San José, modelo perfecto del Apostolado de la Oración
EN 1855 el padre Ramière asumía la dirección del Apostolado de la Oración. A través de ella extendió por el mundo entero la devoción al Corazón de Jesús con un fin: reinado social de Jesucristo y el consiguiente triunfo de la Iglesia. Años más tarde, el mismo Concilio Vaticano II, nos recordaba el fin de la Iglesia con estas palabras: «La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo».
Como medio para este fin, Ramière nos proponía el Apostolado de la Oración, cuyo núcleo era resumido por él mismo con estas palabras: «He aquí, los elementos que dan su fuerza a nuestro apostolado: la oración, como medio universal de acción, la asociación, como condición necesaria para que sea eficaz la oración y la unión con el Corazón de Cristo como fuente de vida para la asociación». Para fundamentar teológicamente dicha obra escribió un maraviloso libro que tenía como título: Apostolado de la Oración: Santa liga de corazones cristianos unidos al Corazón de Jesús para obtener el triunfo de la Iglesia y la salvación de las almas. Al final del mismo proponía a san José como modelo del Apostolado de la Oración para vivir los tres pilares en los que se basa esta asociación: oración, asociación y unión con el Corazón de Jesús. A través de su existencia oculta en Nazaret, José enseña que la santidad no se mide por obras grandiosas, sino por la entrega humilde a la voluntad de Dios. A lo largo de este artículo trataremos de mostrar cómo la vida de san José encarna cada una de estas dimensiones,
invitando a seguir sus pasos en el camino de la santidad.
San José, maestro de oración
Para el padre Ramière la oración es el alma del Apostolado: un diálogo constante que transforma el corazón y lo alinea con Cristo. San José es maestro de oración en cuanto que está atento a la voz de Dios. Fruto de este espíritu de oración que busca en todo la voluntad de Dios, aquellos pasajes en los que se nos muestra a José, éste está siempre atento a cumplir con prontitud la voluntad de Dios. Hasta en cuatro ocasiones un ángel le habla en sueños y su respuesta es inmediata: se levanta, toma al Niño y a María, y actúa. No hay vacilaciones ni preguntas; sólo confianza absoluta. «José no habla, pero ora; no exige, pero confía; no calcula, pero se entrega. En él, la oración y la vida son una misma cosa», afirma el cardenal Sarah. Solo aquel que tiene u a vida de oración intensa es capaz de conocer la voluntad de Dios y ponerla en práctica.
La misma santa Teresa de Jesús nos invita a tomarle como maestro de oración: «Quien no hallare maestro que le enseñe a orar, tome a este glorioso santo por maestro y no errará el camino».
San José, cabeza de una «asociación sagrada»
El segundo pilar del Apostolado que destaca el padre Ramière es la asociación, y para ello se basa en las promesas del Señor: «Os aseguro también que, si dos o más de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos». Y como para demostrarnos que incluso a nivel natural es importante la asociación, nos pone el siguiente ejemplo: «¿Qué cosa más tenue que una
hebra de cáñamo? un soplo basta para romperla; más juntad muchas hebras, y formaréis maromas capaces de arrastrar pesados navíos».
Por su parte san José, fue por Dios predestinado a formar parte de la misión redentora de Cristo, siendo elegido cabeza de la Sagrada Familia. Dios mismo lo eligió como marido de la Virgen y por ello, padre de Cristo, formando todos ellos la primera «asociación sagrada» con un mismo fin. Desde esta perspectiva san Pablo VI observa que su paternidad se manifestó concretamente «al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la Encarnación y a la misión redentora que le está unida; al haber utilizado la autoridad legal,
que le correspondía en la Sagrada Familia, para hacer de ella un don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo…».
San José, padre del Corazón de Jesús
Por último, el padre Ramière recordando aquellas palabras de Cristo: «Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada podéis hacer»; exhorta a llevar a cabo todas las oraciones unidas al Corazón de Cristo, de tal manera que: «nunca debiéramos obrar, nunca hacer una oración sin unirnos a Él, sin seguir sus instrucciones, sin contar primero con su ayuda. La conversión de los pecadores, la salud del mundo, el triunfo de la Iglesia, todo lo conseguiremos, todo podremos pedirlo con
plena confianza, puesto que son cosas que el Salvador del mundo desea ardientemente».
Quien dudaría en este punto de la íntima unión que existía entre san José y el Corazón de su Hijo. ¿Quién fue el que le preparó el pesebre para recibirle en Belén? ¿En cuántas ocasiones no acurrucaría san José al Niño Dios en sus brazos para que durmiera? ¿Quién fue el que le enseñó las Escrituras mostrando en ellas al Mesías que con anhelo esperaba el Pueblo de Israel? ¿Quién le enseñó su oficio, compartiendo las penas y alegrías del mismo, hasta el punto que en su vida pública decían de Él: «¿No es éste el hijo del carpintero?».
No podemos dudar de la unión íntima entre estos dos corazones, por lo que el papa Francisco en la exhortación Patris Corde afirmaba: «Con corazón de padre: así José amó a Jesús, llamado en los cuatro Evangelios “el hijo de José”».
San José, modelo de vida ordinaria
De ahí que con toda razón tomara el padre Ramière a san José como patrono del Apostolado de la Oración, y por extensión, modelo de todos aquellos que en Schola estamos llamados a ser aquello que el padre Orlandis buscaba cuando se le preguntaba que quería con todas aquellas sesiones formativas que daba: «formar celadores del Apostolado de la Oración». Por ello afirmaba el padre Ramière: «Ese es el gran secreto que el Apostolado de la Oración nos descubre, a la luz del Corazón de Dios: el valor de nuestros actos no depende
de la aparatosidad externa, sino de la riqueza de su intencionalidad interior», en el que san José es nuestro modelo insigne.
A continuación, extraemos el texto de la obra del padre Ramière en el que propone a san José como modelo del Apostolado de la Oración: «Sin alejarnos de Jesús y María y sin salir de esa casa de Nazareth, primer teatro del
Apostolado de la Oración, hallaremos otro modelo perfecto y poderoso protector de este Apostolado en San José».
Más aún que su augusta Esposa, este santo Patriarca se vio despojado de todos los medios exteriores que hubieran podido ponerle en estado de trabajar en la gloria de su divino Hijo. Dejó este mundo antes que el Salvador hubiese empezado su vida pública; no pudo asociarse de ninguna manera a sus predicaciones, ni asistir a su sacrificio, ni comunicar con sus Apóstoles, ni formar sus primeros discípulos. Todo su papel para con Jesucristo se redujo a servirle de abrigo en los anonadamientos de su infancia, y a dirigir los oscuros trabajos de su vida oculta. Todas sus obras han sido obras materiales, las más apartadas por su naturaleza del fin espiritual de la misión del Verbo encarnado.
Y sin embargo ¿quién se atrevería a decir que san José ha sido extraño a esa divina misión? ¿No es la Iglesia cristiana la que, sirviéndose de las palabras de San Bernardo, le proclama fiel coadjutor del gran consejo o, lo que es lo mismo, cooperador con Jesús y María en la gran obra de la salvación del mundo? Por lo demás no hay respecto de este asunto la menor duda entre los fieles.
El poder de San José que ha permanecido largo tiempo como velado en la Iglesia, se ha manifestado en estos últimos siglos con un brillo incomparable. Revelada a los santos, saludada con entusiasmo por los fieles, esta devoción se presenta a nuestros ojos como una de las pruebas más dulces del constante interés que toma Nuestro Señor por su Iglesia y de la solicitud con que prepara nuevos remedios a sus males siempre renacientes.
Mas la devoción a San José no sólo es un consuelo para nuestra piedad, sino que además es un estímulo para nuestro celo. Si fue apóstol cepilando tablas, ¿quién podrá creerse excluido del Apostolado? Si por la virtud de la intención con que animaba unas obras tan humildes en sí mismas de que se compuso toda su vida, ha contribuido a la salvación de las almas tanto y más que los más elocuentes misioneros y los más admirables taumaturgos, ¿quién tendrá derecho a oponernos la naturaleza de sus ocupaciones, o la exigencia de su pobreza como una excusa que le dispensa de emplearse en esta obra? La misión de los santos consiste en reflejar los diversos aspectos de la vida de nuestro Señor, a fin de hacer más accesible a nuestra imitación este divino
modelo de toda santidad. San José ha sido destinado a reproducir esa vida oculta a la cual quiso consagrar el Verbo encarnado, las nueve décimas partes de su existencia terrestre; es el eco infinitamente elocuente de esa gran lección que hemos ya meditado y por medio de la cual nos hace nuestro divino Maestro comprender, que el mérito de nuestras obras, no depende en manera alguna de su valor intrínseco, y sí solo del espíritu con el cual las realizamos.
Si, pues, queremos comprender el poder del Apostolado de la Oración, si deseamos explotar sus recursos y recoger todos sus méritos, ¿qué otra cosa mejor podemos hacer que aprender en la escuela de San José y asegurarnos de su cooperación? Esta cooperación nos la concederá él de buena gana, y con tal que queramos ser respecto de él fieles discípulos, no se negará a admitirnos a esa grande escuela de Nazareth, en la que se aprende el arte de hacer divinamente las cosas más pequeñas y a llevar oscuramente a cabo la más gloriosa de todas las obras»
Las dos columnas
La noche del 30 de mayo de 1862 narró Don Bosco a sus muchachos el «sueño de las dos columnas». No es ningún secreto que Don Bosco proclamó siempre que la devoción a la Eucaristía y a la Santísima...