discurso mostraron ya el núcleo de las enseñanzas que iría desarrollando a lo largo de su visita y que podemos resumir en la invitación a mirar la realidad de las cosas de la tierra con la luz que brota de la fe. Tal es el sentido del lema escogido para esta visita –«Alza la mirada» (Jn 4,35)– y que ha sido al mismo tiempo una denuncia de las ideologías que están destruyendo nuestra sociedad y una llamada a levantar nuestro corazón al Señor con fe, esperanza y caridad.
Esa misma tarde León XIV también visitó el proyecto social CEDIA 24 horas de Cáritas, un centro especializado en la atención integral y acompañamiento de personas sin hogar, en la que el Papa repitió la invitación a alzar su mirada para «contemplar los campos que, maduros, esperan la cosecha, y nos recuerdan que la caridad no admite demoras». La práctica de la caridad, insistirá al Sumo Pontífice a lo largo de su viaje, es la prueba de nuestra fe, que nos alejará de actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos desenfocados o equivocados y nos permitirá ofrecer esperanza a nosotros mismos y al mundo entero.
El último acto del sábado fue el primer contacto del Papa con el pueblo fiel más allá del caluroso recibimiento que pudo ya sentir en sus desplazamientos a través de la capital española. Y fue un recibimiento apoteósico que se repetiría al día siguiente en la plaza de Cibeles y a lo largo de todos sus encuentros posteriores, demostrando el inmenso cariño de los católicos españoles al sucesor de Pedro.
León XIV participó en una vigilia de oración que congregó a más de 600.000 fieles en la plaza de Lima, y en la que el Romano Pontífice, respondiendo a diversas preguntas realizadas por los jóvenes, les animó a escoger ejemplos de vida buena –entre los que citó a san Agustín, san Juan Crisóstomo, santo Tomás de Villanueva y santo Toribio de Mogrovejo, que han sido un referente para él–, que resulten atractivos tanto para ellos como para los demás, y recordó el testimonio de fe de la gente de Perú, donde estuvo como misionero y luego como obispo. Con mucha fuerza el Papa exhortó a todos los jóvenes presentes: «¡No tengáis miedo jamás de pensar en una vocación a la vida sacerdotal, a la vida religiosa o a otros servicios en la Iglesia! (…) ¡No tengáis miedo del matrimonio y de formar una familia!». Y les invitó a buscar a Dios en el silencio para «cambiar la historia con el amor». La vigilia concluyó con un largo rato de oración y adoración ante el Santísimo Sacramento expuesto.
Domingo, 7 de junio. Madrid
Al día siguiente, solemnidad del Corpus Christi, y acompañado por la familia real, León XIV presidió la santa misa y la procesión eucarística en la plaza de Cibeles ante 1.200.000 personas. En la homilía, el Papa enfatizó «el don de la presencia viva de Cristo en medio de nosotros» que es la Eucaristía. Una presencia que en España está en el corazón de nuestra fe y de la historia de nuestro pueblo y que se manifiesta cada año en la fiesta del Corpus Christi, no como algo folclórico sino como la expresión y manifestación del sentimiento espiritual de nuestro país a través de la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos. Y el Papa, recordando la figura de san Manuel González, «el obispo de los sagrarios abandonados», nos dio un encargo: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy en nuestro día a día.
Acabada la misa, el Santo Padre, precedido por los pendones de distintas asociaciones eucarísticas, una representación de religiosos y sacerdotes y una veintena de niños de primera comunión, recorrió a pie las calles de Madrid, cubiertas de alfombras de flores, portando él mismo la custodia bajo palio.
Por la tarde y tras un encuentro privado con los miembros de la Orden de san Agustín en la Nunciatura Apostólica, el Papa se dirigió al Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid (Movistar Arena) para reunirse con representantes del mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte. Allí León XIV, admirado por la hermosura visible en tantas manifestaciones artísticas y culturales de nuestro país y cuestionándose la herencia que nuestra generación quiere dejar al mundo, hizo una llamada a «custodiar el alma de aquello que nuestra sociedad genera».
En este sentido y preparando ya el discurso que al día siguiente dirigiría a los miembros del Parlamento español, el Santo Padre subrayó el papel de la Iglesia que, como «experta en humanidad», comparte aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe: que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud. Y lo comparte mediante el encuentro, el respeto, la escucha y el diálogo entre instituciones centrado en la dignidad humana; mediante la inspiración artística que crea belleza; y mediante el servicio desinteresado al hombre. «¿En serio es posible creer que la Europa –a la que tanto amamos–, sería ella misma sin la huella de la fe? ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad? (…) ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo». En todo ello se juega que, en el porvenir, siga resplandeciendo nuestra «magnífica humanidad», concluyó el Pontífice.
Lunes, 8 de junio. Madrid
El lunes 8 de junio la jornada papal comenzó con uno de los actos que generaba más expectación: el primer encuentro de un pontífice con los miembros del Parlamento español en el Congreso de los Diputados. León XIV, hablando no meramente como jefe de Estado sino como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, pronunció un discurso memorable.
El Santo Padre, apelando a la tradición jurídica y moral hispánica, defendió ante las Cortes la inviolable dignidad de toda persona humana, cuyo reconocimiento debe ser el fundamento de toda sociedad. Una dignidad, subrayó León XIV, que precede a toda concesión del Estado y que no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento. La defensa de la vida humana, la búsqueda del bien común, el sostenimiento de la familia y la colaboración de las instituciones educativas con ella, el drama migratorio, la paz, el respeto a la dimensión religiosa del ser humano y al sigilo sacramental de la confesión fueron algunos de los temas abordados por el Papa en su discurso y que, al finalizar, recibió una larguísima y desconcertante ovación de los parlamentarios.
No podemos –ni queremos– resumir en estas páginas las palabras del Papa a los diputados y senadores españoles, sino que animamos a los lectores de Cristiandad a leerlo íntegramente porque de él extraerán mucha luz para entender el funcionamiento de las democracias modernas.
Tras salir del Congreso de los Diputados, León XIV se dirigió a la sede de la Conferencia Episcopal, donde se reunió con los obispos españoles. Con sus palabras el Papa ofreció su aportación a algunas de las cuestiones planteadas en los últimos años por el episcopado español en referencia a los retos actuales y la manera de afrontarlos.
Ya por la tarde el Pontífice visitó la catedral madrileña para rezar a la Virgen de la Almudena, a quien entregó una Rosa de Oro, y posteriormente se dirigió al estadio Santiago Bernabeu, donde le recibieron más de 70.000 fieles de las tres diócesis madrileñas entre vítores, cánticos y prolongados aplausos.
Aprovechando la velada, León XIV se unió a la alabanza a Dios de esa triple comunidad diocesana y llamó a todos a ser cordiales y estar siempre alegres en el Señor en medio de las grandes realidades urbanas que configuran nuestra sociedad para poder «ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad».
Martes, 9 de junio. Madrid-Barcelona
Para despedirse de Madrid el Santo Padre se reunió en el Pabellón 3 de IFEMA con los voluntarios que han colaborado en la preparación y desarrollo de los actos, donde, además de darles las gracias por su labor, aprovechó para invitar a todos los cristianos a llevar al mundo la levadura de la gratuidad, fermento que hace crecer la calidad humana, ética y espiritual de una sociedad y rasgo típico de la «ciudad de Dios».
Ya a mediodía cientos de catalanes se congregaron frente a la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia para dar al Papa la bienvenida de Barcelona, donde, tras una breve oración en la capilla del Cristo de Lepanto, presidió el rezo de la Hora Sexta. Allí dirigió unas palabras a los fieles presentes, en las que subrayó el carácter de la Iglesia como esposa amada que congrega a la familia de los hijos de Dios y como Cuerpo místico de Cristo que desempeña múltiples funciones en la unidad del Espíritu Santo y que el Santo Padre intimó a guardar, siendo testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias. Acabada la oración, León XIV descendió a la cripta de Santa Eulalia para realizar su última plegaria antes del retirarse a descansar.
A las ocho de la tarde el Estadio Olímpico de Montjuic acogió con un entusiasmo desbordante al papa León XIV para compartir una vigilia de oración que giró en torno a la Cruz y su mensaje salvador. Ante más de 40.000 fieles y después de invocar el Espíritu Santo y entronizar en el altar una cruz de casi tres metros de altura, reproducción fiel de la ubicada en el altar mayor de la Sagrada Familia, el Santo Padre respondió a diversas preguntas planteadas por tres jóvenes en torno a la vocación cristiana, enfermedades como la depresión y la posibilidad de perdonar.
El Papa, con un espíritu muy agustiniano, invitó a los jóvenes a buscar su vocación «descendiendo interiormente», es decir, yendo a lo profundo para descubrir la espiritualidad y el Evangelio sin dejarnos abrumar por los ritmos y las seducciones externas. En este aspecto, León XIV también llamó la atención sobre los problemas de salud mental cada vez más extendidos en nuestras sociedades desarrolladas y que son señal de algo profundamente erróneo que las configura. Y en estos momentos de oscuridad y de sufrimiento que nuestra sociedad intenta callar, el Santo Padre invitó a mirar a Jesús, que comparte nuestro dolor, llora nuestras lágrimas y permanece a nuestro lado con su presencia llena de amor y misericordia, y a buscar el apoyo de personas que nos permitan superar las noches oscuras de la vida, sin minimizarlas ni silenciarlas.
Especialmente emotivo fue el testimonio de una joven sobre el sufrimiento en el contexto familiar y la posibilidad de perdón, experiencia que el Papa aprovechó para interpelar a toda la sociedad sobre una responsabilidad que no podemos atribuir a Dios sino a unas raíces antropológicas y culturales y a unas dinámicas sociales ampliamente implantadas que atentan contra la dignidad y libertad del hombre. Además, el Santo Padre hizo un llamamiento a mirar el perdón, «poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores», como un largo camino a recorrer con paciencia para transformar lentamente el resentimiento en misericordia y compasión.
Tras el coloquio del Papa con los jóvenes dio comienzo la liturgia de la Palabra, en la que se proclamó un pasaje del evangelio de san Juan y León XIV, en su homilía, reflexionó sobre los dos itinerarios, entrelazados, que configuran la vida humana –el camino de la historia en la que vivimos y el camino de la fe– y en los que experimentamos la «noche» pero que son, como en el caso de Nicodemo, «un vientre que siempre alumbra vida nueva». Y trascendiendo el camino personal, el Santo Padre se cuestionó también sobre las noches de nuestro camino eclesial y social y la dirección que lleva ese camino.
Miércoles, 10 de junio. Barcelona
El último día del Papa en tierras catalanas comenzó con la visita al centro penitenciario Brians 1, primera ocasión en que un pontífice visita una prisión española. En este encuentro, donde estuvieron presentes ochenta internos procedentes de Brians 1, Brians 2 y Wad-Ras, capellanes, voluntarios y trabajadores de la pastoral penitenciaria, León XIV mostró la cercanía de la Iglesia con los presos y, tras escuchar el edificante testimonio de dos reclusas, recordó una vez más la dignidad que acompaña a toda persona humana y que ningún error cometido a lo largo de la vida puede cancelar. Mensajero del amor misericordioso del Señor y de su continua invitación a la esperanza, el Vicario de Cristo alentó a los internos a dejarse guiar y transformar por la gracia: «¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor!».
A mediodía el Santo Padre puso rumbo a la abadía de Nuestra Señora de Montserrat donde, tras una pequeña visita al Santísimo, dirigió el rezo del santo Rosario, encomendando a la «Moreneta» su servicio petrino y la misión de la Iglesia en un mundo que clama pidiendo justicia y paz. Acabada la oración, León XIV dirigió unas palabras a los fieles recordando con gratitud sus años como párroco de la parroquia de Santa María de Montserrat en Trujillo (Perú), recuerdo que le trasladó a las innumerables historias de devoción, gratitud, esperanza e incluso martirio que han contemplado los muros de esa Abadía a lo largo de los siglos en torno a la Mare de Déu de Montserrat. El Papa invitó a todos a alzar la mirada a María, que «nos conduce hacia Cristo y nos enseña a escuchar su voz, obedecer su palabra y permitir que Él nos transforme».
Acabada la ceremonia León XIV subió al camarín de la Virgen para orar ante la talla románica que preside la basílica y, fuera del programa previsto, se asomó al balcón situado sobre los arcos de entrada al recinto abacial y, visiblemente emocionado, se dirigió a los 8.000 fieles que siguieron el acto desde la plaza de Santa María para agradecer su hermosa manifestación de fe: «[Gracias por] la alegría, entusiasmo, profundo sentido de fe que estamos viviendo en estos días. (…) Toda España llena de fe, de amor, llena de este deseo de alabar a Dios, de dar gracias a Dios y de estar unidos».
Siguiendo su apretada agenda para ese día, a primera hora de la tarde el Papa se reunió en la iglesia de San Agustín, en el corazón del Raval barcelonés, con diferentes entidades y servicios eclesiales que trabajan en el ámbito social. Tras algunos testimonios sobre las realidades de caridad y asistencia diocesanas y en un ambiente muy distendido –«Aquí de verdad me siento en casa», afirmó–, León XIV habló del trabajo en equipo, de la importancia de ser amigos de Jesús y confiar en Él, del cuidado y acompañamiento a los abuelos y personas mayores, de perdonar siempre y de acercarse con perseverancia a los más pequeños y vulnerables para aliviar sus sufrimientos y remediar su pobreza, subrayando la llamada de todo cristiano a hacer presente el amor de Dios en el tejido concreto de la historia.
Acabado el encuentro en la iglesia de San Agustín y tras una breve parada en el Palacio Episcopal, el Papa se dirigió al templo de la Sagrada Familia en papamóvil, rodeado por miles de fieles que le acompañaron con entusiasmo durante todo el recorrido de más de un kilómetro.
A su llegada a la basílica y tras la recepción de los reyes de España y diversas autoridades civiles y religiosas, el Santo Padre bajó a la cripta para orar ante el Santísimo y visitar la tumba de Antonio Gaudí antes de comenzar la celebración de la santa misa conmemorativa del centenario de la muerte de Gaudí ante miles de fieles congregados en el interior y en el exterior del templo, «signo de unidad y de concordia».
En su homilía el Papa recordó que, al igual que la construcción de la Sagrada Familia es un largo proyecto, la vida cristiana es también un largo proyecto que Dios lleva a cabo. De hecho, la Escritura –afirmó León XIV– nos enseña que no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios en nuestro templo, sino que es Dios quien nos da un lugar en su propio Corazón y nos invita a la salvación. El Santo Padre hizo además un fuerte alegato a favor de la fe en Cristo como fuente de gracia y perdón, de salvación y de vida nueva y renovadora de un mundo herido de muerte, una fe que Gaudí quiso plasmar en la forma de las piedras y sentido del edificio que diseñó y que es imagen del «Artista» que ha impreso su belleza y esplendor en el cosmos.
La celebración, que puso de relieve la vigencia del mensaje del arquitecto catalán y su visión de un templo concebido para anunciar el Evangelio a través de la belleza, la luz y la naturaleza, culminó con la bendición papal de la torre de Jesucristo, que con 172,5 metros de altura sitúa a la Sagrada Familia como la iglesia más alta del mundo. Tras la bendición, tuvo lugar un majestuoso espectáculo de música, luces, colores, cohetes y drones que iluminó la torre de Jesucristo, la basílica y el cielo de toda Barcelona, que confirmó la belleza del mensaje evangélico
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Jueves, 11 de junio. Las Palmas de Gran Canaria
Dejando Barcelona a primera hora de la mañana, el Papa se trasladó a Las Palmas de Gran Canaria donde ya a media mañana se encontró con inmigrantes, trabajadores y voluntarios que trabajan en el puerto de Arguineguín, epicentro de la ruta canaria de inmigración. Allí el Santo Padre escuchó, conmovido, el testimonio de un marinero, un voluntario de Cáritas dando voz a una víctima nigeriana de la trata, y un migrante latinoamericano. El mar en el lenguaje bíblico, como apuntó León XIV, puede ser imagen de amenaza, oscuridad y caos por la acción de unos «monstruos» que hoy en día siguen presentes y adoptan diferentes formas, «pero la fe no se queda paralizada ante el poder del mar. Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte». Y ante el drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos en su país, el Papa llamó a realizar un examen de conciencia a las naciones de origen, las de tránsito, Europa y toda la comunidad internacional, acuciando también a la Iglesia para que se deje interpelar por el clamor de tantos seres humanos que gritan desde la noche. El encuentro terminó con una ofrenda floral lanzada al mar, encomendando al Señor a todos los qua han perdido la vida allí en busca de un futuro mejor, y la bendición de una cruz realizada con madera de un cayuco arribado a Canarias.
Y antes del almuerzo el Pontífice aún tuvo tiempo para reunirse en la catedral de Santa Ana con el clero y los agentes pastorales de la diócesis de Gran Canaria, encuentro en el que reflexionó sobre dos actitudes a tener en cuenta en nuestra vida cristiana: abrazar la cruz de Cristo, que es leño de salvación para atravesar el mar de la vida, y cultivar una espiritualidad eucarística, que es «ahondar en una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor».
Esa misma tarde, víspera de la solemnidad del Sagrado Corazón, cerca de 50.000 fieles acogieron al Papa en el Estadio de Gran Canaria, donde el Pontífice celebró su primera gran misa en el archipiélago. En la homilía León XIV glosó algunos de los tesoros escondidos en el Corazón de Jesús, que se esconden a los «doctos» y «sapientes» y se revelan a los humildes.
Viernes, 12 de junio. Las Palmas de Gran Canaria-Santa Cruz de Tenerife
La última jornada del viaje papal comenzó con el traslado de Las Palmas a Tenerife para visitar el Centro de acogida «Las Raíces», principal dispositivo de atención humanitaria y primera acogida de migrantes en la isla, donde el Papa escuchó de nuevo el testimonio de dos migrantes y destacó el hecho providencial de celebrar en ese marco la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, amor misericordioso e infinito de Dios que no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad. De algún modo –recalcó el Papa–, todos somos migrantes, peregrinos en camino al Cielo, y debemos ayudarnos unos a otros, aportando e intercambiando lo que cada uno tiene de valioso, para llegar a esa meta.
Tras saludar a los migrantes acogidos en ese momento en el centro y visitar diversas tiendas-dormitorio el Santo Padre se despidió para trasladarse a la plaza del Cristo de La Laguna. Allí el Papa presidió un encuentro con grupos eclesiales y entidades comprometidas con la acogida y la integración de personas migrantes en el archipiélago canario, donde instó a aprender del Evangelio el lenguaje de la cercanía, de la paciencia y de unas manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos. Unos caminos que son integradores y, como tales, imponen deberes tanto al que llega como al que acoge. Y en concreto el Papa advirtió a los católicos que esa integración no puede quedar reducida a una tarea social, por necesaria que sea, sino que debemos ofrecer también a los migrantes caminos para conocer a Jesucristo. Por último, León XIV lanzó también una dura advertencia a las mafias que trafican con personas: «Deténganse. Conviértanse. (…) Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina. (…) Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión».
Tras este acto el Papa se desplazó en papamóvil por las calles de San Cristobal de la Laguna, abarrotadas de fieles, hasta la Casa del Arzobispo desde donde, tras un breve descanso, se dirigió al puerto de Santa Cruz de Tenerife.
Y en el puerto tinerfeño tuvo lugar la celebración de la Eucaristía, último acto del viaje papal por España, que congregó a más de cuarenta mil fieles para honrar al Corazón de Jesús, a los que el Santo Padre animó a convertir su isla en un lugar donde encontrar al Corazón de Cristo en el rostro amigo y hospitalario de personas y comunidades fraternas.
Ya al final de la santa misa Su Santidad tuvo entrañables palabras de agradecimiento para todos los que le han acogido y han colaborado en la preparación y realización de este viaje: «Regreso a Roma conmovido por el gran afecto con el que me han recibido, y reconfortado por los testimonios de fe y de amor a la Iglesia, expresiones del gran corazón católico de España. Desde este puerto, que lleva el nombre de la Santa Cruz, mi pensamiento se extiende al mundo entero y a sus heridas, que hacen sufrir a pueblos enteros. A todos quisiera repetirles el lema de este viaje: “¡Alzad la mirada!”. Sí, dirijamos la mirada a Cristo crucificado; su Corazón es la fuente de la misericordia, la única que puede salvar a la humanidad, necesitada de perdón y de reconciliación, para alcanzar una paz verdadera y duradera. ¡Levantemos la mirada como lo hizo María, la Madre de todos los que sufren, y guiados por ella retomemos el camino con esperanza!».
Sin duda, el viaje de León XIV a España ha sido un importante momento de gracia para nuestro país, que lo ha recibido con los brazos abiertos y un corazón grande. Su mensaje ha resonado por toda nuestra geografía y ha traspasado nuestras fronteras porque no sólo iba dirigido a los españoles sino al mundo entero. Un mensaje que ha querido ser una respesta desde la mirada amorosa del Señor a muchos de los problemas que aquejan a la sociedad contemporánea.
Fe, caridad, corazón, vida, dignidad humana, familia, acogida, paz, dolor, oscuridad, esperanza, Iglesia o María son algunas de las palabras que han resonado de continuo en estos días y cuyo eco no podemos dejar perder para poder profundizar en todo lo que el Papa ha querido transmitirnos.
Gracias, Santo Padre, por confirmarnos en la fe en este Dios bueno en quien ponemos toda nuestra esperanza de salvación. Muchas gracias.










