Con motivo del aniversario de la muerte de san Francisco de Asís, que tuvo lugar el 3 de octubre de 1226, y por tanto al cumplirse los 800 años, el Papa ha proclamado un año jubilar que se clausurará el próximo 10 de enero del 2027. Esta celebración jubilar es una invitación a toda la Iglesia a contemplar y a imitar la vida del «Santo Poverello» no sólo por su permanente actualidad sino también por la especial importancia para nuestro tiempo.
Podemos preguntarnos qué es lo esencial de su espiritualidad y por qué, después de ocho siglos, su figura continúa teniendo una fuerza extraordinaria. San Francisco no fue solamente un hombre que fundó una orden religiosa ni un reformador de la vida cristiana. Fue, ante todo, un hombre enamorado de Jesucristo, que quiso vivir el Evangelio con sencillez y humildad. Benedicto XVI resumió muy bien este itinerario: Francisco se enamoró de Cristo y las llagas del Crucificado «hirieron su corazón» antes de quedar impresas en su cuerpo.
El punto de partida de su espiritualidad es, por tanto, Cristo. Francisco quiere seguir sus huellas, identificarse con Él y hacer de su vida una respuesta de amor, de ahí su clamor por las calles de Asís: «El Amor no es amado».
Éste es el fundamento en el que nacen sus grandes características: la pobreza, la humildad, la fraternidad, la alegría, el amor a los pobres, la paz y la admiración ante la creación. No se trata de valores independientes: todos brotan de su contemplación de Jesucristo, especialmente de Jesús pobre en Belén y de Jesús entregado en la Cruz.
La pobreza franciscana no es simplemente desprecio de los bienes materiales, es sobre todo, libertad para poseer a Dios. Francisco descubre que el hombre que quiere seguir a Cristo debe desprenderse de aquello que puede ocupar el lugar de Dios. Por eso llama a la pobreza «señora»: la abraza porque ve en ella una semejanza con Cristo, que quiso hacerse pobre por nosotros.
Aquí aparece una dimensión particularmente hermosa de la espiritualidad franciscana: la contemplación de la humanidad de Cristo. Francisco quiere acercarse al misterio de Jesús contemplándolo, amándolo y reproduciendo en su propia existencia sus actitudes. Por eso tienen tanta importancia dos acontecimientos de su vida: Greccio y La Verna. En Greccio, en 1223, quiso representar el nacimiento de Jesús y preparar aquel célebre nacimiento que ha contribuido decisivamente a la difusión del belén como forma de piedad popular. Quería que los cristianos pudieran contemplar con los ojos la humildad de Dios hecho hombre.
Y la misma espiritualidad conduce a la cruz. En La Verna, en 1224, Francisco recibe los estigmas. No son un episodio aislado, sino la culminación de una vida configurada con Cristo. Dos años antes de su muerte, las llagas del Crucificado quedan impresas en su cuerpo. La tradición franciscana ha visto siempre en ellas el sello de una identificación interior que había comenzado mucho antes.
De ahí procede también la extraordinaria influencia franciscana en la piedad popular del Vía Crucis. El amor de Francisco a la Pasión ayudó a alimentar en el pueblo cristiano la contemplación de los pasos de Jesús hacia el Calvario. El belén y el Vía Crucis expresan, de algún modo, los dos extremos inseparables de la vida de Cristo: el Dios que se hace pequeño en Belén y el Dios que se entrega por amor en la cruz.
Su «Cántico al hermano sol» tan reconocido y no siempre bien interpretado no tiene nada que ver ni con una mentalidad panteísta ni con muchas actitudes ecologistas actuales: es, por el contrario, una llamada a la contemplación de toda la creación, que nos tiene que mover a elevar nuestra plegaria agradecida al Creador.
Francisco contempló a Cristo en Belén, lo siguió por los caminos de Palestina, lo reconoció en los pobres y enfermos, lo adoró en la Eucaristía y quiso acompañarlo hasta la cruz.
Por eso su figura permanece tan viva en la Iglesia. El belén nos enseña con san Francisco a mirar al Niño y descubrir la humildad de Dios. El Vía Crucis nos enseña a acompañar al Señor hasta la cruz. Su amor a la creación fue alabanza al Creador. Y las llagas de La Verna fueron, finalmente, la expresión visible de aquel amor que había ardido durante toda su vida.
El Nazaret de Carlos de Foucauld
«Soy un viejo pecador que al día siguiente de su conversión ha sido atraído poderosamente por Jesús para llevar su vida de Nazaret». (Carlos de Foucauld)









