Fue en el momento de su muerte, acaecido ahora hace 800 años, que fue conocida la noticia de los estigmas de san Francisco de Asís. En vida del santo, solamente algunos de los más íntimos lo conocieron, pese a los reparos del santo. No obstante, apenas corrió la noticia de su tránsito, de la misma manera que fray Elías, los mismos hermanos corrieron a proclamarlo y, tal como escribiría san Buenaventura, «se divulgó la fama del milagro de la estigmatización. El pueblo en masa acudió en seguida al lugar para ver con sus propios ojos aquel portento, que disipara toda duda de sus mentes y colmara de gozo sus corazones afectados por el dolor.»
Un milagro nunca antes visto
No esperó fray Elías para dar noticia del secreto que guardaban en vida de san Francisco los frailes menores y el mismo día de su muerte escribió: «os anuncio un gran gozo y un nuevo milagro. El mundo no ha conocido un signo tal, a no ser en el Hijo de Dios, que es Cristo, el Señor. No mucho antes de su muerte, el hermano y padre nuestro apareció crucificado, llevando en su cuerpo cinco llagas que son, ciertamente, los estigmas de Cristo. Sus manos y sus pies estaban como atravesados por clavos de una a otra parte, cubriendo las heridas y del color negro de los clavos. Su costado aparecía traspasado por una lanza y a menudo sangraba. (…)Por tanto, hermanos, bendecid al Dios del Cielo y proclamadlo ante todos, porque ha sido misericordioso con nosotros, y recordad a nuestro padre y hermano Francisco, para alabanza y gloria suya, porque lo ha engrandecido entre los hombres y lo ha glorificado delante de los ángeles».
Queda patente por las palabras escritas por san Buenaventura que había ciertas personas que se negaban a aceptar la realidad de las llagas. Aquella corriente duró largo tiempo. Contra ellos salieron al paso los testigos directos y multitud de discípulos. También lo hicieron papas, como Alejandro IV, quien había visto las llagas en vida de san Francisco y durante su pontificado dio amplios privilegios, en virtud de los cuales se podía proceder contra el que negase las llagas de san Francisco como contra quien incurre en herejía. Aun muchos siglos después, por medio del malicioso método histórico-crítico, llegó a negarse también el hecho de las llagas, a causa de lo cual no pocos hermanos franciscanos «se sintieron profundamente heridos en su visión de la vida de san Francisco; [y] tuvieron que soportar la tempestad de la negación y del ridículo». Encontraríamos todavía hoy quien se obstine en negarlo a pesar de la cantidad de personas –canonizadas o no– que después de san Francisco han llevado también en su cuerpo de un modo u otro las llagas de Cristo.
Por el contrario, en la Leyenda de los tres compañeros no solo se da testimonio de aquellas llagas, sino que se nos dice que aquella «irrefutable verdad de las llagas no sólo quedó demostrada con toda claridad en vida y muerte del santo por cuantos las vieron y tocaron, sino que después de su muerte quiso el Señor patentizarla con más claridad por medio de muchos milagros obrados en diversas partes del mundo. Estos milagros sirvieron también para que muchos, que no habían pensado rectamente del varón de Dios y habían dudado de sus llagas, cambiaran de tal manera y llegaran a tal certeza, que de detractores que habían sido, se convirtieron, por fuerza de la bondad de Dios y de la misma verdad, en panegiristas y predicadores fidelísimos».
Unión mística y testimonio perenne
Los estigmas deben entenderse con un doble significado. El primero, el de la unión mística del estigmatizado con Cristo, unido sensiblemente a sus dolores y sufrimientos de su sagrada pasión. En san Francisco la llaga del pecho sangraba con frecuencia; a causa del dolor que le causaban las llagas de los pies, apenas podía caminar; y aunque tenían que cambiarle los vendajes de las llagas, no dejaba que «le fuese mitigado con ningún remedio humano ni medicina el dolor de la pasión de Cristo que llevaba en su cuerpo durante todo ese tiempo en que Nuestro Señor Jesucristo había sido, por nosotros, preso, crucificado, muerto y sepultado». De hecho, en la aparición del Serafín en que se le imprimieron las llagas, le fue revelado que «por disposición divina, le era mostrada la visión en aquella forma para que entendiese que no por martirio corporal, sino por incendio espiritual, había de quedar él totalmente transformado en expresa semejanza de Cristo crucificado».
Esto a la vez nos revela el segundo significado, ya que por aquellas llagas «quiso el mismo Señor manifestar a todo el mundo el fervor de caridad y el continuo recuerdo de la pasión de Cristo que fomentaba en su corazón, y, todavía en vida, condecoró de forma maravillosa su cuerpo con la prerrogativa admirable de un singular privilegio». Así, en palabras de Pablo vi, los estigmas que en el monte Alverna recibió de Cristo en su cuerpo son como una predicación perenne, que nos habla de que se trata de la primera condición para el seguimiento de Cristo, que no es otro que el amor a la cruz.
No en vano decía Benedicto XVI que «el hecho de que el Señor lleve por toda la eternidad los estigmas tiene un valor simbólico. Esos estigmas, expresión de los atroces sufrimientos y de la muerte, son ahora sellos de la victoria de Cristo, de toda la belleza de su victoria y de su amor por nosotros».
Estos sellos son los mismos que en el santo de Asís hallaba san Buenaventura. Para él, fueron además como un cuño, con que Dios quiso autenticar y acreditar la misión y la obra de san Francisco. Por eso, después del magnífico relato sobre las llagas exalta en una proclamación admirable que hacemos hoy también nuestra: «¡Ea, pues, valerosísimo caballero de Cristo, empuña las armas del muy invicto capitán! Defendido con ellas de modo tan insigne, vencerás a todos los adversarios. ¡Enarbola el estandarte del Rey altísimo, a cuya vista cobren valor los combatientes todos del ejército divino! ¡Ostenta el sello del sumo pontífice Cristo, con el que todos reconozcan como irreprensibles y auténticas tus palabras y tus hechos! Por las marcas del Señor Jesús que llevas en tu cuerpo, nadie debe serte molesto (Gal 6,17), antes bien todo siervo de Cristo está obligado a profesarte singular afecto y devoción. Estas señales evidentísimas, que han sido comprobadas no justamente por dos o tres testigos (Dt 19,15), sino superabundantemente por muchísimos, hacen que las manifestaciones de Dios en ti y por ti sean tan dignas de crédito, que quitan a los incrédulos la más leve excusa, mientras los creyentes se afianzan en la fe, se elevan con una fundada esperanza y se inflaman en el fuego de la caridad» (LM 13,9).
Cristo, que por la impresión de sus llagas convirtió al santo de Asís en su portaestandarte, nos conceda caminar hacia Él siguiendo su magnífico ejemplo de santidad.
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