EL profesor Santiago Arelano no dudaba en referirse a menudo a la historia de la literatura como la contienda entre dos civilizaciones, siguiendo lo que san Agustín escribió en Civitas Dei: «Dos amores fundaron dos ciudades…» La celestial y la terrena. «Una trascendente, que pone su horizonte en Dios, Creador y Redentor (…) y otra inmanente, que sostiene que solo el hombre es el ser supremo para el hombre».16 Efectivamente, esta contienda que se da en nuestra realidad encuentra su perfecto reflejo en la literatura, en tanto que espejo de la condición humana. La diferencia entre ambas radica en el orden o desorden de su afecto, de su amor («Ahí donde está tu tesoro, estará tu corazón», Mt 6, 21). ¿Hacia dónde miran una y otra? ¿En qué ponen su
afecto? ¿Cuál es su tesoro?¿Dónde descansa su corazón? Mientras que en la ciudad celestial, el amor de los hombres los leva a depositar su esperanza última en Dios, los de la ciudad terrena la depositan en sí mismos, abocándose de un modo irremediable a ese desenlace paradójico, que es un abismo de desesperanza. Dante describe muy bien cómo es este abismo en la inscripción de la puerta a los infiernos de la Divina Comedia:
«Por mí se va a la ciudad del lanto; por mí se va al eterno dolor; por mí se va hacia la raza condenada… ¡Oh, vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza». Así es la ciudad sin Dios, así está el corazón de quien no está junto a Él, en una lejanía, oscuridad y ceguera tan grandes que ni siquiera pueden vislumbrarlo… El Infierno es el lugar de la desesperanza, del lanto, del dolor, de la desesperación del hombre que se ha elegido a sí mismo antes que al Creador.
Esta desesperanza no nos es ajena, pues habitamos un mundo profundamente sumido en ella en muchos sentidos, aunque éste pretenda aparentar todo lo contrario en su carta de presentación, en la que nos muestra un rostro buenista, optimista, seguro, activista y «esperanzado». Pero, ¿en qué se funda esto? Como dice el cardenal Sarah, «la esperanza no consiste en un plácido optimismo. Si la esperanza del creyente nace de Dios, solo se puede esperar de verdad en la medida en que esté unido a Dios, abierto a su influencia.(…)
El Catecismo nos dice que es «la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los Cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo».
Nos lo ha dicho Jesús: «Yo he vencido al mundo». También Dostoyevski, haciéndose eco de sus palabras, nos alienta a permanecer en esta actitud esperanzada, sabiendo que no seremos nosotros, sino la Be leza la que nos redimirá.
Una de las situaciones que, en la actualidad, expresa de un modo evidente este combate que se libra en el corazón humano, que se debate entre esperar o desesperar, es la del encuentro del hombre con la muerte. Ponernos ante la pregunta por la muerte nos despierta irremediablemente aquella otra acerca de cómo queremos vivir, o cómo estamos viviendo. En lo que uno espera de la muerte se descubre la clave de cómo uno quiere encararla y recibirla. Es la pregunta por la muerte y lo que pasará después lo que nos llevará a rehuirla y
temerla, o bien, acogerla como quien recibe a una vieja amiga a quien se espera desde hace tiempo, como hace don Rodrigo Manrique en las Coplas que le dedica su hijo. La muerte se puede abrir ante nosotros como un escenario de fatalidad y desconcierto, o como un encuentro con el Amor cara a cara. Se trata de dos miradas, una esperanzada, y otra nihilista y desesperada o, lo que podría ser peor, indiferente.
¡Y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!…
Un reflejo de esta desesperanza ante la vida y la muerte lo encontramos en el poema de titulado «Lo fatal» que se encuentra en su poemario titulado, paradójicamente, Cantos de vida y esperanza (1905). El poema dice así:
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
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