EL pasado 18 de febrero el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva destinada a reducir los costes y faciliar el acceso a la fertilización in vitro (FIV) para «ayudar a estas familias a recorrer el camino hacia la paternidad con esperanza y seguridad».
En respuesta a dicha orden la Conferencia de obispos católicos de EE.UU. ha publicado diferentes documentos para ayudar a los católicos a comprender la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la procreación de hijos y proporcionar apoyo y orientación a las parejas casadas que tienen dificultad para tener hijos, dejando claro que, aunque los hijos se encuentran entre las mayores bendiciones, no todos los métodos para aumentar la familia son moralmente buenos.
«Uno de los problemas más dolorosos y angustiantes que puede tener una pareja –afirman los obispos norteamericanos– es la pena y la preocupación que surgen cuando tienen dificultades para concebir a un hijo. Keri y Dan siempre habían querido tener hijos, pero sus carreras iban bien así que decidieron ahorrar para comprar una casa antes de buscar un hijo.
Cuando finalmente intentaron concebir, se enfrentaron a la creciente incertidumbre y angustia que siente una de cada seis parejas en EE.UU. Tenían problemas de fertilidad.
»Les hubiera venido bien encontrar a un obstetra experimentado que les realizara análisis minuciosos. La medicina puede tratar muchas de las causas de la infertilidad; por ejemplo: corregir un desequilibrio hormonal, desbloquear una trompa de Falopio afectada por una enfermedad inflamatoria pélvica o lograr que el padre pierda peso y deje de fumar. Un estilo de vida más saludable, una cirugía menor y ajustes hormonales pueden permitirles a los padres concebir un hijo ayudando a que sus sistemas reproductivos funcionen como
corresponde.
»Lamentablemente muchas clínicas de fertilidad están poco interesadas en identificar y tratar la causa de la infertilidad. En lugar de eso pasan directamente a la “fertilización in vitro” (FIV) donde se intenta controlar todos los factores de creación embrionaria y selección dejando muy poco a la naturaleza. La FIV es una industria de tres mil millones de dólares.
Casi no está regulada y no parece preocuparse por los riesgos de salud a largo plazo que pueden sufrir las mujeres y los niños.
»Aunque es comprensible que una pareja que anhela tener un hijo intente prácticamente cualquier cosa para alcanzar su meta, hay límites respecto a los medios moralmente buenos y legítimos para alcanzar dicho fin. El problema moral principal que plantea la FIV es que supone fertilizar varios óvulos al mismo tiempo en el laboratorio para tener cierta eficacia. Después, algunos de los embriones resultantes son implantados en el útero con la esperanza de que al menos uno sobreviva. Si sobreviven dos o más, muchas clínicas ofrecen abortar algunos bebés («reducción selectiva») para que los demás tengan más posibilidades de sobrevivir y haya
menos complicaciones para la madre. Los embriones que no son implantados se descartan inmediatamente o se congelan para usarlos en el futuro. Muchos no sobreviven el proceso de congelado y descongelado. En realidad, la gran mayoría de niños embrionarios creados por la FIV, tarde o temprano, morirá. (…) [Sin embargo,] estos embriones ya contienen todo lo que necesitan para crecer y desarrollarse en hermosos niños, lo único que les falta es recibir alimentos y el entorno seguro de un vientre. Los embriones no merecen más que nosotros ser
congelados o desechados como desperdicios químicos. Están hechos –como todos los seres humanos–a imagen y semejanza de Dios, Padre de todos.
»Otro gran error –que es menos obvio, aunque profundo– es el separar el acto sexual de la concepción de un hijo. Cuando un hombre y una mujer se unen en matrimonio para dar vida nueva, actúan como “co-creadores” de Dios, “pro-crean” en cooperación con el poder único de Dios de crear vida. De hecho, un hijo es el regalo de Dios a los padres. Pero cuando se recolectan óvulos y esperma de sus cuerpos y se los une en un laboratorio, la pareja solo aporta las materias primas para que un técnico produzca el hijo, lo haga crecer en un cultivo
nutritivo y lo implante en el vientre de la madre. Esto se hace a cambio de varios miles de dólares y poniendo en riesgo a la madre (o donante de óvulos) y al niño concebido. El sentido profundo del acto sexual –unir a la pareja en un amor tan generoso y poderoso que le permite a Dios traer al mundo a un niño que vivirá eternamente– se pierde en el proceso. Todo niño tiene derecho a ser concebido por un acto de amor de sus padres y no por un proceso de laboratorio que equivale a fabricar vida nueva.
»Resulta fácil ver cómo esta mentalidad permite también otros abusos, que resultan del deseo de “fabricar” el mejor producto de la manera más eficaz. Los embriones que se producen en un laboratorio pueden examinarse en busca de defectos genéticos o predisposición a ciertas enfermedades, o incluso para saber el sexo y el color de ojos, y se los puede desechar en caso de no pasar el “control de calidad”. Algunas veces las parejas están dispuestas a pagar más para aumentar las probabilidades de que su hijo esté dotado de mayor inteligencia, atractivo físico o aptitud para los deportes. Es por esto que una deportista brillante de Stanford recibe 50.000 dólares por vender sus óvulos, mientras que otras “donantes” ganan menos de 5.000 dólares por ciclo de recolección.
»Algunas veces se acude a una madre “sustituta” (…). Actualmente, el destino más popular para explotar a mujeres pobres es la India (…). »Como resultado de este apuro para fabricar vida en el laboratorio, nuestro país se enfrenta ahora al tremendo dilema de qué hacer con los cientos de miles de embriones congelados que
están almacenados en los laboratorios, la mayoría de los cuales nunca será implantado ni sobrevivirá. A los que se les permite nacer tienen el doble de posibilidades de sufrir graves defectos congénitos que los niños concebidos naturalmente. Sin embargo, todo niño que se concibe mediante la fertilización in vitro es sin duda merecedor de respeto y amor: cada uno de ellos es un ser humano, más allá de la forma en que fue concebido. El problema es que la manera en que llegan al mundo no hace honor a su dignidad. Y más allá de cuánto los amen los padres que los crían, cuando los niños se enteran de que uno de sus padres biológicos –o ambos– fue solo un donante de ADN suelen contar con dolor lo mucho que deben hacer para descubrir su identidad e historia familiar.
»(…) La gente debe comprender que las tecnologías reproductivas como la FIV ponen en riesgo la vida de las mujeres y de los niños. Los cristianos debemos defender la dignidad de cada vida humana, ya que la vida es un regalo de Dios, no un producto que se puede manipular, aunque las intenciones sean buenas».
Inspirándose en las instrucciones Donum vitae (1987) y Dignitas personae (2008) de la Congregación para la Doctrina de la Fe, los obispos norteamericanos también han publicado una guía para parejas católicas (Reproductive Technology. Evaluation and Treatment of Infertility) en la que resumen las tecnologías compatibles con la doctrina católica, las que son incompatibles y las que aún están bajo discusión, teniendo en cuenta la regla general de que los procedimientos que eliminan los obstáculos a la fertilidad natural y que facilitan que las
relaciones sexuales conyugales alcancen su potencial procreativo son moralmente aceptables mientras que los procedimientos que añaden una «tercera persona» al acto de concepción o gestación, o que sustituyen la relación sexual por un procedimiento de laboratorio, no son moralmente aceptables.
Ahondando más en esta cuestión y teniendo en cuenta que la FIV se promociona como una forma segura y eficaz de ayudar a las parejas a tener hijos, los obispos también han llamado la atención sobre la falsedad de dicha afirmación y el inaceptable coste humano que tiene esta técnica reproductiva (ver In vitro fertilization: the human cost).
En este sentido hay que tener en cuenta en primer lugar las altas tasas de mortalidad de embriones y fetos humanos que las clínicas de FIV suelen silenciar. Entre 2009 y 2019 se habían presentado 133 demandas en tribunales estatales y federales por pérdida de embriones y en 2021 un jurado otorgó 15 millones de dólares a familias cuyos óvulos y embriones congelados fueron destruidos. En 2018 se presentaron al menos 22 demandas contra una clínica de FIV en los Hospitales Universitarios de Cleveland por permitir que más de 4.000 óvulos y embriones congelados murieran, demandas que, después de cinco años de disputas legales, se resolvieron por una cantidad no revelada. Por otro lado, de los 413.776 ciclos reproductivos intentados por las clínicas estadounidenses en 2021 sólo el 22% acabó en partos con nacimientos vivos.
Un segundo aspecto que remarcan los obispos es el riesgo de problemas de salud para los niños concebidos mediante FIV. Al principio la mayor incidencia de estos problemas se atribuía en gran medida a la mayor incidencia de gemelos y trillizos en embarazos de FIV debido a la transferencia de múltiples embriones (ya que llevar más de un hijo aumenta el riesgo de parto prematuro) pero estudios recientes encuentran un efecto independiente del procedimiento. En 2021, en EE.UU. el 18 % de los nacidos vivos de embarazos de FIV de feto único y el 88 % de los nacimientos de trillizos fueron prematuros. Otro factor es el uso común hoy en día (78 % de las transferencias de embriones en EE.UU.) de la inyección intracitoplasmática de espermatozoides (ICSI), la inyección directa de un espermatozoide en el óvulo para aumentar las tasas de éxito; esto elude las salvaguardas naturales que impiden que los espermatozoides dañados o defectuosos lleguen al óvulo en el cuerpo de la mujer. Un estudio de 2020 concluía que «el riesgo de malformaciones congénitas [de los sistemas cardíaco, musculoesquelético y genitourinario] es aproximadamente un tercio mayor en los niños concebidos mediante FIV que en otros niños», malformaciones producidas no solo por factores paternos y maternos sino también por las propias técnicas de FIV. Otros estudios revelan también una mayor incidencia en niños concebidos mediante FIV de presión arterial, adiposidad y niveles de glucosa más elevados, disfunciones vasculares, cánceres musculares y un tipo de cáncer de hígado, enfermedades cardiovasculares prematuras, trastornos genéticos raros, defectos congénitos (como una perforación entre las dos cámaras del corazón, labio hendido o paladar hendido, un
desarrollo inadecuado del esófago, un recto malformado, defectos gastrointestinales, cardiovasculares y musculoesqueléticos), necesidad de cirugía genitourinaria (distinta de la circuncisión). En una revisión sistemática de 25 estudios publicados hasta marzo de 2003 sobre defectos congénitos en bebés concebidos mediante FIV/ ICSI, los veinticinco estudios sugieren un aumento estadísticamente significativo del 30% al 40% en el riesgo de defectos congénitos asociado con estas tecnologías.
En tercer lugar también hay que atender a los riesgos para la salud de las mujeres, riesgos derivados del uso de fármacos superovulatorios para estimular los ovarios y que produzcan muchos óvulos a la vez para el procedimiento de FIV como algunos tipos de cáncer, problemas reproductivos, insuficiencia renal e incluso la muerte. Además, la FIV/ICSI provoca mayores casos de diabetes gestacional y trastornos hipertensivos durante el embarazo, anomalías placentarias y hemorragias posparto, lesiones renales agudas, arritmias y desprendimientos de placenta.
Finalmente los obispos analizan los efectos de las confusiones entre familias, implantando embriones «equivocados», y otros escándalos, como los inquietantes casos de «fraude de fertilidad», donde decenas de mujeres dieron a luz, sin saberlo, a hijos de más de cincuenta médicos en todo EE.UU.
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