LEJOS, muy lejos, quedan los tiempos en los que preocupaba la «bomba de población» que vaticinaban Paul Ehrlich y el Club de Roma, una supuesta amenaza que sólo existió en sus neomaltusianas imaginaciones. El problema es otro y ya no se puede ocultar por más tiempo: un invierno demográfico que ya nos está golpeando y cuyos efectos serán cada vez más graves. Apenas pasa un día sin que aparezcan noticias sobre la caída de la natalidad en todo el mundo. Noticias que suelen ir acompañadas de funestas previsiones sobre las consecuencias económicas y sociales de esta escasez de nacimientos.
Las cifras son abrumadoras y casi universales. Occidente tiene cada vez menos hijos y, por desgracia, los países nominalmente católicos no son excepción: las tasas de fertilidad están desde hace muchos años por debajo de los 2,1 hijos por mujer, necesarios para el mantenimiento de la población. A España (1,12) e Italia (1,18) se les ha unido Polonia (1,11), cuya natalidad se ha desplomado a la vez que caía la práctica religiosa. Si hace 30 años la
asistencia a la iglesia entre los jóvenes polacos era del 70%, ahora sólo alcanza el 25%. Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos ha caído a 1,6 hijos por mujer, mientras Canadá sólo llega a 1,3.
En Hispanoamérica el panorama no es mucho mejor: México (1,45), Colombia (1,21) o Argentina (1,25) tienen tasas bajísimas, pero el récord lo tiene Chile, que ha visto reducirse su tasa de fertilidad en una década en un 51%, hasta un paupérrimo 0,88 hijos por mujer. Filipinas, la nación cristiana más grande de Asia, también ha caído un 49%, hasta los 1,40 hijos por mujer.
En Asia, Japón lleva trece años seguidos de disminución de su población. Los nacimientos en China en 2024 apenas superaron los 6 millones, menos de la mitad que en 2013. La tasa de fertilidad en Corea del Sur es de 1,1 y la India ha pasado de los 4 hijos por mujer de los años 80 a estar ligeramente por debajo del nivel de reemplazo, con sólo dos hijos por mujer.
La única región del mundo cuya población aún crece es el África negra, mientras que los países musulmanes se sitúan con tasas por encima del nivel de reemplazo pero por debajo de los tres hijos por mujer. Israel es otra de las excepciones, superando los tres hijos por mujer. En cualquier caso, tres cuartas partes de la humanidad vive en países con una fertilidad por debajo del nivel de reemplazo.
Las consecuencias de este colapso de la natalidad son múltiples y resultan cada vez más evidentes. Desde un punto de vista económico se habla de la contracción de la mano de obra, de la reducción del gasto de los consumidores, de la disminución de los ingresos fiscales y del colapso del sistema de pensiones en sociedades con pirámides de edad invertidas. Un país envejecido está condenado al estancamiento y a endeudarse sin fin para financiar un modelo social insostenible.
Todo esto ya no es una alarmante previsión, sino una realidad que ya experimentamos: por poner un ejemplo, la falta de alumnos ya ha abocado a la fusión o cierre de una treintena de colegios en Vizcaya. Eugénie Bastié ha escrito al respecto que si Víctor Hugo decía que «abrir una escuela es cerrar una cárcel», hoy en día en Francia, «cerrar una escuela es abrir una residencia de ancianos».
Pero el impacto va más allá de lo meramente económico y es la causa de, entre otros preocupantes fenómenos, la plaga de soledad que cada vez afecta a más personas y que ha hecho dispararse el número de personas que mueren solas y cuyo cadáver es descubierto pasados varios días de su muerte. Fue Raymond Aron quien escribió en sus Memorias que «los europeos están en trance de suicidarse por falta de natalidad. Los pueblos que no se
reproducen están condenados al envejecimiento y, al mismo tiempo, son atrapados por un estado espiritual de abdicación, de fin de siglo». Una reflexión que ha desbordado ya los límites de Europa y que es de aplicación hoy a casi toda la humanidad.
Ante este panorama son muchos los gobiernos que, conscientes de la gravedad de la situación, adoptan medidas destinadas a favorecer la natalidad. En Europa destaca Hungría por su enorme esfuerzo, invirtiendo el 5,5% de su PIB en políticas de familia frente al 1,5% que invierte España, muy por debajo de la media europea que se sitúa en el 2,4%. Las últimas medidas adoptadas por el gobierno de Orbán contemplan la exención vitalicia del
impuesto sobre la renta para las madres de dos o más hijos al tiempo que hará realidad «el mayor programa de reducción de impuestos de Europa» en lo relativo a las tasas impositivas que han de asumir las familias. Estas políticas han tenido impacto (se estima que sin las políticas de familia implementadas por el gobierno de Orbán desde 2010 hoy habría 200.000 niños menos en Hungría), pero éste es limitado. En Asia es Corea del Sur el país que apuesta con mayor decisión por una política de ayudas pro natalistas, aunque los resultados no están siendo los esperados.
Otros países parecen haber tirado la toala en relación a una recuperación demográfica. Japón apuesta por la robotización para compensar el déficit de natalidad, pero si en términos estrictamente económicos esta estrategia puede tener un cierto, aunque parcial, sentido, por ahora los ancianos no se muestran demasiado contentos cuando quien les visita ya no es un nieto, sino un robot. Alemania y la mayor parte de Europa han optado por otro enfoque: intentar cubrir el déficit de nacimientos con una inmigración masiva que puede disimular a corto plazo el problema, pero que no lo solventa. Además de porque esa inmigración masiva añade más presión sobre los servicios públicos y genera graves problemas de convivencia, por la sencila razón de que el inmigrante no es una mónada flotando en el espacio del libre mercado, sino que es un ser de carne y hueso que tiene padres propios a los que cuidar. Pretender que se haga cargo también de los europeos sin hijos, cargando sobre sus espaldas el doble de peso, es desconocer la naturaleza humana y, en cualquier caso, aplaza pero no soluciona el problema.
El relativo fracaso de las medidas para incentivar la natalidad, muy centradas en ayudas económicas (necesarias pero claramente insuficientes), parece indicar que estamos ante un problema de mayor calado. Las condiciones materiales pueden ser relevantes (y en muchos casos de justicia elemental), pero es un hecho que sociedades pobres han tenido altas tasas de fertilidad y que, por el contrario, sociedades opulentas se caracterizan por una trágica caída de la natalidad. La revolución sexual, con la irrupción de los anticonceptivos químicos, ha tenido un impacto obvio. Otros señalan el desarrollo del Estado del bienestar, que, al menos hasta ahora, prometía cuidarnos en nuestra vejez, como otro factor que desalienta el tener hijos. Por otro lado, no es sólo que se tengan cada vez menos hijos, es que cada vez son menos quienes los tienen. Los que contraen matrimonio (un indicador clave, porque el tener hijos se correlaciona altamente con el hecho de casarse) son muchos menos y cuando lo hacen es a una edad más avanzada, reduciéndose así el índice de fertilidad. En los Estados Unidos, la edad media a la que una mujer es madre por primera vez ha pasado de 21 años en 1970 a 27,5 en 2021, mientras que la edad media a la que una mujer contrae matrimonio ha pasado de 20 años en 1960 a 28,5 en 2022.
En una interesante encuesta realizada por Pew Reserach Forum en 2024 en la que se encuestó a adultos estadounidenses de entre 18 y 49 años que no tienen hijos y que afirman que es poco probable que alguna vez tengan hijos, se pidió a los encuestados que respondieran a varias posibles razones por las que era poco probable que tuvieran hijos. La razón principal más común para no tener hijos fue que «Simplemente no quieren», que fue la opción elegida por el 57% de los participantes. La segunda razón más común fue que
quieren «centrarse en otras cosas» (44%), seguida por «preocupación por el estado del mundo» (38%), y sólo después por «no pueden permitirse criar a un niño» (36%). El 20% indicó que «No les gustan los niños» como razón principal de su decisión.
Parece, pues, evidente que el hundimiento de la natalidad, si bien se ve afectado por múltiples factores, es en el fondo reflejo de una mentalidad que no ve sentido a perpetuar la especie. Son cada vez más los que indagan por esta línea. Ada Li, analista de Bloomberg, escribía recientemente que «es posible que los jóvenes hayan optado por su satisfacción inmediata en lugar de formar una familia». La idea de que tener hijos es algo que hay que
elegir, y no la situación normal y natural, lleva a cada vez más mujeres a optar por un estilo de vida en el que, sencillamente, los hijos no tienen cabida. En efecto, el ideal de vida que se propone a los jóvenes se ha reducido a la exaltación de la emancipación individual, lo que en la práctica se traduce en una agotadora sucesión de placeres superficiales y espasmódicos que no puede detenerse nunca por miedo a que ese alto sea la ocasión para que la desesperanza, siempre al acecho, asalte el baluarte anímico de quien Philippe Muray llamaba homo festivus.
Este panorama se completa con el pánico climático: en el Reino Unido, el 40% de los jóvenes de entre 16 y 24 años no quieren tener hijos a causa del miedo a una hecatombe climática. El mensaje es claro: hay que reducir la huella de carbono a todo coste, «puedes proteger a los niños y luchar contra el cambio climático simultáneamente, negándote a procrear». Son muchos los líderes de opinión que lanzan esta pregunta: ¿es moralmente aceptable concebir y criar hijos en medio de una catástrofe climática? El nombre de una de las
organizaciones que lidera este discurso, Voluntary Human Extinction Movement, lo dice todo.
Quizás haya, pues, que buscar la raíz profunda del colapso de la natalidad en la plaga de desesperanza que azota el mundo. No es sólo una crisis económica o social; en última instancia, es una crisis espiritual. Que el hombre tiene necesidad de sentido es algo que no discute nadie, pero ese sentido tiene que tener un objeto al que dirigirse y ese objeto ha de ser capaz de colmar el anhelo del hombre. San Agustín lo expresó magistralmente con sus célebres palabras: «Nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Pero le dimos la espalda a Dios y nos lanzamos en pos de diversas religiones de sustitución, cada una ofreciendo un objeto que supuestamente iba a colmar nuestras inclinaciones más profundas y daría sentido a nuestras vidas. La causa de una libertad concebida como fin, la revolución socialista, la hegemonía racial, la liberación de la mujer de no se sabe cuántas opresiones, la salvación del planeta, la minoría victimizada de turno, un futuro transhumano o incluso la equiparación entre personas y animales. Podríamos seguir.
Todas ellas prometieron dar sentido a nuestras vidas y han fracasado estrepitosamente. Algunas todavía insisten, mendigando una nueva oportunidad y engañando a una nueva remesa de incautos, dispuestos a aferrarse a lo que sea con tal de no dirigir su mirada al abismo que se abre ante sus ojos. Pero lo cierto es que ya nadie cree en el progreso, del tipo de que sea: el experimento de sustituir a Dios por la obra de los hombres nos ha llevado a un callejón sin salida.
Nuestras vidas carecen de sentido más allá de la satisfacción de las pulsiones más básicas, y esa ausencia de sentido nos pesa, nos agobia, nos produce una gran angustia que intentamos engañar con ruido, fármacos y cualquier otra cosa que nos mantenga distraídos. Rechazado aquel en quien se funda la esperanza, el fracaso de las falsas esperanzas que el hombre occidental ha abrazado sucesivamente ha dejado paso a un nihilismo banal que nos ahoga. Por si fuera poco, todas nuestras teorías, todas nuestras expectativas se vienen abajo ante el convulso mundo que nos ha tocado vivir. Y así, el mundo nos resulta incomprensible, dejándonos aturdidos y temerosos. ¿Quién puede desear traer hijos a ese mundo, incomprensible y amenazador? Y a medida que esa profunda desesperanza, esa angustia nihilista, nacida en el Occidente que ha apostatado, se va extendiendo por todo el planeta, se van secando otras culturas y sociedades, que ahora también ven enturbiarse aquel sentido de
la vida que las mantenía con vida. Escribía Oswald Spengler hace un siglo que cuando se necesitan razones para tener hijos es seguro que no se tendrán. Se tienen hijos no porque hayamos llegado a la conclusión, tras sesudos análisis, de que sea algo conveniente, sino porque es lo propio de la vida, porque es lo propio de nuestra naturaleza, porque cada vida es un regalo que encuentra su sentido cuando sabe que su destino es vivir eternamente junto a su Creador. Es esa esperanza la que nos hace vivir confiados en medio de todas las pruebas y tribulaciones que entrañan esta vida terrenal, que aunque pueda parecer una mala noche en una mala posada, es el camino hacia la vida de la gloria, donde todos nuestros anhelos, y aún más, serán colmados. Si se pierde
esa esperanza, vanos serán todos los incentivos para traer hijos a un mundo que estaremos contemplando con la misma mirada de Macbeth cuando, al probar el amargo fruto de una vida de ambición sin escrúpulos, afirmaba desesperado: «La vida no es más que una sombra que camina; un pobre actor que se pavonea y se inquieta durante horas en el escenario, y luego nadie más lo escucha: es una historia contada por un idiota, llena de ruido y furia, que no significa nada». ¿Quién querría condenar a su hijo a vivir una vida así?
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1521. Hoy hace cinco siglos. Con ocasión de la batalla que libra en la fortaleza de Pamplona, se gesta en Ignacio la conversión, el cambio de vida. En esta fecha, Ignacio tendría unos 26 años. Vivía la religiosidad normal...