EL pasado 24 de diciembre, se abrió la Puerta Santa de la basílica de San Pedro, en el Vaticano. Un gesto con el que dio comienzo el Jubileo 2025 bajo el lema «Peregrinos de esperanza». Una vez más la Iglesia se nos muestra como Madre y Maestra con este lema del año jubilar. En un mundo en el que la falta de esperanza constituye una de las características más importantes de nuestra sociedad, la Iglesia de nuevo alza la voz para proclamar que la esperanza puesta en Dios no defrauda.
Este número de Cristiandad está dedicado a la esperanza. No como un optimismo ingenuo ni como un mero recurso psicológico para sobrellevar las dificultades, sino como la virtud teologal que nos conduce a confiar plenamente en Dios y nos permite mirar el mundo con los ojos de la fe. Esta esperanza no se apoya en nuestras propias fuerzas, sino en la fidelidad de Dios. Como bien nos recuerda el papa Francisco en Spes non confundit, la esperanza nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la Cruz. Esta esperanza es la que ha sostenido a la Iglesia a lo largo de toda la historia y la que sigue alimentando a los cristianos en su vida cotidiana ofrecida por el triunfo del Reino de Cristo.
El mundo contemporáneo se aleja de los fundamentos cristianos. El llamado mundo occidental heredero culturalmente de la Cristiandad medieval ni siquiera quiere reconocer su propia historia, raíz y fundamento de sus principales logros sociales. La crisis de la natalidad en nuestro entorno no es solo un fenómeno demográfico, sino el síntoma de una civilización que ha dejado de confiar en el futuro. La falta de vocaciones, la fragilidad de las familias y la expansión de ideologías que desfiguran la naturaleza humana son señales de un mundo que, al rechazar a Dios, se condena a la desesperación.
El hombre, por naturaleza, vive de la esperanza. Sin ella, la vida se torna insoportable, porque el futuro se percibe como una amenaza en lugar de una promesa. Sin embargo, las esperanzas meramente humanas son frágiles: se apoyan en bienes temporales, en el progreso material, en ideologías o en la promesa de un bienestar que, una y otra vez, se muestra insuficiente. Cuando estas esperanzas fallan –ya sea por crisis económicas, desilusiones personales, fracasos políticos o enfermedades–, el ser humano queda expuesto a la desesperanza y al sinsentido.
Son muchos los factores que han contribuido a la situación de desesperanza en que nos encontramos. El avance tecnológico y científico, aunque ha traído beneficios, no ha resuelto las preguntas más fundamentales del ser humano. Las relaciones humanas, cada vez más frágiles en una sociedad marcada por el individualismo y el hedonismo, dejan a muchos en un estado de soledad profunda. Filósofos y políticos anunciaron desde el siglo XVI-XVII que estábamos en las puertas de un mundo de «paz perpetua» y de bienestar ilimitado, los prejuicios religiosos tan arraigados que hasta entonces habían sido un obstáculo para construir este «mundo feliz», ahora, gracias a la secularización progresiva de todos los ámbitos de la vida humana, se iban a alcanzar. Pero la realidad histórica ha sido muy distinta, las promesas no se han cumplido, al contrario, vivimos tiempos convulsos, la
incertidumbre domina el horizonte político, la sociedad parece no encuentra ninguna referencia que pueda satisfacer las ansias siempre permanentes de felicidad, y el hombre contemporáneo, atrapado en la inmediatez, ha perdido la esperanza.
Que este número de Cristiandad sirva para avivar en nosotros la certeza de que, más allá de los dramas de la historia, el Corazón de Jesús sigue reinando en su Iglesia, en los mártires de nuestros días, en los corazones de tantas personas desconocidas por los hombres, pero muy cercanas a Dios y que, gracias a su perseverante y fervorosa oración del «Adveniat Regnum tuum» podemos esperar que Dios adelante los tiempos prometidos de su reinado en toda la humanidad
Razón del número
Como se ha recordado en varias ocasiones Cristiandad no es una revista de «actualidades», pero pretende modestamente que su contenido sea de permanente actualidad. Y con este propósito dedicamos el número del mes de marzo a honrar a san...